El Teatro Colón, sus anécdotas y curiosidades

Ese edificio imponente apostado entre las calles Cerrito, Viamonte, Tucumán y Libertad, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, fue inaugurado el 25 de mayo de 1908 con la ópera Aida de Giuseppe Verdi, su gran acústica y construcción han sido testigos a lo largo de más de 100 años de existencia de incontables historias protagonizadas por famosos artistas de la ópera mundial.

Orquesta filarmónica de Buenos Aires en el Teatro Colón

En aquel momento se creía que inaugurar un teatro traía mala suerte, por ende, los encargados de hacerlo fueron integrantes de un elenco de segunda mano que interpretaron de forma improvisada y atolondrada Aida de Giuseppe Verdi. Por suerte, grandes artistas supieron remontar esta apertura con el pie izquierdo.

Uno de estos fue el reconocido músico italiano Arturo Toscanini considerado por muchos de sus contemporáneos y de la actualidad como el más grande director de orquesta de su época y del siglo XX, tiempos en los que dirigía varias óperas en Buenos Aires.

Arturo Toscanini dirigiendo una de sus brillantes obras

En 1912, el maestro Toscanini, tenía a su cargo la dirección de toda la temporada del Teatro Colón y, entre los músicos elegidos que vinieron con él de Europa, estaba su amigo Arturo Capredoni quien durante un ensayo no tocó el clarinete bajo en el momento preciso lo cual desató la furia del quisquilloso Toscanini y retirándose del podio repetía “O se va Capredoni o me voy yo”. Como en Buenos Aires no había otro clarinete bajo capacitado para actuar en el Teatro Colón, los directivos tuvieron que convencer al maestro para que reviera su actitud.

Consiguieron el objetivo, pero con una condición: que primero haya una conversación con la Orquesta, integrada por músicos argentinos y europeos. En la reunión los músicos argentinos apoyaron a Capredoni, mientras que el resto respaldó a Toscanini. Al observar esta disparidad, Capredoni dijo: “Músicos argentinos: por ustedes voy a tocar, porque son verdaderos soldados de Garibaldi, no como mis colegas europeos, que son soldados de nadie”.

Se cree que ese fue un claro mensaje hiriente dirigido a Toscanini, ya que el maestro era admirador de Garibaldi.

El Presidente de la Nación, Don Marcelo T. de Alvear (hijo del intendente Torcuato de Alvear) y su señora la cantante lírica Regina Pacini, eran asiduos concurrentes al Teatro Colón. Hasta el año 1926, el público del teatro no era demasiado puntual, lo cual disgustaba al Presidente y decidió corregir esta costumbre. Unos minutos antes de cada función se paraba y, a través de sus binoculares, seguía a los espectadores hasta que se ubicaran en sus lugares.

El público en sus butacas durante una función en el Teatro Colón

Alvear finalmente logró su objetivo, al poco tiempo había instaurado en el Teatro Colón el respeto por los horarios, una tradición que continúa hasta el día de hoy.

Regina Pacini y Marcelo T. de Alvear
Montserrat Caballé

Cuenta otra de las historias que cuando Montserrat Caballé estaba por debutar en el Teatro Colón en septiembre de 1965, el director Fernando Previtali decidió que la catalana no era apta para interpretar a Liù en Turandot. La española regresó al hotel para posteriormente embarcarse a Europa pero algo sucedió, la gran soprano sueca Birgit Nilsson, encargada del rol protagónico en la ópera de Puccini, amenazó: “Si no canta ella, no canto yo”. Montserrat recibió el llamado desde el Teatro, y volvió para su gran debut como la joven esclava Liù en la ópera de Puccini.

Un dato curioso es el de la soprano Claudia Muzio quien, al igual que la bailarina rusa Tamara Tumanova, tenía la costumbre de limpiar el escenario antes de presentarse y arrojarle agua bendita, lo cual le jugó una mala pasada cuando resbaló y se precipitó en el foso de la orquesta.

Claudia Muzio

El Teatro Colón es el teatro lírico más importante de Latinoamérica y por sus dimensiones, acústica (quinto mejor del mundo) y trayectoria no tiene mucho que envidiarle a otros de su tipo en otras partes del planeta.

Imágenes del tour por el teatro de unos 40 minutos de duración

En su restauración trabajaron 1500 personas a lo largo de siete años para recuperar los 60.000 m2 del teatro y así darle un poco de modernidad al edificio con más de 100 años de antiguedad. El Gobierno porteño invirtió $340 millones en las obras y el gran desafío fue preservar la acústica de un teatro considerado como la mejor sala de ópera del mundo. El resultado se pudo apreciar en una función privada una semana antes de su reapertura al público el 13 de mayo de 2010.

Gran parte del trabajo, fue artesanal. Para recuperar el color original de la sala y sus ornamentos, hubo que quitar con bisturí las distintas capas de pintura agregadas a lo largo de un siglo. El actual orfebre del Papa Francisco, Juan Carlos Pallarols, fue el encargado de restaurar unos 200 artefactos de iluminación, incluyendo la araña de 1.500 kilos y 753 lámparas. Además, rehizo su sistema de descenso y partes de bronce faltantes, sometiéndolas a un proceso de oxidación con fuego para que se parecieran a aquellas del siglo XX.

El frente del edificio luego de su restauración en 2010