España se ha cansado de convivir

Los recientes acontecimientos en la política española (desde la investidura del astuto Mariano y la agitación en las calles hasta las leyes de memoria y de derechos reproductivos, pasando por los indignados del 15M con su nueva política) certifican una realidad honda de nuestro pueblo. Los españoles nos hemos cansado. De convivir y progresar de la mano.

Esta cursilada, frase fetiche de las democracias modernas, es profundamente cierta. El sentido último de una democracia es la inclusión de todos los individuos y clases dentro de un sistema que antes o después satisface sus expectativas colectivas y/o individuales. Así se garantiza la convivencia. Y un sistema de alternancia pacífica se encarga de gestionar la ilusión dándola a un lado y negándola al otro para continuar su movimiento pendular indefinidamente. Pero nada es para siempre, sobre todo si se hace mal. Los dos lados de esta balanza cada vez tienden más a negar al otro los derechos que sólo reconocen para sí. Especialmente la izquierda, que con un aparato teatral digno de mejor guión, no acepta la norma tan simple de la mayoría.

Desde el otro lado, en “las derechas” no se soporta el discurso envalentonado de Iglesias, la terquedad del PSOE ni la violencia de sus huestes rodeacongresos. Para todos, la presencia del adversario resulta inaceptable. Sus ideas, expresiones, reivindicaciones son por decreto delictivas:

Para unos, los aplausos a Bildu son terroristas.

Para otros, los aplausos a Rajoy son alta traición.

Para unos, tal medida es fascista.

Para otros, tal ocurrencia es comunista.

Para unos…

La lista de descalificaciones políticas tiene muy poco que ver con la razón y demasiado con el sentimiento. Con un sentimiento de odio, de rabia, de impotencia. El resentimiento es el acicate “moral” de una sociedad profundamente corrompida que no quiere razonar; no aceptar ninguna responsabilidad por las propias acciones, ni ningún respeto por el funcionamiento de las reglas mínimas.

La baba, el espaviento político, la representación chusca de los males de la nación no son sólo el reflejo de una clase política en decadencia, sino el de todo un pueblo. Son el reflejo fidedigno de una sociedad infantil que sabe mucho de tomar y poco de dar. Como los niños, se encierran cuando las cosas no salen como desean y no escucharán la voz de la razón y las soluciones oportunas.

Por mi parte, no me indigno. Reconozco el mal y espero que luces más preparadas que las mías puedan proponer una solución fecunda, un camino que no esté sembrado de necedad.