1up

Martina y Lucio terminaron su almuerzo en un restorán de comidas rápidas. Lucio comió un sándwich de pollo mientras que Martina ordenó un sándwich más chico pero con cajita de regalo.

La cajita le trajo a Martina un personaje de videojuegos muy conocido. Por ella, por Lucio y por el mundo. Además, vino con una ficha de plástico verde, con un honguito pequeño del mismo color y una leyenda: “1up”.

Mientras se preparaban para volver a la casa de Martina, Lucio le respondía a su sobrina lo que significaba esa leyenda en su moneda de plástico. Le remarcó que es de un videojuego y que le daba al personaje principal una vida más. Martina, sorprendida por lo que le contaba su tío le preguntaba más acerca de la moneda. Pero su tío, algo apurado por traerla de regreso le respondió que “son cosas de videojuegos” y que cada cajita con regalo venía con una de esas, que era una moneda de plástico barato, mal terminada y hecha en China.

Acto seguido, Lucio le colocó a Martina un casco ya que viajarían en bicicleta. El casco era de color rosa y con dibujos del personaje favorito de Martina. Ya subidos a la bicicleta, Martina le preguntó porqué tenía que usar ese casco y, además, porqué él no lo usaba. A esto, Lucio le respondió que en el caso de que cayeran de la bici; el casco la protegería. Él no tenía uno porque se lo había olvidado.

Martina muy preocupada le preguntó:”¿Qué pasaría si ambos cayéramos de la bici y vos sin el casco?. A lo que Lucio respondió: “No te preocupes, son solamente unas cuadras”. Martina siguió preocupada y le prestó a Lucio su moneda mientras se la guardaba en el bolsillo del pantalón.

El viaje transcurrió tranquilamente. Martina viajaba agarrada fuertemente del asiento donde Lucio sentado, pedaleaba. Ella cantaba canciones de su personaje favorito, que también llevaba en su casco protector. Era un hermoso día soleado, sin nubes y curiosamente sin mucho tráfico.

A pocas cuadras de llegar a la casa de Martina, donde sus padres y abuelos los esperaban. Lucio divisó en la vereda a una persona muy extraña. Vestía toda de negro: saco y camisa negras, al igual que su corbata. Pantalón de vestir negro y zapatos lustrados del mismo color. Lo único que no era de ese color en ese personaje era su piel. Completamente pálida. No tenía pelo ni cejas. Sus manos también eran de un inquietante color blanco. Al acercarse más, Lucio notó algo que lo perturbó mucho, este ser no poseía ojos. La cara estaba compuesta por la nariz y una boca que no paraba de sonreir.

Una vez que lo pasaron, Lucio volteó unos segundos para mirar a esta extraña persona. Estaba seguro que era una especie de disfraz muy bien logrado. Esta persona le seguía la mirada -sin ojos- y se quedó en el mismo lugar de la vereda sin moverse ni un poco. Simplemente giró sobre sí mismo para continuar “mirando” a Lucio.

A casi dos cuadras de la casa de Martina, Lucio notó que nuevamente este ser se encontraba en su horizonte. Esta vez, en plena avenida, parado con los brazos a sus costados y sonriendo. El semáforo del cruce de avenidas estaba en verde y los autos pasaban a su lado sin notar su presencia. Por suerte para ésta criatura, nadie lo atropellaba.

Cuando Lucio y Martina se aproximaban a este extraño personaje, el semáforo ya había puesto verde. Lucio decidió pasarlo por la izquierda, lo más lejos posible, este hombre realmente lo inquietaba mucho. En ningún momento se preguntó cómo había hecho para llegar allí más rápido que ellos. Estaba aterrorizado. Por otro lado, el hombre de negro no dejaba de sonreir. Una sonrisa de oreja a oreja y, esta vez, mientras Lucio pasaba al costado, este personaje levantaba su pálida mano apuntando hacia arriba. Apuntaba al semáforo.

El semáforo de Lucio seguía verde. El semáforo de la otra avenida también lo estaba de ese color. Un adolescente que venía a alta velocidad lo pasó y casi sin notarlo, atropelló la bicicleta. Lo último que vio Lucio antes de ser embestidos es que el auto pasó a través del hombre de negro.

Lucio despertó y se encontraba tendido en el pavimento. Se dio cuenta que no había pasado tanto tiempo desmayado, pero sí el suficiente para que llegaran los padres de Martina, algunos abuelos y vecinos. En ese momento, la madre de Martina veía al médico que bajaba de la ambulancia y revisaba los signos vitales de la niña. El médico era un joven doctor recién recibido. Muy alto y de apariencia gentil. De pelo rubio y ojos marrones. Miró brevemente a los padres e hizo un gesto de tristeza.

Lucio vio la situación mientras intentaba ponerse en pie, a pesar de los mareos, el terrible dolor y la sensación de desvanecerse. Ya que, para sus ojos, quien revisaba los signos vitales de su sobrina no paraba de sonreir. Con sus zapatos y ropa negra. Cuando vio su cara sin ojos, Lucio simplemente se desmayó.

Al llegar al hospital, Lucio ya había recobrado nuevamente la conciencia. Se negó a ser revisado por médicos y escapándose de las enfermeras logró encontrar la habitación donde se encontraba Martina y sus familiares. En ese preciso momento, un médico de pelo canoso le estaba dando la triste noticia a la familia. Martina se había ido.

Lucio entró corriendo a la habitación, sus familiares se encontraron aliviados de verlo bien pero destrozados por la pérdida de la niña. Se acercó a la cama, tomo sus manitos y llorando, con una voz muy baja dijo: “Porqué ella, ella tenía casco… porque la dañó a ella y a mí no; llevame a mí pero a ella no”.

La familia entendía la situación, pero miraron con asombro como Lucio parecía dirigirse a alguien en particular. No parecía una simple plegaria de dolor. Acto seguido, aparece en la habitación este ser de traje negro y piel pálida. Seguía sonriendo. Todos en la habitación podían verlo. Su rostro era completamente blanco, sin arrugas ni líneas de expresión. Su nariz era pequeña y su boca era lo más notable de la cara. Era gigante y su sonrisa… aterradora; ya que sus dientes eran puntiagudos e inyectados de sangre. Sus manos, de una tonalidad similar al rostro, poseía dedos afinados con uñas largas y mugrientas. Cada dedo de la mano tenía un anillo. Algunos parecían de compromiso y otros de juguete.

“Llevame a mí pero no a ella”, le ordenó Lucio. El diablo, que vestía de negro y no poseía ojos, le contesta: “Sabés bien lo que pasará luego, ¿no?”. Lucio asiente y responde: “Prefiero morir a continuar con una vida de culpa y pena”.

En ese momento, Martina despierta, asustada le pregunta a Lucio qué estaba pasando. Lucio, que pronunciaría sus últimas palabras le dice: “No te preocupes, me voy a ir al cielo y mucho tiempo después, nos volveremos a encontrar allí”. El diablo parecía asentir, aunque le dice a Lucio que no iría al cielo. Ya que los que quebrantan la voluntad de Dios van al infierno. Al infierno de hielo, añadió. Lucio, mirando sus ojos inexistentes, le dijo “Me encanta el frío”.

El diablo tapó con una mano los ojos de Lucio y desapareció. El joven, cayó tendido al piso y no se movió más. Martina echó a llorar y el viejo médico entró sin entender como la niña podría estar viva.

Al ver a Lucio tendido en el piso, procedió a tomar los signos vitales. La familia que había visto toda la situación, esperaban escuchar lo irremediable. A lo cual el médico pronunció: “Está vivo, sólo está desmayado”.

Cuando el médico lo acomoda para subirlo a una camilla para que pueda descansar, un objeto plástico cae del bolsillo del pantalón de Lucio.

Porque el diablo y Dios pueden ser muy poderosos, pero no pueden con el poder de una moneda de plástico barato, mal terminada y hecha en China, que viene en todas las cajitas con premio del restorán y que una niña de 6 años cree que le proporcionará una vida más a su tío.

Fin

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