Tierra de nadie

El peligro de las confrontaciones políticas con protagonistas tan antagónicos, de las polarizaciones, de los blancos y negros, es la facilidad con la que se reconducen interesadamente hasta convertirlas en falsos dilemas. O lo uno o lo otro, o contra uno o contra el otro. Hacer de la política un juego de dicotomías es una estrategia eficaz para quienes pretenden avanzar en su programa escudados en esa narrativa de la confrontación cara a cara, tan proclive a la visceralidad.

De un lado, el independentismo catalán. El nacionalismo de cualquier clase me despierta antipatía, y debiera hacerlo en cualquier persona de izquierda, por ser contrario al carácter plural, igualitario e internacionalista de la izquierda. Aunque como planteamiento es legítimo — aun si no comparto sus postulados — , la manipulación y uso que de él hace el gobierno catalán es indignante. La proclama nacionalista la alimentan de sentimientos y corazón, y en política el sentimiento, cuando toma los espacios que debería ocupar la razón, es un elemento siempre tóxico.

En el otro lado, un gobierno desnortado y sobrepasado por las circunstancias, que, desde su rancia ideología patriótica, y con más orgullo que inteligencia política, usa la fuerza de manera reprobable contra ciudadanos pacíficos en una escena más propia de otros tiempos.

Uno se ve frente a esta situación y no siente deseos de tomar parte. O sí, pero la parte que quiere tomar no es ninguna de las anteriores, sino una que se oponga a estas dos opciones canónicas fuera de las que no parece haber alternativa. No es cuestión de equidistancia, palabra esta muy de moda últimamente. No hay tal equidistancia: estoy en contra de la causa independentista y el comportamiento de los políticos de ese bloque lo encuentro mezquino, pero la respuesta del gobierno me parece ordenes de magnitud peor. Y aun así, de ambos extremos me separa una distancia enorme y me creo con derecho a criticar a ambos.

Estoy en tierra de nadie. Y como yo, muchos otros, probablemente la mayoría, que no reclamamos sino el derecho a quedarnos aquí, lejos de estos y de aquellos, convencidos de que se puede buscar una dirección distinta para el avance. Ah, pero qué iluso es uno si cree que eso es posible. Si dice que el referéndum no tiene sentido y que el independentismo se equivoca, al instante ya le obsequian el calificativo de «facha». Así, sin medias tintas. Si, por el contrario, uno opina que no pasa nada por dejar que el pueblo catalán exprese su voto, o al menos que no es de recibo evitar la votación de una manera tan indignante y violenta, la concurrencia patria le tildara de antidemócrata, secesionista o vaya usted a saber qué. Ambas partes manejan el epíteto con pasmosa soltura.

Opinar en este conflicto parece que no sirva para colocarse ideológicamente, sino para que le coloquen los demás. Es decir, que si uno habla para ponerse en algún lugar entre esos dos extremos, serán los extremos quienes, por repulsión, le emplazaran allí donde ellos, en su ceguera, creen que uno se sitúa en realidad. Visto lo visto, mejor no decir nada, o quizás limitarse a expresar una opinión muy extendida estos días cuando nos preguntan por esta historia: «Vergüenza». Porque, salvo para quienes nos regalan hoy esta buena dosis de vergüenza ajena, la situación es bochornosa. Y así, con este comentario, quizás no evitemos que nos asignen bando equivocado, pero nos posicionaremos por nosotros mismos en el de quienes todavía creemos que es posible una solución mejor a todo esto, sin pasar por este esperpento del que nadie sale ganando.