Manuscrito hallado en un secreter

El texto que sigue es transcripción de un documento hallado en el cajoncito de un viejo secreter comprado a un chamarilero en el Rastro de Madrid en el verano de 2015. Junto al mueble –algo descascarillado el barniz pero libre de polilla — se me traspasó la propiedad de un boli BIC mediado y un par de cartuchos vacíos de estilográfica que acompañaban un trozo de papel –una cuartilla doblada al medio — en el que, escrito en apretada redondilla, se lee lo que me he permitido editar con el título:

De los papeles de alguien que todavía ama. Retazo de una relación paternofilial.

«[Las primeras líneas resultan ilegibles; la tinta está corrida.] …por eso cuando entré en tu cuarto y te vi leyendo a Beigbeder no pude evitar esbozar una sonrisa ligeramente socarrona que, menos mal, no advertiste. Tu madre me ha contado lo de ese chico del instituto. Sé que te resulta más cómodo hablar de estos temas con ella que conmigo, pero tienes que comprender que mi tarea como padre quedaría bastante demediada si dejase que las correrías de un gabacho pesasen más que mi consejo. Prometo no ser demasiado carca. De hecho, me limitaré a contarte algo sobre mis padres. Es una lástima que apenas llegaseis a conoceros; te habrías llevado muy bien con ellos. Como te he contado ya alguna vez, tus abuelos se conocieron y casaron en Argentina, adonde papá se marchó poco después de la guerra. En Buenos Aires se aficionó al tango y fue bailando en un sitio que frecuentaba como conoció a la abuela Laura –“mi dulce nefelibata porteña” la llamaba él, en su acostumbrado barroquismo — . Les unía especialmente “La Cumparsita”. Siempre que sonaba, en sus cumpleaños, en su aniversario, lo que pasase a su alrededor se detenía: el mundo se reducía a ellos dos y la canción. Emocionaba verlos tan felices, con ese brillo en los ojos que pocas veces les abandonó durante sus 42 años juntos. Si el cáncer no se hubiese llevado a mamá estoy seguro de que hubiesen podido llegar a los 50. La pena cercenó la salud de tu abuelo y el Alzheimer pronto empezó a acelerarse. Poco a poco fue olvidando toda su vida. Olvidó su vida en Argentina, olvidó a sus hijos, a sus nietos; pero de lo que nunca se olvidó fue de mamá. En su último año, cuando ya no nos reconocía, se pasaba el día sentado, mientras sonaba la radio, sin despegarse del marco de plata con la foto de tu abuela vestida de novia. La miraba durante horas, día tras día, dejando caer de vez en cuando algunas lágrimas. Lágrimas de ausencia y recuerdo; lágrimas de amor.

En fin, que no quería yo ponerme tan sentimental. Lo que te quería decir, hija, es que no hagas mucho caso de lo que te cuenta Beigbeder; que el amor no dura tres años. Es cierto que el sol no luce todos los días; que el amor es como una criatura a la que es preciso cuidar, alimentar, en ocasiones hacerle la pedicura y hasta darle una aspirina. Eso es, y “quien lo probó lo sabe”, como dijo Lope, que también tuvo mucho de golfo y también está en nuestra biblioteca. Fue lo que aprendí de tus abuelos y es lo que día a día, y desde hace 27 años, aprendo junto a tu madre. Pero esto es ya otra historia en la que aún cuento con trabajar durante mucho tiempo para que algún día puedas contársela a mis nietos. Tú, por ahora, no te preocupes ni obsesiones por lo de ese chico. Y tampoco te tomes muy en serio a los franceses.

Te quiere,

Papá.

P.D. No hace falta que hagamos menc… [El texto se corta aquí].»