Guía breve para presentaciones efectivas 
(o cómo hablar bien en público y no morir en el intento)

Vas, te parás y hablás. Parece fácil, casi natural, pero lo cierto es que, para la mayoría de los mortales, el éxito de una presentación oral involucra un poquito más de organización y de intuitivo no tiene nada. Si queremos conseguir el objetivo deseado (aprobar una materia, vender una idea, que nos financien un proyecto), tenemos que cuidar desde la estructura del contenido y su visualización hasta nuestra actitud en relación al tema expuesto, pasando por cuestiones muchas veces subestimadas, como la postura o el tono de voz. Y no, no se resuelve todo imaginando al auditorio desnudo.

1. El campo intelectivo. Aquí se trata de seleccionar, jerarquizar y ordenar el contenido del discurso. Decidir qué se va a decir, cuáles son los temas más importantes y cuáles los menos, y qué cosas quedan afuera. Una vez que sabemos el qué, resta definir el cómo. Los especialistas en oratoria sugieren trabajar en la forma a partir de “la regla del BESO” (sí, a mí también los acrónimos me resultan medio pavotes, pero este sirve):

Basarse en lo 
Escueto, 
Sencillo y 
Organizado.

En lo relativo a la estructura, lo recomendable es organizar la presentación en tres partes: una introducción, un desarrollo y una conclusión. En la introducción, anticipamos lo que vamos a contar y mostrar. En el desarrollo, lo contamos y mostramos. En la conclusión, contamos lo que contamos y mostramos. Parece reiterativo y hasta un juego de palabras, pero no hay que perder de vista que, por la volatilidad propia del discurso oral y las distracciones propias de auditorios numerosos (y mientras más numerosos, más distraídos), hay muchas de las cosas que mencionamos que pierden importancia. Por esto, es vital la reafirmación:

Digo lo que voy a decir, lo digo, y digo lo que dije.

Si abrí la presentación con alguna imagen, anécdota o palabra clave, la retomo al final. Si anuncié que mi objetivo era dejar explicada o evidenciada equis cosa, me aseguro de que en la conclusión quede claro que cumplí. Esta estructura circular no sólo garantiza la recordación de los aspectos que queremos destacar como fundamentales, sino que ayuda a los fines estéticos de que el discurso suene “redondo”.

2. La organización general. Tenemos que ver con qué recursos contamos y pensar cómo vamos a usarlos. Esto es útil no sólo a los fines prácticos; ayuda también a reducir la ansiedad. Ejemplos de este punto pueden ser saber de antemano cómo es el espacio en el que va a tener lugar la exposición (¿es una sala de reuniones? ¿es un aula? ¿es un auditorio? ¿de qué tamaño? ¿dónde vamos a estar nosotros? ¿dónde se va a sentar la gente que nos escucha?), cuánto tiempo tenemos disponible, con qué apoyos visuales contamos (¿hay proyector? ¿hay pizarrón? ¿se pueden usar los dos simultáneamente?), si vamos a estar parados o sentados, cómo está dispuesto el mobiliario y la iluminación, etcétera.

En lo relativo al manejo del tiempo, es recomendable ensayar mucho. Algunos oradores suelen ponerse ansiosos y acelerar el ritmo de la exposición, utilizando menos tiempo del pautado, y otros, por el contrario, pueden distraerse e incurrir en alguna digresión, abarcando más. Si la exposición es en grupo, el ensayo también permite a los disertantes conocer el estilo de sus compañeros, para reducir las contingencias al mínimo.

3. El apoyo visual. Trata de dos cuestiones: el diseño y el manejo durante la presentación.

En lo relativo al diseño, lo importante es que sea claro, atractivo y complementario al discurso oral. Esto último quiere decir que el apoyo tiene que funcionar como un “acento” de las cosas más relevantes y no como una copia de todo lo que se diga. En líneas generales, se recomienda seguir la “regla del 7”:

No más de 7 palabras por línea, ni más de 7 líneas por diapositiva, ni más de 7 diapositivas cada 20 minutos.

Esto último puede flexibilizarse en casos en los que se incluye material documental (ya que no se trata de un apoyo, sino del contenido mismo del discurso), pero es una buena medida para tener de referencia y regular el ritmo.

En cuanto al manejo, es importante que todos los expositores conozcan el contenido y el orden de las diapositivas para que la coordinación con el discurso suceda de la forma más ajustada posible. Y como dice esa frase de Don Draper que tanto nos gusta citar en este negocio: “Make it simple, but significant”.

4. El campo visual del orador. En concreto: cómo nos vemos. Involucra la imagen (vestimenta, peinado, maquillaje), el contacto visual, la postura y los gestos.

En términos de imagen, cada uno tiene su estilo, pero un atuendo profesional, tal vez un poco más formal que el de todos los días, es una apuesta segura. Los colores neutros, los accesorios discretos y la prolijidad general ayudan a que el auditorio no se distraiga con la estética y pueda concentrarse en lo que de verdad nos ocupa, que es mostrar nuestro trabajo. Lo último que queremos es boicotear el propio discurso con bijouterie que tintinea.

El contacto visual con el auditorio es decisivo. El objetivo de cualquier presentación oral -y de cualquier comunicación en general- es achicar la distancia que nos separa del otro, es construir un “terreno común”. Todo lo que ponga distancia o resulte evasivo está desaconsejado. Entonces: no hablen mirando la pantalla. Nunca. Tampoco lean. Sepan lo que van a decir y díganlo mirando a los ojos de quienes los escuchan. Si no tienen experiencia hablando en público o les resulta demasiado intimidante, traten de mantener la mirada en movimiento recorriendo la totalidad del auditorio en forma de “Z”. Si eso también les resulta difícil, como última alternativa, miren a lo lejos, un poco más allá del último miembro del auditorio. Y hagan lo que hagan, nunca jamás se pongan de espaldas ni hablen mirando al piso. Just don’t. Ñet. Neniu (sí, busqué cómo se dice “no” en esperanto).

Siguiendo con la idea de “achicar distancias”, eviten cualquier cosa que haga de “barrera”: no se escondan detrás de un escritorio ni se crucen de brazos, ni se tapen con apuntes. Si tienen el pelo largo y lo usan sobre la cara, consideren recogerlo un poco para que no les cubra los ojos. Recuerden: estamos tratando de maximizar el contacto visual y de quitar todo lo que haga de barrera. Y traten de mantener una postura corporal abierta y relajada: eso les va a ayudar a ser percibidos como confiables y, a su vez, les va a dar confianza a ustedes.

Traten de que la gestualidad acompañe a las palabras de la forma más natural posible. Relajen los brazos y permitan que se muevan junto con el resto del cuerpo.

Dos ejercicios de visualización:
1) piensen que tiene que haber espacio para que corra aire bajo las axilas.
2) piensen que los brazos nacen de los pulmones y se mueven gracias al ritmo de la respiración.

Si esto les resulta muy exigente y aún se sienten incómodos con sus manos, prueben tener una lapicera que usen a modo de “puntero” para canalizar la tensión. Pero atención: controlen que la birome no sea la descarga de cualquier movimiento compulsivo (por ejemplo, ponerle y sacarle la tapa repetidas veces), porque distrae.

Por último, revisen el movimiento de las piernas y eviten el balanceo repetitivo entre una y otra. Al auditorio le va a dar la sensación de que están “bailando” y ¿advinen qué? Sí, se va a distraer. Si están nerviosos y se pueden quedar quietos, es mejor que recorran el espacio a un ritmo tranquilo, acorde al discurso. Eso va a dar la sensación de que “se adueñan” del lugar y va a servir para que descarguen un poco la tensión.

5. El campo auditivo. Involucra todo lo relativo a la vocalización: el volumen de la voz, el tono, la dicción, la expresividad, el ritmo, las pausas.

Uno sólo se escucha desde adentro de su cabeza, que es donde están los oídos, así que la única forma de tener una idea más o menos acabada de cómo sonamos para los demás es grabándonos. Una vez que tengan la presentación ensayada, si pueden, grábense. Es un gran ejercicio para escuchar no sólo cómo sonamos en general, sino para ajustar cuestiones expresivas y revisar, por ejemplo, si estamos repitiendo mucho una misma palabra, o si tenemos alguna muletilla, o si tenemos tendencia a las pausas habladas (el fenómeno que consiste en repetir algún sonido mientras pensamos, como “eh”, o “este”, o “mmm”), etcétera.

Tres consejos finales:

1. No compitan con un imponderable. Cualquier circunstancia disruptiva durante la presentación se va a llevar la atención del auditorio. Puede ser un celular sonando, un tercero que irrumpe en la sala para preguntar algo, un objeto que se cae, etcétera. Pretender que no está sucediendo sólo va a volver la situación más incómoda y a perjudicar la presentación. Lo mejor es parar, explicar que están esperando que el imponderable se resuelva y luego retomar con naturalidad.

2. Quiéranse. El cuerpo necesita comida y oxígeno para funcionar. Así que, primero, no vayan a disertar con el estómago vacío. Y segundo, respiren. Si se olvidan de algo, respiren. Si se traban, respiren. Si piensan que se están por desmayar, respiren. Pero respiren lento, porque si respiran mucho y muy rápido, hiperventilan y ahí sí se desmayan en serio. Y, créanme, es muy difícil hablar desmayado.

3. Ante la duda, diviértanse. Después de todo, es sólo una presentación oral. La vida queda en otro lado.