El efecto Vilouta

Un tipo relata partidos de fútbol. Algunos le salen más o menos, otros le salen mal. Pasa el tiempo. Un tipo escucha a un tipo que relata más o menos partidos de fútbol y decide subirlo a youtube para reírse con amigos. Otro tipo lo comparte, otro busca otro relato inconsistente y hace lo propio. La gracia circula, la gente ríe, busca más casos, hace arqueología en la red. Nace el fenómeno Vilouta.

Una de las gracias de internet -de esas que son muchas y que los que transitamos el mundo académico amamos poner en evidencia- es aquella que surge de combinar una organización del conocimiento desjerarquizada y fragmentada propia de la red (posmoderna si se quiere), con un uso de ese saber sistematizado e institucionalizado, propio de sus usuarios (si se quiere, moderno). Este choque de un montón de conocimiento todo junto y desordenado con un montón de sujetos con ganas de ordenarlo y otorgarle sentido, da lugar a una microcuraduría de lo cotidiano que encuentra en los relatos de Pablo Vilouta uno de sus ejemplos más recientes, pero no el único y mucho menos, el último.

Si hay algo que sabemos es que la tecnología va rápido o, al menos, va más rápido que los usuarios. Corremos y corremos tratando de subirnos al último gadget, a la última app, al último meme, al último comentario irónico de los que están de vuelta del último meme. Y fracasamos, claro. La red es, ante todo, diversidad y multidireccionalidad, y los usuarios son, ante todo, humanos. Seres angustiados tratando de encontrarle un sentido al mundo, un único sentido al mundo, porque “allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo”, como decía Cortázar.

Lo que quiero decir con esto es que internet es más que nada caos y la gente no lidia bien con el caos, así que trata de ordenar internet. Es así, somos animalitos de costumbre y el uso conocido se impone por sobre la posibilidad. No por nada la principal herramienta de la web es un buscador y su principal desafío como negocio es volverse cada vez más ajustada a los intereses de los usuarios, cada vez más complaciente. Lo sentimos, McLuhan, aquello de que el medio es el mensaje acá hace agua. En la web, el usuario es el mensaje y el usuario, en principio, atrasa.

La cara más simpática de estos enanos fascistas que quieren retrotraer internet a gran biblioteca militar que fue en sus comienzos son aquellos que invierten tiempo y energía en desmalezar una pequeña quintita de saber: el que escribe un ranking sobre las mejores diez películas con la palabra serpiente en el título, el que te hace un mapa con todos los lugares para tomar cerveza Quilmes caliente en Morón y aquel que lista todos los arqueros de la B que jugaron por la promoción vistiendo casaca amarilla y perdieron.

Todos los días a toda hora hay gente que rastrilla la web reuniendo información, catalogándola bajo imperativos inefables y redefiniendo el adjetivo “arbitrario” hasta la exasperación. El tipo que ungió a Vilouta como el autor del peor relato de la historia es, más allá de la hipérbole burlona, un ser desesperado que, en el fondo, extraña el saber acumulativo y sistematizado del mundo analógico, un nostálgico rescatista de la cotidianeidad que necesita que las cosas tengan un único sentido y que las jerarquías y la verdad prevalezcan por sobre la angustia y la sinrazón. Un moderno, bah.

Lo que no piensan los bibliotecarios de la nada -o quizás no les importa- es que cada catálogo que urden sus manitas es más nudo en la telaraña, es más materia prima para nuevos catálogos, es la puerta de entrada a la expansión infinita de un despelote de datos -y de basura, mucha basura sinsentido- que el big bang, un poroto.

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