La caza escópica: Zannini en el cielo con corazones

Por: Sonia Telisz/Ignacio Basello

El cuerpo es un recreo y una cárcel, un laboratorio de arena donde pasan cosas, un espacio de quiebre y de diálogo entre lo que pincha y la punción, entre lo que hace doler y el dolor, entre la cosquilla y la risa, es eso que somos y que no somos a la vez. O por lo menos así aprendimos a verlo. La modernidad nos enseñó a separar las cosas, a dividir para reinar: el Estado, la sociedad y la religión; el cuerpo y la mente; el adentro y el afuera; el otro y yo. Y donde hay fractura, nunca falta el que se quiere llevar un pedazo.

Días atrás, un grupo de personas increpó a un ex secretario de gobierno y ex candidato a vicepresidente en un vuelo de línea. Lo insultaron, improvisaron cantitos agraviantes y, tema que en particular nos ocupa, se filmaron y se tomaron selfies. El material llegó a las redes sociales, de ahí a los medios tradicionales y todos hablamos del tema un rato largo. Y qué.

El selfie-escrache, la autofoto de prepo con el exfuncionario agraviado, se erige en una nueva praxis social que, a primera vista, combina el ludismo del hecho pseudoartístico (el resultado son fotos retocadas, filtradas, intervenidas estéticamente) con el activismo político (el escrache es, ante todo, la publicidad de un hecho ignominioso), pero que por sobre todas las cosas involucra la objetivación del otro, la apropiación e intervención del cuerpo del otro (eso que el otro es y no es a la vez), en una imagen (eso que el otro es y no es a la vez).

El escrache funciona, además de como denuncia, como castigo. El que escracha se erige en ese instante en disciplinador y el cuerpo disciplinado se convierte en vehículo de prácticas que pueden ser leídas como un intento de restitución a la esfera pública virtual (la de las redes sociales) de aquello que el funcionario reprochado retiró de la esfera pública en beneficio privado durante su gestión. Me usaste, te uso; me robaste, te robo; me humillaste, te humillo. O algo menos te saco una foto contra tu voluntad y pongo a circular ese discurso.

No obstante, en el caso que nos ocupa, este uso del cuerpo del otro sin su consentimiento como praxis premoderna en la que el castigo del cuerpo reforma el espíritu (¿o la moral?) se reencuentra, paradójicamente, con la condición posmoderna de la intervención estética, en la que, caídas las instituciones y sus relatos, es lo sensorial (lo que se ve) la única manifestación posible.

Hay también en esa exhibición del cuerpo objetivado del político, indefenso en ese arrebato de su imagen, una reminiscencia semiótica a las fotografías del cazador con su presa: el escrachador posa con su trofeo, se regodea en el triunfo escópico que la tecnología le permite por sobre aquello que alguna vez lo hizo sentirse amenazado. El tipo que se fotografía haciéndole cuernitos al excandidato caído en desgracia no está muy lejos del que posa pisándole la cabeza a un oso o del que se retrata teniendo de la cola un surubí de 54 kilos. La única diferencia aquí es que el acosador del avión no tiene a su favor destreza deportiva alguna, no se ha sometido a ningún riesgo extremo en la conquista de su presa, sino que ha aprovechado la oportunidad coyuntural del encuentro y el abrigo de la horda iracunda como excusa.

El suplicio y el escarnio público como forma de dominación no son novedosos. Sí lo es la mediación tecnológica para la apropiación y exhibición posterior. La idea de enfrentarse con una otredad amenazante, vencerla y exhibirla como trofeo no es novedosa. Sí lo es la intervención artística del trofeo y su transformación en una nueva materia discursiva. El cuerpo escrachado y la imagen apropiada se transforman así, corazones y likes mediante, en un valor de intercambio, y promueven una praxis que busca una restitución discursiva allí donde lo normativo y lo material hacen agua.