Del cigarro a las galletas

Recuerdo que hace muchos años en medio de la lluvia mi padre apagaba su último cigarrillo y hurgaba en la cajetilla en busca del siguiente sin mucho éxito… no sé que iluminación divina, visión apocalíptica o simple voluntad lo llevo a tomar la decisión de que ese sería el último cigarrillo que fumaría en su vida, y esa la última cajetilla. Tomada la decisión y con la mirada firme, sirvió un vaso con leche fría, abrió su paquete de galletas y se sentó frente a la tv a disfrutar del manjar. Recuerdo que mi mamá decía que había cambiado un vicio por otro, que había dejado de fumar para comer galletas sultanas, y que menos mal este no era un vicio dañino. Recuerdo el ritual, los paquetes compactos de sultanas sobre la nevera, el vaso de leche fría, el plato chiquito de la vajilla de flores. Don Sergio se levantaba cada tarde, servía su leche y sacaba el bloquecito de galletas, las servía, se sentaba en el sofá, prendía la tele, y disfrutaba de su merienda. Cuándo íbamos a la tienda había que revisar primero si habían galletas sobre la nevera, y en caso negativo, comprar el obligado paquete de sultanas que no podían faltar.

Recuerdo que desde pequeña, y digo “desde” porque aún lo hago, me escabullía a hurtadillas en la cocina, servía mi vaso de leche y sacaba el bloquecito de galletas, en silencio y sin decir nada, para que no se dieran cuenta que estaba acabando con las preciadas sultanas de don Sergio, iba a mi cuarto, me sentaba en la cama, y a diferencia de papá, me encantaba remojar la galleta en la leche y sentir después como se deshacía en la boca. Era un técnica sumamente avanzada y difícil de aplicar, había que saber cuánto tiempo debía estar la galleta sumergida en la leche para que no se quebrara y quedara en el fondo del vaso, era todo un ritual placentero y culposo.

Han pasado unos 20 años desde que mi papá dejo el cigarrillo por las galletas sultanas, y día con día desde entonces lo he visto sentarse frente a la televisión, con el cuidado y el gusto suficiente para comer sus galletas, con la compañía de su perra que no se separa de sus pies, y al riesgo de ser vilmente asaltado por una gata malandra que ha desarrollado un gusto particularmente peligroso por las sultanas.

Les presento al monstruo comegalletas. Don Sergio ❤
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