P e r s é f o n e

No sé exactamente cuánto tiempo ha pasado desde aquella última noche que nos vimos. Bebimos y vivimos al límite ese momento. Salimos del mugroso bar y paramos un taxi justo en la esquina de Villanueva frente a la Alameda. Estaba demasiado borracho y drogado con tu perfume que no pude articular palabra alguna cuando el chofer pregunto a donde nos llevaría. Dijiste algo así como que iríamos a casa de tu amiga. Le diste la dirección. Tomaste mi mano derecha y la llevaste a tu entre pierna para calentarla un poco. Me quede dormido en tu hombro.
Al final llegamos, golpeaste con tu codo en mis costillas despertándome bruscamente. Bajamos del taxi y sólo veo un portón azul con un pug ladrando al otro lado. Tocas el timbre y después de 5 minutos abrazados se abre la puerta de la casa. Saludas a tu amiga e intento actuar normal pero mi mal estado es evidente. Ríes y pasamos. Adentro no hace frio. Me tomas de la mano otra vez y caminamos sin hacer ruido a través de un largo pasillo.
Llegamos a las escaleras y te quitas los tacones para pasar desapercibidos. Entramos a un cuarto oscuro. La luz del alumbrado público entrando por la ventana ilumina el espejo de un viejo ropero. Prendes la luz y hay una cómoda cama esperando ser ocupada. Cierras con seguro y me tomas de la mano llevándome directo a la cama. Nos besamos y aprovechas para deshacerte de mi chamarra. La tomas desde el cuello y me la arrancas. Posas amabas manos sobre mi pecho y me lanzas sin piedad. Corres a apagar la luz y te desmaquillas frente al espejo con la poca iluminación en la recamara.
No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Cierro los ojos y de pronto siento como te has sentado en la cama. A escasos centímetros de mí estas tú. Con ese brasier de encaje color blanco que me encanta y las bragas a juego que me devuelven los 5 sentidos de inmediato. Comienzo a acercarme a ti. Lo hago poco a poco. Cada movimiento es excitante porque sé que cuando mi piel rose con la tuya no habrá marcha atrás.
Se perderá nuestra inocencia entre besos, mordidas y caricias bruscas. El pudor no tendrá cabida en esta habitación. Dejaremos las ataduras a un lado. Excepto las que te haré con mis manos sobre tus muñecas. Perderemos las inhibiciones entre todas las mordidas que dejaré sobre tu cuello y tus pechos. Recorreremos los caminos del exceso hacia el placer:
Marcaras con tus uñas mi espalada. Y me pedirás que repita los chupetones que siempre dejo por todo tu cuerpo en especial en tu entrepierna, en tu cuello, en el camino de tu abdomen a tus pechos. Para finalmente avanzar y hacerme dueño de tu espalda mientras mis brazos te levantan y te ponen de pie.

Mis labios no se aguantan a probar tu cuello y morder tus clavículas. Así que te jalo hacia mí. Tu cuerpo reposa junto al mío. Mis manos traviesas trazan círculos y figuritas en tu cintura. Se dirigen a tus pechos. El antojo de mis labios en tu cuello se convierte en deseo. Deseo líquido de mi saliva que resbala sobre la delicada piel de tu cuello. Mis manos ya no se satisfacen con tus pechos.
Así que con mis dedos me deslizo hacia abajo recorriendo el camino de tu abdomen hasta llegar a tus bragas. Las paso por encima. Cruzo la barrera de lo sublime y lo vulgar en tu monte de Venus. Siento los jadeos de tu cuerpo. Y me das instrucciones con el lenguaje de tu piel para ir más allá. Mis dedos enloquecen por entrar donde deseas y mi otra mano se aferra a la magnificencia tus pechos. Mis dedos juegan ahí abajo y sé que lo disfrutas. Puedo sentir la humedad sobre tu ropa interior. Poco a poco se va humedeciendo cada parte de mis dedos, -Yo sé que quieres más- susurro en tu oído. Te giro sobre la cama y me miras a los ojos. Suplicas placer, necesidad y ruego por atravesar esa barrera juntos. Me levanto de la cama contigo. Me arrodillo ante ti. Calvo mis manos a tus caderas. Las muevo lentamente para acercarme poco a poco hacia la tela con encaje de tus bragas.
Frente a ti, te planto un beso en el abdomen, te empujo a la cama y me pongo sobre ti. Me encuentro a la altura de tu sexo. Vuelvo a acercarme y mis dientes se clavan en la parte superior del encaje de tus bragas. Con un movimiento las jalo lentamente hacia abajo dejando al descubierto esa parte que tanto me gusta de ti. Mi respiración se acelera y jalo más fuerte hacia tu entrepierna. En un abrir y cerrar de ojos mi atención cambió a otra parte: Tu entrepierna. Siento una inquietud en mi boca. Mis labios mueren por estar ahí. Empiezo a repartir besos de arriba hacia abajo en sintonía de mi lengua que reparte ligeras pero profundas lamidas.
Me excita ver cómo es que curveas tu espalda y como se elevan tus caderas al sentirme. Tus gemidos se intensifican al sentir mi respiración cada que se acerca a tu piel, ¡Ya no aguanto más! Tomo de manera poco sutil tus bragas con ambas manos y por instinto levantas tus nalgas, yo jalo y quedas expuesta a mí. Mi boca y mi lengua se acercan lentamente a tu sexo. Recito el abecedario. Mi lengua se entrega a tu cálida humedad. Mis manos te recorren de las caderas hasta tus pechos y se pierden entre presiones, roses con el dedo y pellizcos.

Me resulta placentero ver cómo te mueves ante mi incapacidad oral. De llevar un ritmo acelerado reduzco velocidad e intensifico presión en tu sexo. Siento como tu cuerpo deja de tensarse poco a poco, pero a la vez como cambia el ritmo de tu respiración al sentir el aire de la mía cerca del área más sensible de tu cuerpo. Escuchar como ahogas tus gemidos es tan estimulante que mi lengua muere por moverse más rápido, pero no. No te daré el placer de hacerlo. Has sido muy mala durante la noche. Me has dado drogas sin avisarme y siento cuanto estás disfrutándolo. Es hora de que lo haga yo…
Te tomo de la cintura te jalo hacia mí. Bruscamente te giro. Creo que ya es hora de que yo me porte mal. Paso mis manos por tu trasero, lo tomo y aprieto con fuerza, seguido hago pases suaves por toda su extensión, elevo mi mano derecha y te atizo la primera de las cinco que serán tu castigo por tan mal comportamiento. Mientras mi palma se estrella contra tus glúteos, es tan excitante el quejido que se escapa entre tus labios, hace que mi cuerpo pida más, que la sangre se vaya a dos lugares en específico. Mi ritmo cardíaco se acelera a la par de mi respiración, mi mano quema por atizarte nuevamente, la elevo y esta vez el golpe es más intenso. ¡Mierda! Amo tus quejidos y el estremecimiento de tu anatomía. Estoy más excitado de lo que lo estaba durante todo el tiempo que me imaginé haciéndolo. Reposo mi mano y la paso suavemente a modo de caricias, noto que tu piel empieza a tintarse poco a poco de un tono más rojizo y eso me pone aún más. Dejo de masajear vuelvo a estampar mi palma, pero esta vez es distinto doy dos seguidas y uso ambas manos para amilanar tu dolor y aprieto suavemente, suelto y vuelvo a apretar, repito lo mismo por un par de veces más, el color de tu piel y tu respiración me aseguran que a pesar de las pequeñas dosis de dolor lo estás disfrutando, finalmente atizo la última nalgada y cual medicina al mi palma tocarte y tu cuerpo reaccionar al estímulo visual, auditivo y sensitivo, me enloquecen y siento como mi estómago se contrae. Mis latidos vuelan y tengo ganas de hacerte mía, te giro y sigo en el juego de darte placer. Paso mi lengua desde tu sexo hasta tus pechos, mis manos juegan ahí y hacen una sinfonía de jadeos, gemidos y estremecimientos, entre lamidas, mordidas y besos.

Me separo abruptamente y te doy un beso, un beso largo y sexual, con una danza de lenguas y una mordida que es notable que te enciende. Bajo el cierre de mi pantalón, mi erección te pide, con mis dedos froto tu sexo y siento tu humedad, esa que al igual que yo desean que me adentre en ti, tomo mi miembro y lo llevo a tu sexo, entro lentamente y me voy deslizando hasta adentro, te curveas bajo mío y mis movimientos son más rápidos y profundos, la fuerza, la velocidad se unen solo para un propósito, que lo disfrutes, Perséfone…
-Vrturo
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