Permanencia Voluntaria

Escribí este cuento cuando tenía veinte y lo estoy editando a los treinta.

Nació en mil cuatrocientos noventa y ocho, por primera vez, en lo que ahora es el territorio de Lausana, Suiza; su madre enfermó de fiebre, le contagió y él murió tres años después de conocer el mundo sin tener la oportunidad de convertirse en el mejor leñador del lago de Ginebra y sus alrededores. Desde entonces, tuvo una serie de vidas fulminantes y poco agraciadas. En sus peores días, llegó a padecer uno de los más temidos, humillantes e ingratos decesos: la muerte por hipo que, al contrario de la creencia popular, es una muerte por desesperación y no por asfixia.

Pero no podía recordar nada (pocas personas pueden) y así experimentaba vida tras vida, cada una como si en realidad fuese nueva. Siempre moría muy pronto, por eso pensaba que su destino sería una larga sucesión de vidas cortas; hasta mil ochocientos veintinueve, cuando algo cambió y logró acumular poco a poco recuerdos del pasado: el olor de las pantuflas de su primera esposa, el sabor del cacao oaxaqueño o la sensación de la mantequilla preparada por su tía holandesa. De pronto, era un mocoso saltando por las calles de Buenos Aires. Pero no era cualquier niño, se sabía viejo y valoraba la oportunidad de habitar un cuerpo joven, por eso no desaprovechó ni un momento y dedicó toda su vida (esta vida) a recolectar historias.

Parecía que había comprendido alguna lección que no entendía desde hace cuatrocientos años, ¿o trescientos ochenta y nueve?… No se sabe a ciencia cierta, las fechas son un engaño, los números nunca son de fiar y tratar de cuadrarlos siempre termina en catástrofe. Lo importante es que ahora sabía que el mundo no se vive, se juega; todo empieza y culmina en las apariencias.

Cualquier alma buena esperaría que después de esta vida, una bien vivida, finalmente encontraría el descanso; lo merecía, pues no es sencillo vivir más de quinientos años aunque se diga que los peores son los primeros trescientos.

Su faceta como Julio terminó en mil novecientos ochenta y cuatro, pero para su mala suerte la vida no se le acabó. Después de su célebre muerte (ya que los laboriosos e infinitamente burocráticos trámites de reencarnación concluyeron), una anaranjada tarde se vio a sí mismo como la cuarta cría de una gata llamada Nina, la mascota de Juliana, una alegre abuela en la costa chilena.

Por supuesto, no podía comunicarse con su madre ni con sus nuevos hermanos, que en esta justa ocasión eran gatos. Tan sólo se contentaba con observarlos y tratar de hacerles buenas caras, y pese a que era su primera experiencia felina, había practicado lo suficiente con otros familiares humanos con quienes estableció una comunicación no muy distinta.

No se lamentaba, aún cuando le causaba gran curiosidad saber por qué se hallaba en el lugar de un animal doméstico. Quizá estaba cerca la muerte eterna, su gran añoranza desde que tomó conciencia del tiempo. Y aunque disfrutaba pasear por Valparaíso, también añoraba esa extraña importancia que los humanos ridículamente le dan a otros humanos. Quizá durante alguno de sus paseos encontraría a alguien que supiera (como él) que vivía una más de sus vidas. Pero no tenia caso buscarlo, no podría comunicarse; es inteligente y cada vez más sabio, sabe que reencarnar no implica adquirir nuevas cualidades, como la telepatía (por ejemplo). Ahí, él era el único gato que no era gato.

Así pasaron más días, mientras se acostumbraba tanto a sus pequeñas patas como a su gran flexibilidad; entonces, justo cuando la nostalgia por lo humano casi se desvanecía de su alma y un minuto después de comprender el gran secreto de la vida, murió. Una noche, su dueña bebió varios piscos de más y a pesar de que su gruesa complexión soportaba unas cuantas gotas de alcohol, esos tragos resultaron fatales; olvidó que la edad exagera todo (y eso incluye los achaques). La gigantesca barriga de Juliana se encontró con la cara del minino y, al confrontarse con tal escena, se desató en su peluda cabecilla una reacción química tan estridente que lo fulminó.

Sólo pudo disfrutar de la comodidad que viven las mascotas por poco más de once meses, pero en esta ocasión tuvo suerte, los trámites de reencarnación fueron más rápidos acaso por la proximidad de las fiestas de fin de año. Es obvio que después de conocer ese infierno burocrático (que sólo él y unos cuantos saben es el único y verdadero infierno) le causaba gran felicidad no recordar los anteriores cuatrocientos años. Porque aunque había padecido este suplicio en cientos de ocasiones, al no recordarlo realmente no había ocurrido.

Así, se preparaba para su gran reencarnación, ya entendía el por qué de la existencia y por fin iba a revelarlo. Nervioso, esperó en la incómoda sala de estar por su nueva vida.


Y reencarnó. Como nunca lo había hecho — justo en este lugar — y ahora, mil novecientos ochenta y cinco. Desgraciadamente, los antipáticos administradores de la reencarnación ya habían encontrado la falla de su auto consciencia; rellenó el formato equivocadamente. Tenía que marcar únicamente con mayúsculas la parte superior izquierda del formato, pero lo hizo por la derecha.

Obviamente, este error causó un gran caos en los sistemas que, bien sabemos, llevan siglos sin ser renovados. Resulta extraño que la mayoría nunca hayamos cometido fallas similares, seguimos sin ser conscientes de nuestras antiguas vidas, en algunas ocasiones, incluso de la actual.

Y él era consiente hasta hace unos segundos. Se encontraba confundido y feliz, hoy no sabe nada. Después de conocerlo todo, su mente no logrará aprender lo suficiente aunque viva cien años. No debe causar el hecho tristeza, pues, en este exacto momento, un burócrata pretende ayudarle. Se maneja con cautela, no arriesgará el trabajo que ha mantenido por siglos.

Así que, precisamente ahora, exactamente a diez años de su nacimiento, la pequeña vive un primer sueño borroso. A la orilla de un lago camina un pequeño gato blanco que semeja tener un guante café en la patita izquierda; el animal encuentra un libro, lo arrastra acercándolo al cuerpo de agua mientras, a lo lejos se escuchan saxofones. De pronto, las hojas se desprenden una a una volando hacía unas montañas blancas y el gato maúlla tristemente. El cruel sonido despierta a la niña que se reconforta descubriendo que todo era un sueño, para ella una pesadilla.

El burócrata cree que es el momento de revelar la verdad de la vida, incluso él que no se encuentra vivo halla el tema apasionante. Sale de su organizado escritorio caminando para no levantar ninguna sospecha y cierra la puerta de su oficina. Al paso de veinte años, lo ha intentado todo para despertar la conciencia de aquella mujer que vulgarmente desdeña sus propios sueños. Pero decide tomar medidas contundentes, debe hablar con claridad si es que busca resultados. En este preciso instante, en el memorable año dos mil seis, destruye la forma CK12T con folio Bx2.332-Vd., ella ahora puede soñar despierta.

El instante no podría ser más conveniente , pues las pesadillas que ha tenido no se acercan a la incertidumbre que vive hoy. El limbo en el que ahora se encuentra, ese espacio entre lo que es posible imaginar y lo que es, resulta un descanso para su mente.

Sueña con una diminuta oficina en la que encuentra a un delgado personaje rodeado de hojas y calculadoras. Sobre las paredes cuelgan diplomas con siglos de antigüedad. El amarillento señor la invita a tomar asiento.

— ¡Qué bien! Al fin puedo hablar contigo.

— ¿Conmigo?

— ¡Sí! Te tengo una propuesta única.

La joven asiente, pero parece no comprender.

— Tú no recuerdas que me conoces, pero alguna vez fuimos amigos y por eso me gustaría ayudarte. Tienes una vida poco interesante comparada con lo que has vivido y te ofrezco recobrar esos recuerdos para siempre, hasta tu muerte definitiva. La muchacha sigue perdida, aun pensando en la angustia que vivía antes de quedarse dormida, pero contesta mientras observa la brillante corbata del funcionario.

— ¿Y por qué yo?

El señor se echa a reír, levantándose para servir un café.

— Tú eres la única persona que conoce el secreto de la vida.

— Te juro que no sé.

— Claro que sabes, pero piensas que es algo muy complejo.

El hombre se distrae y escribe en una hoja reciclada, dobla el papel entregándoselo.

— Léelo. Lo encontré entre tus archivos. La respuesta al enigma de la vida.

La ojerosa chica obedece y suelta una carcajada al instante, con lágrimas risueñas en los ojos se reincorpora.

— Ésta no puede ser la respuesta, perdón, es ridículo. Sé que estoy en un sueño y prefiero irme.

— ¡Espera! — grita el burócrata — Arriesgué mi trabajo para platicar contigo, si sales ya no vas a soñar. No desperdicies la oportunidad.

— ¿Y qué debo hacer para recuperar mi memoria?

— Muy sencillo, debes morirte.

— ¿Me vas a matar?

— No. No soy un asesino… Digamos que vas a renunciar a tu vida.

En medio del caos del escritorio encuentra un fólder verde pistache del cual extrae una hoja.

— Sólo debes firmar aquí y automáticamente estarás muerta. Lo recordarás todo, comprenderás los confusos sueños que, me imagino, has tenido estos veinte años; podrás contarle al mundo el gran secreto. Tu otra opción es regresar a esta vida, no recordar nada y no volver a soñar hasta tu muerte, pues he roto tu forma CK12T.

Aunque la chica sabe que está despierta y a la vez soñando, todavía duda, la muerte retiembla como una oportunidad. Si decide morir, todo lo que la hacía sufrir también desaparecerá, regresará su memoria, recuperará sus secretos y los podría contar. Si decide seguir, solamente le quedará vivir como todos y habría perdido la capacidad de soñar.

Cansada de meditarlo, contesta.

— Disculpa, pero no creo que el mundo quiera saber la verdad y no soy capaz de robarle el misterio.

Se levanta descansada y, dando un último vistazo a la amontonada oficina, se dirige al aturdido burócrata:

— Si la respuesta a todo es lo que está escrito en este papel no se preocupe por mí… Creo que ahora entiendo algo… Por mis sueños tampoco hay problema, de cualquier modo, las pesadillas que tuve en la infancia me provocaron un insomnio irremediable.

FIN

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