EL FORNICADO

Se maravilló, se quedó prendada ante ella. Me dijo que era la polla más grande que había visto en su vida. Yo de antes tenía noticia de sus viajes, en expreso a lugares donde abundasen ejemplares de gran tamaño. Conocía también el gusto de ella por comentar los hallazgos y enfocar la conversación, hacia temas donde predominaba el deleite hacia sabores y texturas. Aunque tal montante ya se le demostraba, eficaz, en el único y constante babeo y vizqueo, y en la palabra pollón sibilante, colgando de los labios del monstruo.

El monstruo aulló en una escala propia de alguien más supuesto para un episodio apopléjico. Lo hizo aún antes de que comenzase la penetración. Así pues, cuando me llegué hasta su vagina, mi sorpresa fue el haberme encontrado con tanta desolación, ni gota, ni una gota. Y en aquel secarral le di al bamboleo mirando primero su cara y luego su culo. Me dijo que había sido el mejor polvo que le habían echado en la vida y que aunque era casi virgen, segura estaba de no existir quien lo mejorase.