Ser e Hinchar
A una hora de que arranque el mundial
Celia, la mujer de mi querido padrino, me preguntaba cada vez que me veía: “de que cuadro sos?”, y yo siempre respondia lo mismo: “de la selección”. Debía tener alrededor de 5 años. Hay muchísimas cosas de mi infancia que no recuerdo con precisión pero cuando escribo esto la estoy viendo a Celia. Y escuchándola — tenía una voz particular. “Todos somos de la selección”, contestaba ella, “yo te pregunto de que CUADRO sos”. “De la selección madrina”, le decía. En ese momento la buena de Celia René debería pensar que yo era medio idiota y dejaba de insistir. La misma situación se repetia con el carnicero, con un corredor en el negocio de mi papá, o con cualquier otro adulto de esos muchos que le tratan de sacar conversación a un niño por el lado del fútbol.
El tema de fondo es que ya de chiquito se me notaba una bache personal que me acompaña hasta hoy: no soy de ningún cuadro, ergo, debo uno de los principales requisitos para ser un verdadero macho alfa argentino.
Celia era de River, fanática. O tan fanática como puede ser una señora que miraba los goles los domingos a la noche en Fútbol de Primera. La cuestión es cuando cumplí 7 a Celia le empecé a decir que era de Boca, lo cual a esa altura era medianamente cierto. Mi tío Cacho había dedicado ciertos esfuerzos a mi adoctrinamiento y, sin ninguna otra influencia cercana, le salí barato: me sumé a la causa boquense sin que me tenga que regalar una camiseta o llevarme a la cancha jamás.
Gracias a Cacho empecé a disfrutar de tener por primera vez un club con el que identificarme. Tener una respuesta concluyente a la pregunta de Celia me hacía sentir seguro, más parte de lo que a todo el mundo le pasaba (y pasa) con el fútbol.
Pero con el tiempo mi fanatismo se fue apagando. Tuvo su clímax cuando lloré en la final de un torneo (apertura? clausura?) que Boca perdió con Newell’s en el 90 y pico y desde ahí nunca más fue lo mismo. No sé si por verme a mí mismo haciéndome mala sangre por los goles errados del Beto Carranza o qué, pero al entrar al secundario fui perdiendo el (poco) sentido de pertenencia que había comenzado a desarrollar avanzada mi niñez. Quizá porque me empezaba a interesar más la música que otra cosa. Tal vez porque veía que a las chicas le parecían medio gansos los que se la pasaban peleando por la pelotita — y a mí ya me gustaban las chicas. En todo caso lo que empezó a pasarme a los 13 se fue profundizando con los años. Me encanta jugar, puedo mirar algún que otro partido de los importantes, pero al día de hoy no sé bien qué decir cuando me hacen la pregunta de Celia. En general mi respuesta depende del interlocutor o de la situación. No siempre tengo ganas de dar esta explicación, o no siempre la tuve tan clara como hasta ahora que la escribo. En charlas al paso sigo diciendo que soy de Boca, sobre todo a los gringos, porque lo conocen y saca tema de conversación (“Caminitou, loved it!”). A otros les digo que soy de Quilmes, porque de hecho soy de Quilmes. El tema es que si mis amigos que son verdaderamente hinchas de Quilmes (de la cancha, de amargarse) me escucharan decir esto me colgarían.
Y acá viene el detalle que me llamó la atención. En castellano, o al menos entre las expresiones cotidianas que usamos los argentinos, el “ser de” es a la vez denominación de origen e indicativo de filiación. “Soy de Quilmes” puede implicar entonces “soy oriundo de la ciudad de Quilmes” y al mismo tiempo “soy hincha / simpatizante del Quilmes Atlético Club”. Esto no sucede, por ejemplo, en el inglés (“I am from Quilmes” e “I support / I am fan of Quilmes”).
La acepción argentina me parece más interesante en tanto más romántica. Imagino que “ser de” e “hinchar por” estuvieron históricamente vinculados, al menos hasta que los diferentes mercados (en este caso de espectáculos deportivos) se fueron interreleracionando de manera creciente. Sin ningún rigor histórico supongo que hace 100 años (cuando Quilmes, ciudad y club, ya existía) no había gente de Liverpool que fuese del Manchester City, cordobeses hinchas de Boca o, peor aún, chicos de 10 años que en Boedo se declarasen fanáticos del Barcelona. Hace unos años pensaba que era de país sin verdadera tradición futbolera que sus habitantes te dijeran “de aquí soy de Alianza Lima y en España del Real Madrid”. Y eso empezó a pasar un poco en todos lados, incluida la Argentina.
Me encanta el estoicismo del Athletic Bilbao, donde hoy como a lo largo de toda su historia sólo juegan vascos. Este approach romántico tiene un costo, o mejor dicho un techo. Les puede ir mejor o peor, pero rara vez le van a poder competir en serio al Madrid de jugadores importados. Pero qué lindo que es ver cuando un equipo como el Bilbao juega por alguna liga europea con, por ejemplo, el Spartak de Moscú. Ves las tribunas y sabés que no hay otra cosa que bilbaínos y moscovitas disfrutando un espectáculo no muy distinto a lo que (otra vez imagino) habrán sido las competencias entre ciudades en la antigua Grecia. La ida en Esparta y la revancha en Atenas.
Corrupción dirigencial aparte, me fascina ver el mismo nivel de “pureza” en el clásico Rosarino.
De todos modos se me hace que estos ejemplos son rarezas en un mundo que va para otro lado. Es el loco que viene leyendo Orwell en tapa dura en un vagón donde todos están enchufados a sus iphones.
Pero por suerte cada 4 años tenemos el mundial. El mundial que empieza en un rato y que me veo esperando y siguiendo con la misma emoción y ansiedad que cuando era chico. Yo, que no tengo cuadro, que soy casi un hermafrodita, deportiva y culturalmente hablando.
Lo organiza la FIFA, lo sé. Blatter y sus amigos toman champán de las tetas de chicas menores de edad mientras se divierten pegándole latigazos a animales en peligro de extinción que tienen enjaulados en sus oficinas de Ginebra. Transan con presidentes, multinacionales, prensa y clubes. Todo con la plata de los hinchas. Está claro. Están a punto de sacar una película contando su historia como si fuese Invictus, y la están haciendo con el desparpajo propio de una ONG que tiene mil millones de dólares en reservas. Grondona es el vice de la FIFA. Y el Quindimil de la AFA. Y el padrino del mal de todas las cosas feas. La levantó en pala con Videla, y con Alfonsín, y con Kirchner. Ganó un torneo de maldad organizado por la Confederación Internacional de Villanos Unidos (la ICUV, por sus siglas en inglés, con sede en Teherán). OK.
Pero desde hoy y hasta el 14 de Julio me hago el boludo. No me importa nada. De nada. Son 4 semanas cada 4 años donde absolutamente todos (bueno, no todos, pero durante el mundial me permito exagerar y generalizar, tampoco me importa) nos comemos las uñas esperando cada partido. Es el momento en que mi mujer se entera quién es Marcos Rojo. Cuando los grupos de amigos se juntan a comportarse como energúmenos frente a la tele, inclusive los que en la puta vida hojearon un Olé. Cuando las chicas también se juntan, y aunque muchas estén hablando de cualquier otra cosa, todas tienen un ojo en la pantalla. Cuando todos los pueblos son Bilbao, cada uno siguiendo a su Athletic (también sé que es el 2014 y que hay países que le pagan a jugadores y abogados para que juntos le encuentren la vuelta a la nacionalización deportiva, tampoco me importa tanto hoy).
Por qué desarrollo sentimientos de amor y admiración por un chico de 26 años que no sabe que existo? Por qué el orgullo que siento si yo no tengo ni tuve nada que ver con su genialidad? Por qué me genera algo especial cuando en Inglaterra veo como todos le tienen miedo a nuestra selección? Por qué la busqué a Valeria Lynch en Youtube hace unos días? Si yo no hice nada, si no soy el Tula, si ni siquiera soy de un cuadro?
No me gasto en pensar en todas estas cosas, también están entre las que no me importan. “To be from” y “to be a fan of” vuelven a ser lo mismo, aunque sea por un rato. Tengo 5 de nuevo.
Sí Celia, vuelve a jugar mi equipo.