Hacer fila.

Tres tipos de salsa, en lata, en botella y en cartón. Tomate triturado, con pulpa o albahaca. También vienen pre hechas, y las hay de todos los gustos: bolognesa, marinara, pomodoro, puttanesca, todo esto en la simple facilidad de abrir el paquete. La mesa servida, la vida resuelta. 
Una mano me atravieza la cara y agarra un envase de pomodoro. Lo miro, con rabia, mientras la deja caer sobre el changuito. Otro modo de desafiarme. Nota la mirada y se excusa con una sonrisa. Sin embargo sé que significa ese paquetito en el carro, un paso más en esta guerra silenciosa que seguimos perpetuando. Y ante un ataque, debe venir siempre un contra ataque, por lo que dejo caer una bolsa de papines norteños. Me mira, sorprendido y me pregunta si no es un poco caro, que cuánto están y le digo que no importa, que para algo trabajamos y ahí frunce el ceño, ese que tenía tan lisito, lo frunce y en mi triunfo recuerdo por qué dije lo que dije y un poco me arrepiento.

Marcos no trabaja hace ya un año, por a o por b no se da. Al principio los trabajos que le ofrecían no valían la pena, los sueldos eran chicos y él estaba para más. Después, la madre enfermó y alguien tenía que cuidarla, y ahora, simplemente, ya no sé.
 
Traduzco el tono, la pose de los hombros, la elección en un reproche. Comprar la prehecha no es ingenuo ni arbitrario, es una declaración sesgada. Mis salsas no le gustan, nunca están en el punto exacto ni en la consistencia que deberían. Siempre es un problema y ahora encontró la solución: una salsa ficticia, una salsa que no es salsa.

El changuito está lleno. Pienso cuánto de nuestro tiempo está en este chango anónimo, cuánto de ese tiempo que nos lleva ganar esa plata para luego venir y convertirla en víveres. Cosas para nuestra vida, para seguir viviéndola.

Marcos sigue caminando por el pasillo. Se para en la góndola de las galletitas. Sé que se está conteniendo la puteada, el chillido agudo. Me quedo agarrada del manubrio del chango, en la cola. Hacía adelante, una fila intacta de otros como yo.

Lo observo, porque sé lo que viene ahora. Lo sé hace años, el mismo circo una y otra vez. Primero las de agua, las pone abajo del brazo. El paquete que viene de a tres, precios cuidados. Después analiza cada uno de las opciones. Bajo en sodio, puede ser. Hmmm, grasas saturadas. Bañadas en azúcar, no, diabetes, tu familia tiene antecedentes. El ritual de las galletitas. Si pudiera, gritaría. De hecho tengo que contenerme, achicar el deseo de gritar, tan fuerte que del susto se le caerían los paquetes.
Me mira, buscando una opinión. Me muestra unas verdes; galletitas de arróz con sabor a crema y cebolla. Me río, con fuerza, y Marcos me mira sin entender. Se sonríe, mientras mira alrededor. — ¿Es un sí? — Me pregunta, y asiento con la cabeza. Que empeñados estamos en fingir cosas que no son. Cosas con sabor a otras. Que haga menos mal no significa que haga mejor, ¿no?. 
La fila avanza. Me había olvidado pero si, estamos en la fila. Eterna y constante. Marcos deja caer unas latitas de cerveza. Pienso que simplemente podríamos haber hecho la fila apenas entramos, y agarrar de las góndolas alrededor nuestro lo que necesitamos. ¿Aceitunas negras en almíbar? Si, al carrito. ¿Pickles? Ya fue. ¿Fruta seca acaramelada?, ¿qué estamos haciendo? Simpre haciendo fila. Uno atrás del otro. Me encuentro sola en una cola larga, tan pero tan extensa que no llego a ver dónde empieza.

Ya no veo a Marcos, que probablemente esté cuestionando que cerveza belga elegir, todas con sobreprecio y en envases demasiado pequeños. Se inclina sobre sí mismo, mira fijo las etiquetas, intentando leer los ingredientes, aunque no sabe belga, ni alemán y aún si fuera trilingue la letra es demasiado pequeña para ser leída. Se acaricia con dos dedos la barba, peinándose, mientras piensa. Hay una sola posibilidad, porque no puede pagar ambas y si pudiera tampoco tendría sentido que no haya riesgo. Si elige la incorrecta no se enteraría hasta la próxima visita al supermercado, o hasta que algún compañero de trabajo lo nombrara en esas reuniones que cada tanto hacen en dónde la jornada laboral se extiende al punto que la línea que separa trabajo y tiempo libre deja de existir. Y va a volver, con aliento a alcohol, se va a acostar al lado mío, abrazándome por la cintura. Voy a sentir sus brazos y me voy a encoger sobre mi misma, haciendo el menor ruido posible, porque ya me despertó pero él todavía no lo sabe. Se va a mecer sobre mi cuerpo, y no voy a saber si es por calentura de la carne, que lo llama, porque hace meses que no nos tocamos, que no nos sentimos, meses que nos saludamos con un piquito tieso, desnutrido- o puede que quizás sólo sea un estruendo corporal del cuerpo desorbitado.

Adelante hay un matrimonio mayor, aunque puede que sean también hermanos. De esos que sólo saben vivir de a dos, que no conocieron la independencia, que la familia lo es todo. Esa familia, no La familia. Ella se queja de la cola, que por qué no avanza, que el helado se derrite, pero hace cuánto que estamos acá y él ni intenta responder, no hace el esfuerzo de disimularlo, mastica una barra de chocolate como si nada lo interpelara, como si esa pregunta fuera retórica -y es probable que en el fondo fuera la intención inicial- sin embargo ella lo busca con la mirada en cada comentario, le pregunta si no sería mejor volver a dejar el helado en uno de esos freezers hasta que estén más cerca de la caja, o quizás, quejarse, si, eso, voy a pedir que llamen al gerente, esto no puede ser. Y él nada, casi como si habitaran dimensiones distintas y yo, desde acá, pudiera ver ambas al mismo tiempo, como en un enredo metafísico inexplicable, puedo verlas pero entre ellas no hay relación alguna, mismo espacio, dos meta-tiempos. Eso me pone triste, pienso qué cuáles son las chances de encontrar a otro que esté en tu mismo meta-tiempo, pero de verdad, ahí nomás sintiendo el mismo aire, exactamente el mismo que entra y sale de tu cuerpo.
El matrimonio incestuoso da unos pasos, lo que la mantiene a ella entretenida y deja de hablar. Él empuja el changuito con su panza, un leve envión hacia adelante y avanza los milimetros que ganamos. Miro mi universo en el carro de supermercado, la cerveza importada, la salsa en paquete metálico, los huevos, el pan, la fruta embolsada. Adelante, la fila. Eterna. 
Agarro la cartera, me la pongo en el hombro y miro algunas veces para atrás, como queriendo encontrar algo que me diga que mejor no, que más bien quedarse en la fila, que para qué. Pienso que Marcos va a acordarse en qué fila estábamos, que va a reconocer sus caprichos en ese changuito metálico ruidoso. Que va a pagar con la extensión de mi tarjeta.

Me paro frente a la puerta corrediza, dejo que abra despacio, que el aire me pegue en la cara y deshabilite el hermetismo.

Esto no puede ser la sustancia, me digo, y doy un paso afuera.

Salgo.