
El afecto se transforma en amor con la intervención del sexo y una máxima universal: cuánto menor sea la distancia entre dos moléculas, mayor es la atracción que se da entre los sentimientos de las almas.
Cuando Andrea Rabito llamó a Valentina Chiocchini por teléfono por primera vez tras su afortunado tropiezo, nunca hubiera llegado a pensar que la vida le permitiría disfrutar de un regreso en el tiempo, a gozar del amor adolescente que nunca tuvo, con besos interminables en cada esquina, paseando cogidos de la mano por Florencia, sonriendo a cada paso, con brillo en los ojos. Paraban en las cafeterías a hablar sin freno, para descansar de las interminables caminatas, a beber agua, con el hambre desaparecida, héticos de caricias y consuelo, hablando de los sentimientos recíprocos, con miradas ilusionadas, soñando nuevos futuros. Conforme se acerca la noche, la ansiedad inunda su cuerpo en leves gotas de deseo, una filtración que esperan rompa el fantasma omnipresente de la frigidez.
No hay palabras para empezar pero Valentina siempre recuerda el Evangelio de San Mateo, “Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti”. Andrea le coge la mano a Valentina con una mirada que transmite tranquilidad y seguridad.
— No tengas miedo. Deja que te lleve.
Se exploran, se tocan, se besan, se mordisquean. El cuerpo no tiene zonas predilectas. Cualquier punto puede darles placer, sólo hay que tentarlo de la manera adecuada. No es momento de magreos. El recital de jadeos inicia sus primeros compases. El reloj avanza a la velocidad de la luz mientras el placer se instala en el colchón.
Salen a la calle a refrescarse y a compartir otros momentos de felicidad. Suena la canción que ganó el Festival de San Remo en 1981, “Sarà perché ti amo”, y vuelven a besarse deseando lo imposible, que el tiempo no avance, mientras se tapan los rostros con un libro para que no les llamen la atención. Viven intensamente los momentos compartidos. Nada rompe el puente de pasión que sus miradas sostienen en todo momento. Valentina le habló del convento, cómo sucedió que su familia decidiera que fuese monja, de su hartazgo, de la falta de autoestima tras su marcha, del sentimiento de traición a la familia, a los deseos de sus padres, de la sensación de inutilidad y fracaso. Cuando Andrea le abrió sus entrañas le describió el pasado de maltrato psicológico sufrido durante su infancia y adolescencia hasta que marchó de casa de sus padres a Suiza, buscando liberarse del yugo de la rancia sociedad italiana y unos padres sin valores humanos que nunca supieron comprender sus sentimientos y sus inquietudes, que no asumían las diferencias que mostraba, todo bajo el paraguas de una sociedad machista, católica, antediluviana.
— Fue muy difícil para mí aceptar una persona en mi vida y en mi cama — narra Valentina con pudor — . El abuso sexual que sufrí a los ocho años se alojó en mi ser y seccionó las vías del placer y del amor carnales. Las sensaciones amargas de esas noches vienen cada día con la puesta de sol, acompañadas del miedo y de la falta de afecto. Te puedes imaginar que he tenido que aprender a despojarme de mis miedos, a olvidar que una caricia fuese dañina y reaccionar con un sobresalto, a decir “te quiero”, a dejarme abrazar y acoger las enseñanzas de mi amor, confiar en su entrega, liberarme de ataduras y prejuicios, a capitular ante el placer y disfrutar de los orgasmos, oleadas ocultas que invadían todo mi cuerpo y ser, de origen desconocido, placenteras, a veces con un punto de dolor inquietante.
— La conocí en una disco de Roma — gesticula una Andrea exaltada — . No me insistas en cuál de ellas porque ya no lo recuerdo. Ella es un sueño entre mis brazos. Para mí es la mujer. Cuando me adentro hacia el paraíso más hermoso, lo mejor es el viaje en sí. No tenemos prisa por llegar. No hay obligaciones, ni imposiciones. Todo es cariño y respeto. Disfrutamos como adolescentes liberadas, con la sabiduría y la experiencia de la edad. Sentimos que el tiempo avanza muy deprisa y no podemos reparar en la existencia robada. Nuestro deseo conjunto es compartir el máximo de vida posible juntas.
Ambas expresan unos sentimientos que superan todo tipo de inconvenientes y fronteras.
Tras verlas hablar un buen rato con la periodista, veo que se marchan del restaurante con una impetuosidad propia del sexo que desean perpetrar conjuntamente.
Estos humanos son unos ilusos. ¡Todo es pura química!
La dopamina las hizo enamorarse, sentirse atraídas y sus efectos duraron más allá de la primera etapa de su relación hasta que dejaron de sentir que las piernas les flaqueaban cuando se encontraban la una cerca de la otra.
Su deseo, en general no sólo el sexual, fue motivado por la testosterona. La hormona del macho es muy importante para avivar la relación entre ellas, insufla aire en el fuego que une el roce de sus cuerpos, las miradas lascivas, que recuerdan el placer del contacto de la piel, los escalofríos, sentir los pechos de la otra y las palpitaciones de los corazones. Cuando se llega al sexo, la norepinefrina aumenta su nivel y llega a desconectar el cerebro con las oleadas de calor y placer que se traspasan. También esas manos torpes iniciales que disculpan por la sensación de soledad enquistada en sus entrañas.
La saliva tiene un poder fundamental como vehículo hormonal. Es lo que tienen los besos apasionados que se puedan dar en las mucosas, sin que importe su situación geográfica.
Es cierto que debido a mi condición y mi naturaleza, todas las personas me gustan sin importar su sexo o su edad. Me encanta poder cubrirles la piel, las mucosas, llegar hasta lo más profundo de su ser.
Para ellas que han sufrido, vivir es acordarse de olvidar, pero resultará muy difícil que me ignoren después de causarles una enfermedad tan desvastadora.
El rojo es el color que me representa y celebro mi día el 1 de Diciembre.