Mis amigos son sagrados

El vecino de la casa de enfrente es una persona solitaria. Dicen que es por la cojera. Mi abuela dice que camina como una marioneta. Según cuentan, una gitana le maldijo y aunque se protegiera, una tarde veraniega un rayo le alcanzó.
Cuando regresó del Hospital, mi madre me hizo llevarle un pastel, aunque quería ir a jugar con mis amigos. Tras la atronadora llamada para el serio encargo, fui hacia su casa con mucho cuidado.
Llamé.
Insistí.
Justo cuando me volvía, escuché abrirse la puerta y cómo mis deseos volaban.
— Hola Manolito.
— Ejem… Buenas tardes. Mis padres le mandan esto con sus mejores deseos.
— ¡Muchas gracias! ¿Quieres pasar? ¿Quieres ver mis peces tropicales?
— …
— ¡Anda! ¡Pasa! Podrás contárselo a tus amigos.
— Gracias — . “Tenía que ser ahora” pensé.
Entré y mientras caminaba por un pasillo hacia el acuario, observé una puerta enrejada con candados que parecía una celda con algo dentro. No pregunté.
Al llegar, ví un pez con rayas como una cebra.
Justo en ese momento la luz se fue.
— No te preocupes. Han sido los plomos. Voy por una linterna.
— Vale.
Al ratito, escuché un murmullo. Algo rozaba los barrotes. Recordé que mi abuela habla de monstruos ignotos cuando desconoce lo que le causa pavor. El cojo no volvía. Me acerqué con cuidado, intentando ver la causa.
Una linterna temblona apareció por el pasillo, acercándose. Se paró delante de la puerta.
— ¡Atrás! — escuché.
Oí abrirse la puerta y la voz del cojo, flojita. Veía los reflejos de luz en los barrotes iluminando el pasillo.
Caminé hacia la puerta de la calle para irme a casa, cuando al pasar por la reja, casi cerrada, miré de reojo…
Hizo ruido al cerrar, puse uno de los candados y me marché despacio, mientras el cojo se desgañitaba insultándome.
Mis amigos son sagrados.