Una ciudad dispuesta a enamorar

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese, qué se yo, ¿viste?

Esa frase que fue acuñada en la célebre canción de Astor Piazzolla tiene mucho que contar sobre una ciudad que deslumbra día a día, no sólo por su belleza arquitectónica sino por la calidez de sus transeúntes e historia. La ciudad europea en Latinoamérica, es como muchos la llaman; pero es mucho más que una reminiscencia al viejo continente o el vestigio de una época (“Belle Époque”). Ninguna ciudad puede ser definida por lo que se ve, sino por lo que se percibe o se siente en su caminar.

Esta ciudad que creció y definió su identidad a comienzos del siglo pasado, luego de décadas trazadas de migraciones, consolidaciones político-territoriales y batallas sociales y étnicas, el progreso deslizó una bocanada de estabilidad y propulsión cultural.

En esa misma época, se edificó la emblemática ciudad como la conocemos, con la construcción de obras impactantes como el Teatro Colón, la Galería Güemes o el Palacio Barolo; mientras los Podestá interpretaban líneas del “Moreira”, un joven Gardel recitaba versos en Boedo y las olas migratorias pintaban La Boca al compás de un tango nostálgico.

Es que Buenos Aires es más que una pintura de Quinquela Martín de La Boca portuaria, el conventillo de la Paloma (Villa Crespo), el Art Nouveau de Recoleta, los teatros independientes de Boedo y Almagro, las marquesinas de Av Corrientes o las antigüedades de San Telmo. Es una ciudad viva que, día a día, cuenta su anhelo en el rostro de los barrios que la componen. Cada uno tiene una historia que contar, una librería de relatos únicos y como buenos lectores, debemos sumergirnos en sus palabras, adentrarnos en sus callejones, para escuchar al ritmo del 2x4, la melodía de Troilo y la verborragia de Borges.

Es una ciudad inmersa en su pasado, una conjunción de puntos de vistas, construida sobre pasiones y candombe. Es un corazón latiendo en un estadio con la misma fuerza que en su Plaza de Mayo. Es joven y apasionada, con firmes raíces latinas milenarias. Un poco loca, neurótica, nostálgica pero que brinda a cada caminante la oportunidad de enamorarse.

“Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan…”
Jorge Luis Borges

“El farolito de la calle en que nací 
fue centinela de mis promesas de amor, 
bajo su quieta lucecita yo la vi 
a mi pebeta luminosa como un sol.”

El farol fue la luz que alumbró las noches oscuras del siglo pasado. Debajo de él, se congregaban los jóvenes, se contaban hazañas y se enamoraban de sus “conquistas”. Es más, se dice que durante su destello, en filas de varones entusiasmados, nació el tango como cómplice de esa tenue luminosidad que invitaba a enredarse.

Hoy nosotros nos acercamos admirando su luz que simplemente acaricia la noche por la cantidad de pantallas luminosas. No lo hacemos para contar historias, sino tal vez para recordarlas y por un instante, revivir su memoria.
Desde Wimet, buscamos conectar a las personas a que vivan experiencias, que las relaten y quizás volvernos un “farolito”, testigos de sus propias vivencias.

Quizás algún nuevo tango, nazca de nuestro aporte.

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