El efecto bombillo (visto desde adentro)

O dicho de otra forma, de cómo aislarse del mundo por voluntad sin volverse loco o escritor en el intento.


Porque a final de cuentas la decisión de aislarse de todos y de todos llega natural, espontáneamente. Y por los motivos más variados como diferentes son las circunstancias que nos llevan a tomarla.

Y es que siendo sinceros, el volverse un ermitaño en la era en que ser social define cuánto ser humano sós es tan difícil como pasar desapercibido estando en el escenario al frente de un auditorio lleno gente.

Lo curioso no es tanto que aislarse nos aleja del resto sino que nos acerca a nosotros mismos al punto de que, en la certeza de la soledad auto-impuesta, terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Y es que a veces, las circunstancias, la vida, el destino o como querás llamarlo termina empujándote a dar ese paso. *Tarde o temprano*.

Y es que el aislamiento prolongado hace que la otra vida, la de afuera del bombillo, se vuelva borrosa y difícil de distinguir sino es viéndola desde lo que tus propios ojos te permite ver. Y hace que también se vuelvan borrosas las ideas, los ideales y los sueños. ¿Quién te va a decir que no a lo que sea que hagas si vos mismo sós juez y parte, verdugo y sentenciado?

¿Cerrado como un bombillo? Negarlo sería hipócrita. Pero es una realidad tan válida como lo que sea que nos empujó a cerrar el bombillo y pintar el vidrio de colores. De colores que sin querer queriendo opacan el brillo que la luz de adentro.