Expresión y presión

Van seis meses desde que no escribo una columna de baloncesto en fiba.com. Todas las semanas pienso en algo que escribir, saco la computadora, suelto dos o tres líneas en el teclado, me digo “Mmm, nah”, cierro la computadora y me muevo a otra cosa.

No es que hayan faltado temas sobre los que escribir: Guaros de Lara ganó el título de la DIRECTV Liga de las Américas 2016 en un marco histórico; las selecciones nacionales del continente anunciaron sus nuevos entrenadores (¡Eddie Casiano aún en contra de mi voluntad!) o el regreso de sus más grandes estrellas (¡Ginobiliii!); la federación nacional de mi país pasó por un proceso de reestructuración sin precedentes y eligió a su nueva Junta de Gobierno (enhorabuena); vi el mejor partido de baloncesto femenino en mi vida en el Sudamericano (Venezuela vs Argentina, ¿o no?); y la NBA una vez más está marcando tendencia de lo que seguro será el futuro del baloncesto mundial (claro, si es que algún otro equipo consigue a dos de los mejores tiradores de todos los tiempos).

Todos temas relevantes en el escenario del baloncesto internacional, con tela de donde cortar, argumentos para hacer y de los que debí haber escrito. Pero no lo hice, pasaron seis meses y nunca me senté a psicologizar el por qué.

En octubre del año pasado escribí sobre el Baloncesto Superior Nacional (liga profesional de Puerto Rico) en una columna que titulé Bye Bye BSN. Lo hice desde un punto de vista personal (es la liga que crecí viendo) y a consciencia de que tendría repercusión en el país dentro del cual me tocaría lidiar con personajes que defienden lo indefendible a toda costa.

Y efectivamente, la columna agarró fuego, se compartió a través de las redes sociales y me comenzaron a llegar mensajes de todas partes, en su inmensa mayoría expresando estar de acuerdo con lo que había escrito.

No pasó una una semana y “ring”, “ring”…los directivos de la liga llamaban a la oficina buscando hablar con mis superiores, tratando de ver como lograr que la columna desapareciera.

En la madrugada del sábado murió Muhammad Ali, el deportista más importante que jamás existió e inspiración en mi vida desde que tengo uso de razón. En mi casa el boxeo siempre fue deporte protagónico y Ali admirado hasta el hueso por sus hazañas dentro del cuadrilátero. Sin embargo, no fue hasta que crecí y entré a la adolescencia que entendí su verdadero peso más allá del deporte. Desde ese entonces, se convirtió en un modelo a seguir.

Estoy seguro que esto se ha publicado en cuchucientos artículos desde que fue anunciada su muerte, pero Ali nunca le tuvo miedo a expresarse y decir públicamente lo que sentía y creía correcto. En el pico de su carrera deportiva fue suspendido cuatro años por rehusarse a formar parte del ejercito de los Estados Unidos e ir a una guerra que no consideraba “suya”. Su grandeza, más allá del jab, potente mano derecha o defensa en el boxeo, radicó en que jamás renunció a su derecho de expresión.

Cuando la gente menciona a Michael Jordan como el más grande deportista de todos los tiempos, mi reacción inmediata es corregirlos y aclarar que es “el deportista más talentoso de todos los tiempos”. Nadie fue más importante que Ali.

Al leer sobre su muerte me puse a pensar en este asunto de no haber escrito en todo el año.

En aquel momento en el que sonaron los teléfonos de la oficina para pedir que se me llamara la atención por haber escrito la columna, uno de los que atendió fue Jenaro “Tuto” Marchand, quien más allá del baloncesto ha llevado la voz cantante de varias luchas en el país y que al ser abordado sobre mi escrito contestó: “tienes que entender que William, trabaje o no en FIBA, es puertorriqueño primero y este tema le compete. Está en todo su derecho de opinar”.

Tengo que admitir que no me sorprendió el llamado e intención, sino que me sirvió para confirmar lo que había escuchado era una metodología comúnmente empleada por estas personas. A mí nadie me llamó o escribió directamente (y todos tienen mi email, como mínimo). Me los crucé en actividades o en los pasillos de la oficina y como si nada. “¿A cuántos otros periodistas le habrán intentado coartar su derecho de expresión tras bastidores a través de presiones a sus superiores por un escrito o comentario público?”, pensé.

El tema no pasó del ciclo de atención del 2016 en el que nada dura más de 48 horas y todo el mundo a lo suyo. No le di mucha vuelta al asunto, seguí en lo mío y listo.

Ahora, seis meses después, me doy cuenta que a la larga tuvo su efecto y que hubo un proceso de acuclillamiento bajo el que intenté escribir sobre baloncesto en esta primera parte del año. No me salió. Escribir de esa manera no está dentro de mis habilidades.

Nos encontramos en un momento cultural de cero espacio a la crítica. Cualquier comentario negativo se convierte instantáneamente en una declaración de guerra y sin discusión al respecto. Ya sea en un escrito o en 140 caracteres, aquel que difiera en pensamiento y así lo exprese es el enemigo y hay que eliminarlo. La conversación pública, específicamente aquella en la que dos partes no estén de acuerdo, está en peligro de extinción sin vuelta atrás.

Bret Easton Ellis, cita al escritor Lee Siegel como un profeta que hace 16 años predijo:

“Sin embargo, todo en nuestra sociedad, saturada de imperativos económicos…nos dice que la única expresión cultural en la que debemos confiar es en aquella que nos da una gratificación instantánea.”

Ellis añade:

“Eso que Siegel notó en el ambiente cultural de hace 16 años ahora se ha convertido en LA cultura en la que existe una inhabilidad de aceptar puntos de vistas u opiniones distintas y en la que debe haber una opinión estándar que pertenezca solo al status quo corporativo.”

En mi país, la liga, a través de sus acciones poco a poco ha silenciado la conversación publica acerca del baloncesto profesional nacional. Esta práctica ha sido relegada a publicaciones oscuras en redes sociales por personas que prefieren esconder su identidad detrás del avatar de un huevo.

Esto habla de la inseguridad de nuestras instituciones que piensan que un tweet, comentario en Facebook o un escrito es capaz de derrumbarlo todo y que por tanto hay que destruir o invalidar cualquier publicación negativa de inmediato. Una pena, porque sin crítica no se puede crecer y sin capacidad de escuchar no se puede progresar. Vivir en una burbuja en donde todo lo que uno hace está bien, nunca es bueno. Eliminar la conversación pública no ayuda a una entidad sino que la desconecta poco a poco del público que la consume. No es casualidad que muchas de nuestras instituciones deportivas estén en una constante regresión al punto de encontrarse apoyadas por un nicho de público que ni pinta ni raspa en el consumo masivo del país. Se han acuartelado hasta la irrelevancia y vestido en una mezcla confusa entre autoritarios y Millenials adoctrinados al positivismo ciego.

Fue Easton Ellis el que también dijo:

“Cuando los Millennials son criticados por su contenido parecen derrumbarse en una espiral de vergüenza y automáticamente denominan a la persona que los criticó como un enemigo, un contrariano, un trol. Y entonces uno tiene que mirar a la generación que los crió, que les mimó y abrazó en elogios — en medallas de oro para todo el mundo y cuatro estrellas sólo por participar — y trató de protegerlos del lado oscuro de la vida, y a su vez creó una generación que parece estar muy segura y positiva de las cosas, pero que cuando la más mínima oscuridad entra en su ámbito se paralizan y son incapaces de procesarla”.

Eso es entendible, aunque intolerable, viniendo de un Millenial (persona de entre 20 y 35 años), no de una institución de 86 temporadas.

La próxima semana vuelvo a escribir columnas en FIBA, y un poco más adelante lanzaré oficialmente junto con algunos colegas la plataforma digital Bajo Criterio (tocando temas más allá del basket). En ambas la meta seguirá siendo el ser genuino y expresar con convicción aquello que sienta, sin faltar el respeto y buscando aportar a la conversación colectiva de lo que sea que termine abordando.

Hoy, que descanse en paz Muhammad Ali, el deportista más importante de todos los tiempos. Gracias por una vez más inspirarme a ser yo y a no hacer buche ante lo que creo incorrecto.

#RIPTheGreatest

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