Y aquí sigo.

Llegué a la CDMX un 19 de junio; con una maleta más llena de preguntas que de equipaje.

Desde siempre había querido vivir en la Roma, me preguntaba constantemente como era caminar en sus calles escuchando alguna canción cursi y melosa.

Yo tenía una lista “ideal” de cosas para mi nuevo hogar, muchos se rieron de mí: “Pides demasiado” decían.

Pero el destino (y mi familia), jugaron a mi favor; llegó un depa divino, una pequeña casita de hobbit con ventanales iluminados y pisos acogedores, localizado en la calle San Luis a 20 minutos de la oficina caminando. 
Un depa que se llenó de un amor familiar y un apoyo incondicional que hacía mucho necesitaba. 
Entre una sala prestada, muebles y teteras, en un solo día ya se sentía mi hogar.

Meses después; me tembló dos veces. Nunca antes había sentido un temblor. La primera no la esperaba, viví más una cama voladora estando sobria que sentir temor, y pasó. “¡Esto no pasa en mi rancho!” exclamaba.

La segunda, de alguna manera u otra ya la esperaba, llámenme bruja o loca pero algo me decía que no tardaría en sentir otro movimiento telúrico. 
Lo que no sabía, era lo que ese segundo provocaría en mí y lo rota que me podría dejar.

Piso 37 del edificio de Reforma Latino. 
La alarma no sonó, el escritorio comenzó a vibrar; de repente todos estaban de pie avanzando con pesados pasos a la zona de seguridad.

Parecieron más de 15 minutos aunque en realidad no fueron ni si quiera 4, fui de las últimas en salir al pasillo, pude sostenerme con una mano mientras grababa en IG stories con la otra. 
No lloré, no me asusté, nunca pensé que era el fin.

Todo fue muy confuso, regresa por tus cosas, ¿por qué hay estelas de polvo?, ¿en qué película nos metimos?, baja, hay que evacuar.

Sin señal caminé apresuradamente hacía mi hogar, no había tenido comunicación con mi roomie hacia unas horas, y no sabía si estaba bien.

Mientras avanzaba las conversaciones entre las marabuntas de gente se intensificaban…“un edificio en San Luis colapsó” “fue uno en la condesa” “fue toda una escuela.”

Todo seguía siendo confuso, y la señal no regresaba. 
El camino de 20 minutos en mi mente ya eran 40, “no hablé con mi papá” me repetía, “no sabe que estoy bien” y apretaba el paso.

Crucé la Zona Rosa y la Roma en mi camino habitual, pero esquivando lozas caídas de la fachadas, rodeando por calles cerradas, dando paso al ejercito de personas cargando desde dos botellas de un litro de agua hasta garrafones.

Llegué a la puerta de mi edificio, todo estaba bien. Las caras preocupadas de mis vecinos me dieron la bienvenida, y la señal regresó.

Dentro de mi departamento, solo se habían movido algunas cosas; pude hablar con mi roomie que estaba en un lugar seguro y con mi familia cercana y lejana, todos afortunadamente estaban bien. El resto de ese día es historia.

Estuvimos ayudando en el edificio de Amsterdam en la Condesa con mano cadena pasando piedras, llevamos agua, tortas, electrolitos. 
Las horas y días pasaron.
La confusión no se iba, el silencio imperaba, una tristeza absoluta invadía un estomago vacío y el corazón apachurrado.
Y seguía sin llorar.

Me tomó cerca de 5 días de insomnio y la ayuda de 3 gin tonics para darme cuenta de los pedazos rotos. 
Le marqué por teléfono a mi mamá y lloré, lloré como hacía muchos años no lo había hecho:

“Me sentí muy sola; tenía que hacerme la fuerte; nadie me abrazó; me siento muy culpable; no es justo lo que pasó; estoy muy triste.” le decía mientras las gordas lagrimas no dejaban de caer.

Es una realidad que nunca nadie te prepara para esta clase de situaciones, para todos los sentimientos que se revuelven en tu interior, para esos pedazos que caen y para esas nuevas estructuras emocionales que quedan. 
Necesité hablar, necesité ayuda, té de tila, y mucho amor.

A un mes del 19s aún lloro, le lloro a los edificios que veía al pasar y ahora no están, a las veladoras y a los centros de acopio, lloro cuando oigo el Cielito Lindo y el Himno Nacional. 
Pero también aprendí que muchas de esas lagrimas han sido de orgullo, de orgullo por el país en el que vivo, del recuerdo de miles de personas ofreciendo una mano, una cubeta, un vaso de agua. 
De ver el esfuerzo de muchos, tanto jóvenes como adultos, de los vecinos de la Roma-Condesa llenos de polvo levantando escombro.

Calle de Monterrey — 19 de septiembre 2017–15:00hrs

Después de lo sucedido he escuchado a muchos foráneos decir que “Ahora sí, ya me voy de aquí”.

Hoy cumplo 4 meses en la Ciudad, todos viviendo en el barrio de Roma Norte, en la bonita calle San Luis. 
Hoy menos que nunca me quiero ir, hoy me siento feliz de poder estar aquí.

No tengo duda que el universo nos pone a donde debemos estar, con las personas que debemos cruzar nuestro camino, y en las situaciones o “sacudidas” que sacaran lo mejor de nosotros.

Hoy lloremos, recordemos lo que pasamos y en lo que nos convertimos. 
Salgamos a la calle a sonreírle al vecino, y agradezcamos que estamos vivos. 
#PorMéxico