Discurso de Navidad de Pepe

Levantarse pronto es lo que tiene. Salir a pasear, ver las calles sin demasiada gente. Algunos habituales y vomitones de esos que aún no han entrado en casa. Un paseo agradable a una temperatura más que aceptable que, curiosamente, me lleva al bar de Paqui. Nada, es cuestión de costumbre estos últimos días. Por ver las puertas cerradas. Sólo por eso.

Pues el bar de Paqui está abierto. Las puertas abiertas invitan a entrar. El reguero de meados esquineros y los cuatro perros atados en la puerta quizás no tanto. Pero bueno, ya que estamos… qué más da para tomar un café. Que uno es adicto a esto de la cafeína en todas sus versiones. Incluso en la industrial del ingrediente X.

Entro, escojo mi taburete y acostumbro mi mirada al ambiente. Están los habituales. Saludo rápido y gritar un poco para pedir un café. De esos bien cargados. De esos que curan el sueño de días de dormir poco y cenar mucho. Por cierto, grito por Pepe. Bueno, me entero que se llama Pepe porque lo repite desde su altura inenarrable. Un Pepe que llena con sus voces el local. Un Pepe de sangre mezcla de calimocho y gintonic que exprime un gran monólogo sin demasiada coherencia pero con mucha afición.

Fuente: RTVE

Habla de las Navidades. Del discurso de alguien cuyo nacimiento (esa sangre de horchata de color lapislázuli) le permite ser mejor que otros. De esclavos y señores. De Corinas y Sofías. Y, como no, de Letizias, Urdangarines e infantas. Gran ímpetu en la palabra. Pepe como gran disertador de cuestiones banales y situaciones propias de países tercermundistas. Sangre que determina vida. Apellido que marca la diferencia en un país cuya máxima es la desigualdad más absoluta.

Dice que el rey estaba guapo. Que tiene buena planta. Que la Leti tiene un par de polvos. Un poco delgaducha pero de buena pasta. Que comparado con su padre este parece menos amante de amantes. Que se le ve más asentado. Que lo del lío que tuvo con el monegasco sólo eran malas lenguas. Coño, incluso habla de la Sartorius y su supuesto hijo de papel cuché. Un principe nacido para gobernar. Un príncipe, ya rey, que ha puesto los puntos sobre las íes. Reinado que se huele largo. Revolución monárquica para tener gobernados por decreto ley a una troupe de iletrados que ni tan sólo se acercan a los bares más allá de para ver fútbol. Que es un rey por pelotas. Pelotudo según uno, supuestamente argentino por el acento, que interviene para cortar a Pepe en su larga letanía.

Pepe habla de los grandes problemas del país. De los políticos que roban, de los mangantes que se hacen políticos, de las empresas que exprimen al máximo a sus trabajadores, de las empresas que no pagan impuestos, de los cantantes que entrullan, de los programas basura, de la independencia para justificar la falta de acción, de las hijas de fontaneros, del guapo, del feo y, como no, del malo de los hilillos. Que Pepe se está quedando muy a gusto. No sé si es café u otras sustancias líquidas pero éste acaba mal a partir del uno de enero con la ley mordaza. Que también habla de pasma y pasmados. De estructuras de estado. De bombonas de butano. Que por lo que se ve tiene conocidos en Teruel. En el pueblo de ese que hizo de butanero para la sede del PP. Miedo me da porque el alcohol empieza a desmontar un discurso que, hasta entonces, era más o menos coherente. Creo que toca apurar de un trago el café y largarse. Que este monta una Yihad para estas fiestas y no es plan. Que la barba ya la trae de serie.

Pago a Paqui y me voy por la puerta con el discurso de Pepe aún resonándome en la cabeza. A esperar el segundo envite con el colesterol. Algo propio de estas fechas. Algo, como el discurso del rey, establecido por una tradición que asumimos incluso que ya lleve unos cientos de años. Por cierto, algunos más que el nuevo rey.

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