El gilipollas 2.0

Maremágnum de peticiones de cárcel, incluso de muerte, para aquellos que en las redes sociales se han cachondeado del accidente del avión. Millones de firmas para conseguir que unos “gilipollas” vayan a la cárcel. Cárceles que, por desgracia, estarían saturadas (aún más de lo que lo están) si metiéramos ahí a todos los gilipollas que pululan por nuestro país.

Estamos americanizando el concepto de la libertad de expresión. Uno puede ser más o menos zafio pero, da la sensación que, más allá de las expresiones políticamente correctas en público, se pueda ser un auténtico bárbaro en pequeño comité. Coño, ¡que uno es gilipollas en público y en privado! Que uno ha asesinado de todas las formas posibles al árbitro que ha pitado un penalti en contra de su equipo. Que más barbarie lingüística que la que se da en partidos de fútbol infantil no la he visto ni oído en ningún lugar. Ni, tan sólo en esas redes sociales que parecen tanto lugares barriobajeros para algunos. Bueno, para algunos y algunas porque, lo de la boquita de mierda asociada a la condición de gilipollas, no tiene sexo. Ni sexo, ni edad ni, por mucho que algunos se piensen, estatus social. Que el gilipollas puede ser hombre, mujer, con pasta o sin ella. Que tan cafre puede ser el médico que opera a corazón abierto como el que no ha querido abrir un libro en su vida.

Estoy hasta los huevos de aquellos que se escandalizan por un tuit. Hasta más abajo de ciruelo de aquellos que van ejerciendo la función del pastor protestante de las películas. Que uno puede ser muy gilipollas por decir gilipolleces pero hay cosas peores. Bastante peores. Infinitamente peores.

No lo sé, creo que los gintonics -a falta de poder acudir al bar de Paqui- están haciendo demasiado efecto en mis dos últimas reflexiones. Reflexiones, discúlpenme ustedes, muy poco apropiadas para horario infantil. Horario que, en este país, siempre se respeta por parte de esas cadenas que ahora están poniendo a parir a los gilipollas de los tuits.

Por cierto, por mucho que las redes sociales expandan la viralidad del gilipollas, el mismo, por muy 2.0 que sea, sigue siendo un auténtico gilipollas.

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