Una historia de microeconomía

Debo reconocer que no tengo ni idea de las relaciones, a nivel económico, que puede establecerse entre el número de parados, prestaciones sociales, PIB y cantidad de personas que han comprado, en los últimos tiempos, el libro de Belén Esteban. No tengo la manera de correlacionar lo anterior ni, tan sólo la habilidad de predecir cuál va a ser la tendencia que va a guiar la economía planetaria en los próximos años. Sí, lo reconozco. No soy economista ni tertuliano de televisión.

Lo que sí que sé es contar pequeñas historias. Pequeñas historias de microeconomía doméstica. De aquella que afecta a las personas. De aquella que hace que, al margen de números globales, podamos hablar de cómo afectan ciertas cuestiones al bienestar de mis vecinos.

Fuente: http://www.valenciaplaza.com

Hoy hablaré de una fábrica, gestionada por una multinacional, que cerró hace un par de años en mi pueblo. Una fábrica que dejó a cientos de personas en la calle. Un cierre que contó con la oposición del pueblo. Miles de personas en la calle reivindicando que la misma no cerrara. Más aún cuando sabíamos del cierto que seguía habiendo margen de beneficios. Quizás no el mastodóntico que se esperaban pero beneficio al fin y al cabo. Un beneficio que para algunos parece ser que no era lo esperado. Porque, para algunas empresas (especialmente para aquellas más potentes) lo importante es maximizar beneficios. Y todos sabemos que el máximo beneficio se obtiene comprando a bajo precio, elaborando al menor precio posible y, como no, vendiéndolo al mejor postor. Por tanto, ¿dónde puede darse el ahorro en la empresa para maximizar beneficios cuando la compra de la materia primera y el precio de venta del producto viene dado por factores exógenos? Va, la respuesta es muy fácil. Sí, los beneficios se maximizan reduciendo costes de producción. Y, ¿cuál es el principal coste de producción? Sí, el salario de los empleados.

Por tanto, después de cerrar la empresa parece que nuestra historia de microeconomía básica y doméstica se haya acabado…

Pues no, ahora resulta que la multinacional va a vender la fábrica (sí, las instalaciones siguen estando) a otra multinacional. Una multinacional que, curiosamente, ya está planificando la próxima reapertura de la empresa. Una reapertura para fabricar lo mismo que antes pero con una diferencia sustancial… ahora que ya echaron a trabajadores que cobraban un sueldo decente toca contratar a mitad de precio. Sí, en dos años se multiplican beneficios. En dos años la primera empresa deslocaliza su producción, quedan el gerente con el de la empresa que va a adquirirla mientras juegan al golf en el precio y voilà… ya tenemos una empresa mucho más rentable que anteriormente al ofrecer un salario mínimo a sus nuevos trabajadores. Muy bonito todo. Si los profesionales cobraban 2000 euros al mes, ahora sólo van a cobrar 1000. Negocio redondo. Beneficio para los de siempre.

Da la sensación que el empleo, al igual que la materia, ni se crea ni se destruye… tan sólo se transforma. De empleo de calidad a empleo precario. Eso sí, con lo anterior los datos macroeconómicos quedan de un bonito que pa qué.