Ensayando el cambio de guardia en el centro de Volgogrado. Diciembre de 2012. Foto: Xavier Colás

Regreso a Stalingrado, la ratonera de Hitler

Cada 2 de febrero Rusia celebra el Día de la Gloria Militar / En esta fecha, en 1943, en depusieron las armas las últimas unidades alemanas de Stalingrado / La batalla duró 200 días, desde el 17 de julio de 1942 / Esta es la crónica de un viaje a esa ciudad heroica

Volgogrado es una ciudad llena de barro, recuerdos de la guerra e hijos de supervivientes ocupados a su vez en sobrevivir. Setenta años después de la gran batalla que hirió de muerte el avance de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la vieja Stalingrado ve apagarse una a una las vidas de los veteranos de aquella carnicería. El espíritu de resistencia sigue sin embargo muy presente. El viajero, ávido de recibir sobre el terreno alguna indicación acerca de por dónde o cómo atacaron los alemanes, puede encontrarse con una respuesta que revela un frenazo en el paso del tiempo: “¿Se refiere a los fascistas?”. Así habla el maestro de escuela, el taxista y el paseante ocioso. Los vecinos del centro se encogen de hombros cuando se les inquiere sobre restos de aquella batalla: “No quedó piedra sobre piedra, ¿no lo sabe usted?”. Sin embargo, la concienzuda reconstrucción de la ciudad que fue — y para muchos todavía sigue siendo — urbe ejemplar del socialismo ha impreso una marca soviética en las costuras de esta localidad que se extiende a lo largo del Volga. Tanto es así que el tiempo algunas veces parece haberse detenido en la avenida Lenin, que surca la ciudad de suroeste a noreste.

MAMAYEV KURGAN, LA COLINA TRÁGICA

Si hay un lugar en el que toda esa tragedia latente sale a la superficie es Mamayev Kurgan, una colina situada al norte del centro de la ciudad y que fue concebida hace siglos como enterramiento tártaro. Hoy, en la cima se alza Mat Rodina, la escultura de una mujer de 52 metros que simboliza a la madre patria llamando al pueblo ruso al sacrificio. Con su enorme espada en la mano y mirando hacia atrás, es la alegoría más clara de aquel combate que vivió en su ladera los primeros choques encarnizados entre alemanes y rusos.

En el Stalingrado feliz de antes de la guerra, las parejas y las familias pasaban algunas tardes haciendo picnic en este túmulo de hierba de más de 100 metros de altura. Pero en agosto de 1942 todo cambió. 350.000 soldados del ejército alemán y sus aliados, con 750 tanques, 8.000 piezas de artillería y 1.200 aviones alemanes se enfrentaron a 200.000 soldados soviéticos, con 350 aviones, 350 tanques y 8.000 piezas de artillería. Aquel montículo se convirtió en una pieza codiciada el 1 de septiembre, cuando Stalingrado estaba totalmente rodeado y había empezado a ceder por varios flancos. Al oeste estaban los alemanes y al este, a unos cientos de metros, cerraba el paso el Volga, que todavía no se había congelado pero que por orden de Stalin no se debía cruzar. Nadie podía huir: tampoco los civiles, pues el líder soviético pensó que sus soldados defenderían con menos determinación una ciudad vacía. La Orden 227 de julio de 1942 lo dejaba claro: “Ni shagu nasad”, ni un paso atrás.

El despiadado teniente general Vasili Chuikov, un héroe de la guerra civil rusa, situó su cuartel general en aquella colina y entendió que su única posibilidad ante el avance nazi era combatir al enemigo alemán dentro de la ciudad, donde los rusos tendrían más pericia y el apoyo de francotiradores que minarían la moral del invasor. “Pero esta colina era fundamental porque desde aquí arriba se domina todo”, explica Aleksei Sourz, un ruso que se acerca a depositar flores en la llama eterna del memorial que hay a los pies de la montaña. El lugar es rico en leyendas, “los de Hitler y los nuestros se disputaron esta montaña todo el rato, cambió de manos una decena de veces y hubo momentos en los que la tuvieron los dos bandos a la vez”, luchando por cada palmo de una tierra que no volvió a ser la misma. “Enterraron aquí mismo a los muertos y siguieron luchando, pero nuevas detonaciones los desenterraban. Tras la guerra era tal la concentración de pólvora y metal que no crecía la hierba”. Por la noche los perros no paran de ladrar por la ladera: “Es lógico, aquí hay una energía especial, hace años se hallaron dos nuevos esqueletos, uno con uniforme alemán y el otro del Ejército Rojo; estaban uno contra otro clavándose las bayonetas”, rememora Aleksei, quien nació en “la vieja Leningrado” (actual San Petersburgo) y perdió a su tío en Gran Guerra Patria, como los rusos llaman a la Segunda Guerra Mundial. No hay placas en honor a los soldados de la Wehrmacht, pero cerca hay un cementerio de combatientes alemanes cuyo coste corre a cargo de las autoridades germanas.

TSARITSIN, STALINGRADO, VOLGOGRADO…

Algunos habitantes, los más viejos, creen haber vivido en dos ciudades distintas. Una en blanco y negro, trágica, heroica y lastrada por las cicatrices de la guerra y la escasez llamada Stalingrado. Y otra en paz, llamada Volgogrado, moderna y oscilando entre la desestalinización de Jruschov y el estancamiento de Breznev, la ‘perestroika’ de Gorbachov y el ciclón inesperado del capitalismo que vino después. Pero hubo un tiempo en el que no hubo más que un modesto asentamiento junto al Volga de no más de 400 personas. En el siglo XVI se llamó Tsaritsin, que viene del tártaro ‘sari su’ (río amarillo). Cuando llegó la revolución bolchevique ya era un núcleo urbano importante y se sumó al bando de Lenin casi desde el primer momento. La Plaza Roja recuerda cómo rojos y blancos se disputaron durante años ese puerto clave y en 1925, ya asentado el Estado soviético, la ciudad pasó a llamarse Stalingrado en honor a la tenacidad de Stalin en su lucha en la guerra civil, que también se decidió en el Volga.

Stalingrado, ciudad de acero. Ése es el nombre que llevaba puesto cuando la Segunda Guerra Mundial la inmortalizó para siempre con su leyenda. Sin embargo, la desestalinización de 1961 otorgó al lugar su nombre actual: Volgogrado. Nikita Jruschov no quería el nombre de Stalin en el nudo industrial del Volga. La figura del líder soviético sigue levantando ampollas incluso en esta ciudad, considerada una de las más soviéticas del país. Hace unos años se barajó la idea de colocar una estatua de Roosevelt, Stalin y Churchill en plena calle pero las protestas obligaron a buscar otro emplazamiento.

El Partido Comunista ha abanderado una campaña para que la ciudad vuelva a llamarse Stalingrado. El pasado mes de noviembre empezaron a recoger firmas para presentar una iniciativa ciudadana que se discuta en el Parlamento. Hace 10 años se sondeó a los habitantes de la ciudad y la idea recibió el apoyo del 30%. “No creo que se logre, porque la camarilla de Vladimir Putin no permitirá que esto salga adelante”, explica el profesor Vladislav. Otro obstáculo es el paso del tiempo: cada vez quedan menos personas con el deseo de rescatar aquella época gloriosa, sencillamente porque no la vivieron y apenas oyeron hablar de ella en casa. Nastia, de quince años, frunce el ceño al escuchar la palabra Stalingrado: “Claro que conozco la iniciativa, pero no necesitamos tomar una decisión como esa”. ¿Por qué? Nastia responde con otra pregunta que provoca una sonrisa amarga en Vladislav: “¿Y para qué serviría eso, se puede saber?”.

El primer intento de retomar al glorioso nombre de Stalingrado se remonta al breve mandato de Chernenko en los años ochenta. El Gobierno ruso se encuentra cómodo en ese debate aunque pone cuidado en no figurar como patrocinador de la idea. De hecho, el propio Vladimir Putin se ha mostrado en contra de esta idea por la imagen de “vuelta al estalinismo” que proyectaría.

Sin embargo, Vladislav Isaev cree que no hay nada que esconder en la figura de Stalin. De hecho, es uno de los impulsores de la campaña lanzada a escala nacional este año para rehabilitar la figura del líder soviético: con el dinero que recaudaron en internet alquilaron espacios comerciales en el exterior de los autobuses de Volgogrado y otras ciudades para colocar enormes retratos del hombre que dirigió al país ante el ataque de los nazis. De cara al aniversario, prepararon un autobús con un retrato de Stalin adornado con la frase: “Traed de vuelta el nombre del ganador”. La iniciativa se topó con la agria polémica que suelen generar estos temas. Pero Isaev quiere llegar hasta el final.

CASA PAVLOV: CUATRO PAREDES SOSTENIENDO UN PAÍS.

A los vecinos de Volgogrado les gusta explicar que lo que aconteció en su ciudad fue una reproducción exacta de lo que le sucedió a Hitler en su invasión a Rusia: logró avances importantes, pero cada vez que tuvo al enemigo ruso acorralado tuvo que afrontar una fiereza inesperada que le impidió resolver. Si en Volgogrado no quedan apenas casas de antes de la guerra es por los intensos bombardeos de la Luftwaffe. Los aviones de la 4ª Flota Aérea realizaron un total de 1.600 incursiones en un día y lanzaron 1.000 toneladas de bombas. Había casi 600.000 habitantes en Stalingrado, y 40.000 resultaron muertos durante la primera semana de bombardeos. “Ellos no lo sabían, pero al derruir toda la ciudad crearon un escenario para una ‘guerra de ratas’ en la que los tanques se movían peor y los rusos tenían más experiencia”, asegura Vladislav Krivoshev, un profesor de historia que se ofrece para explicar una batalla que se libró “calle a calle, fusil o pistola en mano, entre cuerpos amontonados y ruinas en las que las balas rebotaban de manera infernal”.

Como prueba de ese ‘western helado’ que se desarrolló entre noviembre y enero se alza la conocida Casa Pavlov, un edificio de ladrillo rojo con todo el interior devorado por el combate que con su estampa fantasmagórica ofrece un recordatorio único en el centro de la ciudad, de espaldas al Volga. En septiembre de 1942, con los nazis avanzando hacia el río, los soviéticos se quedaban sin espacio que ceder y un comandante, Yakov Pavlov, defendió ese edificio durante más de un mes junto a un grupo de civiles que halló en el sótano. Hubo momentos en los que no eran más de doce, “pero aguantaron”, sentencia Oleg, un jubilado de Astrakán que repasa por las mañanas el histórico perímetro de ese vulgar edificio de cuatro pisos que fue defendido como si del mismísimo Kremlin se tratase. “Se defendió hasta el último hombre, hasta la última bala: los nazis tomaron países enteros en semanas, pero con Rusia no pudieron; y cuando aspiraron a esta ciudad también se les resistió y cuando tropezaron con esta casa, también se quedaron con las ganas”, resume el anciano calcando las orgullosas palabras de Chuikov que, al acabar la guerra, sentenció que habían muerto más alemanes intentando asaltar esta Casa Pavlov que en la toma de París.
“Nunca debieron intentar entrar aquí”, rumia Maxim, un estudiante. Solo la obstinación de Hitler por hacerse con la ciudad que llevaba el nombre de su contrincante explica semejante sacrificio de muertes para tomar una ciudad reducida a cascotes. En Stalingrado se libró otra guerra mundial paralela a la que Hitler y Stalin veían en los mapas de sus Estados mayores. Fue un duelo de francotiradores, ninguno tan famoso como Valsili Zaitsev, cuyo rifle con mira telescópica — que dio muerte a 200 alemanes — se puede ver en el museo que reconstruye la batalla. Pero también fue una riña sucia, con perros bomba adiestrados para meterse debajo de los tanques alemanes y batallones penales colocados tras el avance ruso dispuestos a abrir fuego contra cualquiera de sus compatriotas que se diese la vuelta. “No se puede juzgar a Stalin como persona, no puedo decir si fue bueno o malo, pero como historiador creo que muchos más rusos de los que murieron le deben la vida”, sentencia el profesor Vladislav sentado en un parque de un barrio de modestas viviendas. No muy lejos de ahí, en el barrio de Spartakovka, los jóvenes eran enviados al frente con un fusil para cada dos: el desarmado debía seguir a su compañero y empuñar su arma cuando éste cayese.
En todo caso es cierto que fue un impulso casi irracional lo que movió los combates callejeros. El único valor de la Casa Pavlov era tener cuatro plantas, lo que daba alguna ventaja para dominar los alrededores. El joven comandante descubrió que cuando los ‘panzer’ estaban a menos de 25 metros no podían inclinar el cañón para disparar al último piso, así que instaló allí las pocas piezas de artillería que le quedaban. De este modo destruyó doce blindados.

Si algo hizo cundir la desesperación fue el duro invierno ruso, con temperaturas de 25 grados bajo cero. Igor, el hijo de un combatiente, apunta que “los soldados alemanes duraban seis horas vivos en ese infierno”. Iban peor equipados y hallaron sus cuerpos petrificados y retorcidos en torno a restos de hogueras. Otros saltaban de la trinchera esperando una bala que acabase con el sufrimiento. La batalla mató, hirió o dejó cautivas a cerca de dos millones de personas entre los dos bandos.

La operación Urano lanzada por Stalin, que finalmente cercó a los alemanes en su propio asedio, fue una trampa mortal de hambre, frío y desesperación. Pero el busto del líder soviético, que hasta los setenta dominaba el paso del Volga, fue sustituido hace años por uno de Lenin, más acorde con la versión del Estado soviético que defiende el Kremlin.

UNIVERMAG: LA RENDICIÓN DE PAULUS

En una plaza de Volgogrado, el Café Central ofrece platos de varios continentes por menos de cuatro euros y los principales hoteles de la ciudad lucen a sus botones con sombrero en la puerta. Cuesta pensar que esa zona comercial fue herrumbre un día, pero el majestuoso cambio de guardia de la plaza da algunas pistas sobre lo que aconteció. En el vértice inferior está el embarcadero del Volga por el que llegó el goteo de suministros durante el asedio a los soviéticos. Y en un costado de la parte occidental están los grandes almacenes Univermag. El sótano de ese mercado, ahora semioculto por un nuevo Univermag más moderno, fue el sumidero por el que se fueron las últimas gotas de la combatividad alemana. Ya en enero de 1943, a semanas del final, el suelo congelado hacía imposible enterrar a los muertos. La ciudad entera olía a cadáver y los soldados alemanes ahora eran los cercados: sin pista de aterrizaje para los suministros, la mayoría estaban enfermos, hambrientos y deprimidos por la maniobra envolvente de los rusos. El sitio es venerado por ser el lugar de la rendición del general Paulus, tras haber sido ascendido a mariscal por Hitler y con sus fuerzas reducidas a 90.000 harapientos. En ese sótano sólo adornado por una esvástica en la puerta que daba al exterior se había refugiado con sus hombres: unos 3.000 heridos o enfermos de tifus o disentería. Atrás quedaban 76 días de asedio. Un museo reconstruye el lugar en el que se urdió la rendición a la luz de una vela.

Aquel momento fue el final del mayor choque entre ambos ejércitos. Hoy, mientras sigue el debate, la demografía hace su trabajo. “Cada vez queda menos gente que viese esa lucha, ese espíritu, aunque a todos nos lo han contado”, explica Alenka, una universitaria. Los periódicos calientan la celebración hablando de la “mala salud” de la gran estatua de Mat Ródina que podría caer por la humedad. Pero Volgogrado sabe que aunque su nombre sea demasiado nuevo y su estatua esté demasiado vieja, el eco húmedo y frío de esa guerra llegó para quedarse, como el Volga.

Para helar a los que se acerquen.

Ésta es una versión resumida del reportaje que hice en Volgogrado para la revista La Aventura de la Historia. Se publicó el 22/01/2013 en el número 172. Se puede adquirir aquí.