LA ESCUELA NO MATA LA CREATIVIDAD


Mi escuela está perdida si oponemos modelo y originalidad, imitación y creación, puesto que se propone conducir hacia la originalidad creadora gracias (también) a una apropiación de modelos” ~ Georges Snyders

El pedagogismo difundió la fe en el desarrollo espontáneo de las capacidades humanas, olvidando que la mente es un producto del lenguaje y éste es también el vehículo de la cultura cultivadora. El pedagogismo es un neologismo atribuido a Montaigne (1595) que de esta manera designaba las enseñanzas de Platón. Su inclusión en el lenguaje corriente es reciente (años 80) y especialmente peyorativa: conjunto de banalidades surgidas de la izquierda libertaria y del cristianismo social, que sitúan en el centro de la práctica educativa al niño y su respeto absoluto (infantocentrismo).

El infantocentrismo ha calado en el imaginario educativo, por eso adoptar hoy una posición de equilibrio que nos permita conjugar una pedagogía que tenga siempre una referencia en los derechos a la educación y a la infancia sin caer en él, no es sencillo (Gimeno, 2016). Y lidiar con aquellos que opinan erróneamente que desplazar del centro de la práctica docente al niño para situar el esfuerzo y el trabajo significa ser insensible a sus necesidades e intereses, tampoco.

Con el pretexto de convertir al niño en constructor de su propio conocimiento y en autor de su desarrollo, el pedagogismo desacredita a priori cualquier autoridad educativa y cualquier aportación cultural (de ahí su desprecio a los contenidos curriculares). Difunde una fe ciega en la espontaneidad, construyendo y divulgando la analogía del docente como jardinero que debe esperar a que el desarrollo y la creatividad surja de manera natural, sin obstaculizar ni exigir. No obstante, este relato que parece inofensivo, da la espalda a los verdaderos principios de la pedagogía: convocar una inteligencia y transmitir al individuo una cultura elaborada que le permita elevarse por encima de su condición, asumir y transformar el mundo que lo acoge (Meirieu, 2016).

El pedagogismo ignora por completo que el método, las herramientas, las actividades y la propia identidad de los centros educativos están determinados por qué enseñamos y qué aprenden los niños, es decir por los contenidos curriculares, principio que debería estructurar todo cambio e innovación educativa. Y sobre todo olvida que la creatividad se halla siempre relacionada con la vida de la inteligencia, exigiendo la formalización y estructuración de la cultura. No puede construirse en el vacío, es necesario adquirir un código simbólico para integrar y construir el conocimiento.

La creatividad ha de apoyarse de manera firme en espacios y recursos, en una investigación y reflexión de la práctica, en la mediación de un docente y en situaciones estructuradas. Y el desarrollo del pensamiento creativo o divergente es imposible con un currículo abarrotado que prioriza los contenidos PISA, plantillas inestables, programaciones mecánicas, clases hacinadas y falta de materiales y dinámicas de apoyo. Es una quimera sin políticas educativas que favorezcan la tarea al docente y a los centros educativos, sobre todo a aquellas escuelas situadas en entornos desfavorecidos, pues hace tiempo que sabemos gracias a la sociología, que son los contextos de desarrollo y crecimiento los que amplifican o limitan el desarrollo cognitivo y creativo del niño. De esta manera, apostarlo todo a un ‘don natural’ facilita que se desarrollen las desigualdades que pretendemos combatir. Querer imponer la espontaneidad sin reconocer la desigualdad que emerge de los factores situacionales es un riesgo demasiado elevado, un riesgo que acaba perjudicando a aquellos que más necesitan nuestro apoyo y atención.

En definitiva, si algo nos ha enseñado la historia de la educación, es el riesgo que corremos al privilegiar uno de los componentes de la relación pedagógica (en este caso el niño) en detrimento de los demás (el docente y el saber). No podemos dar la espalda al proyecto fundador de la pedagogía y a la especificidad de la escuela, y mucho menos construir nuevos mitos en el imaginario pedagógico colectivo que abren la puerta a discursos que limitan las oportunidades de aprendizaje y desarrollo cognitivo de los que parten en desventaja debido a sus condiciones socioculturales. Los niños necesitan escuela, necesitan apropiarse de un legado cultural que les permita comprender el mundo y actuar en él. Y para ello son indispensables contenidos culturales propios y fuertes que faciliten el desarrollo de su creatividad.

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