¡Ya cabrón, ya párale!
Le solté un puñetazo al pinche gordo, durante un instante olvidé lo que este cabrón había hecho por mi, como dice la banda, lo desconocí. El golpe sonó hueco, logré sorprenderlo, atiné exacto en el pómulo derecho, sudoroso. Tenía razón Danae cuando lo besó la misma zona la noche en que planeamos todo, dos privados en El Carrizal fueron suficientes para que Flavio encontrara la estrategia adecuada. Danae lo besó en el pómulo derecho, sudoroso.

Un extraño frío penetró en mi cuerpo, el puño del Nacho se hundió en mi panza, no me sacó el aire pero me hizo recapacitar. La cagaste güey, me repetía a mi mismo mientras Nacho me soltaba otro putazo en la barriga. Pasaron unos segundos y el Chui se unió a la madriza; ese culero me dio una patada por detrás, así era el Chui, traicionero como el mar. Pinches costeños me cagan. Entre Nacho y Chui me golpearon una y otra vez. Flavio no me puso un dedo encima, sólo sus pequeños ojos se clavaron en mi, sudoroso como siempre. Se acomodó su larga mata y dejó que estos dos cabrones me sobaran chingón. Tuve que salir corriendo.

Di la vuelta en la calle Bustamante, me dolía la cabeza, detrás de mi venía Horacio el hermano de Flavio dispuesto a todo, lo sabía, la había cagado. Unos minutos antes con ese puñetazo había firmado mi renuncia a la APPO y al mismo tiempo estaba firmando mi pasaporte al infierno. Me vino Lupe a la memoria, una enamorada mía que trabajaba en la zapatería Chelito, me dirigí hacía allá. La calle Colón parecía desierta, pasé por afuera del negocio que al igual que todos los demás estaba cerrado. Horacio no corría, como un lobo me seguía paciente. Doblé en Armenta y López, en cuanto di la vuelta eché a correr con todas mis fuerzas, esa calle siempre me ha traído suerte, ahí besé por primera vez, fue una noche que invité a Rosalía a dar la vuelta y como olvidar la Casa de Cuna donde sucedió. Miré hacia atrás. Horacio ya no venía tras de mi, me oculté unos instantes entre un camión y un vocho observando la calle, era un hecho, Horacio había dejado mi persecución para después. Me persigné en San Agustín y me eché a correr por Vicente Guerrero.

Se escuchaban detonaciones, a 200 metros, en la calle de Xicoténcatl pasó un contingente, no reconocí a nadie, la cabeza me dolía y no podía pensar con claridad. Sentí el impulso de unirme al movimiento pero ya no era mío, solo quería regresar a casa y tomar una coca helada. Las detonaciones se escuchaban más próximas, los gritos de la turba eran desesperados, cuando llegué a la esquina vi pasar a los compañeros, metiches, periodistas y ciudadanos que al igual que todos odiaban a Ulises y estaban ahí. El ruido de una moto se ahogó. ¡Pinche flaco súbete, ya se armo el desmadre! La moto Itálica de César se detenía a mi lado, ¿Qué pedo? ¡Súbete Flaco! Sin pensarlo me trepé a la tuneada y dejamos el centro atrás. Ya en la Av. Ferrocarril me sentía como en casa, Santa Lucía era mi barrio y el Motoratón lo sabía, le grité en la oreja que me dejara en calle Aldama pero sólo movió la cabeza, ni pedo, ya estaba en la moto. Un fuerte viento barrió la tierra sobre nosotros, más disparos, un camión de volteo casi nos arrolla, el Motoratón se las arregló para no caernos, el susto me aturdió unos instantes, seguimos al camión hasta encontrarnos en medio de otra revuelta. Frenó de repente. ¡Bájate Flaco! Ya se armaron los putazos -pinche Ulises-, las llaves de la tuneada cayeron de su mano, el llavero de los Jaguares de Chiapas caía al pavimento. Una bala alcanzó al Motoratón, que caía muerto en la banqueta. ¿Qué pedo? Miré al otro lado de la calle y me encontré con su ojo de vidrio. Después de inmortalizar mi mirada de espanto y sorpresa reposaba su encuadre sobre el cuerpo tendido de César, gritos y nuevas detonaciones lo hicieron avanzar, yo sólo quería llegar a casa y olvidarlo todo. Las llaves de los Jaguares de Chiapas quedaron en el suelo, el Motoratón seguía ahí, unos compañeros llegaron y lo cargaron, uno más agarró las llaves y se marchó, sólo alcancé a ver su espalda.

El rubio camarógrafo seguía al contingente, el camión de volteo se veía más adelante entre nubes de polvo y pólvora, gritos y mentadas; el escenario era el ideal para el fin del mundo. No sentía rabia por la muerte del Motoratón, habíamos jugado juntos alguna vez en las canchas del Rio 7. Era muy mal defensa y nunca ponía lana para las chelas. Se le conocía también como el veinte, dicen que siempre le ponía veinte varos de gas a la tuneada. Por instinto o estupidez seguí a la turba, el morbo es el motor del Apocalipsis, el fuera de borda de la genialidad torcida. Ya en la turba rebasamos al camión que nos servía como barricada, levanté una piedra del suelo y la arrojé con fuerza, pretendía alcanzar el cráneo de alguno de esos dos culeros de camisas rojas que echaban tiros contra nosotros, mi tiro falló, era flaco y torpe, decidí entonces alentar a los compañeros, gritaba consignas y animaba a los curiosos a participar de nuestro lado.

Más detonaciones y gritos, un ruco pasó a mi lado quejándose de un rozón de bala en la pierna, grité ¡llévenselo!. Sin quererlo daba instrucciones a la nada y la nada obedecía. Una señora gritaba: “el pueblo unido jamás será vencido”.

Un ruido seco ponchado provenía de uno de los neumáticos del volteo, los tiros de los adversarios afinaban puntería, nos refugiamos tras algunos postes, incapaces de regresar. El ojo de vidrio pasó a mi lado, sus cabellos rubios polvosos se adelantaban unos metros, en el aire se respiraba peligro, una bala impactaba en una barda a unos centímetros de la ventana por donde la señora gritaba sus consignas, ella no volvió a gritar, el miedo era una mordaza muy efectiva. Crucé la calle de un lado a otro. Mis compañeros encapuchados, algunos sin playera enfundados en mezclillas percudidas estaban armados sólo con valor, las piedras escaseaban; parecíamos bailar un macabro son tentando al destino.

Se escucharon dos detonaciones más, seguidas de otras cuatro, el diablo se estaba riendo, ojo de vidrio cayó al suelo. Gritaba. Crucé la calle para auxiliarlo, en medio de la calle sentí el plomo entrar a mi cuerpo, le dije al ojo de vidrio ¡estás bien! ¡estás bien!, y comencé a sentir frío.

Cuando Motoratón entró a su casa con la factura de la tuneada en la mano, su orgullosa sonrisa se desdibujó al ver el rostro de su madre. Con sus ojos llenos de lágrimas, le dijo mirando el llavero de los Jaguares de Chiapas: “Hijo mío, no hay necesidad de buscar la muerte en las calles de Oaxaca”.