Comparto.

Ventanas. Las miramos por doquier, no todas son vitrinas. El consumismo y el despilfarro que ocasiona el dinero ha desgastado el significado potente e inmaculado de estas rectangulares clásicas de vidrio.

Las ventanas son absolutamente abismales. Se puede incluso perderse en una de ellas. Reflejos infinitos, recuerdos, anhelos, suspiros, espejismos de hallazgos. Ventanas benditas que nos procuran valernos de nuestro “yo”, nos dan confianza de que aún somos, de que aún andamos por ahí, en otras cosas, pero andamos.

Amo las ventanas, son un portal dimensional. Sacuden la psiquis, el análisis es ipso facto. A través de una ventana se es posible volar con el pensamiento en fracción de segundos. Es por esto que en honor a una ventana, hace unos días logré ingresar a esa misma ventana, pero de forma abstracta, de forma sensorial, sin rozarla, simplemente de sentirla.

Jara es un pintor innato del barrio, un artista empírico que administra una tienda de souvenirs en donde a mucha honra; dedica una esquina al arte, su arte, al arte de otros amigos, plasmado en el óleo. Me impresionan de sobremanera sus ojos. Sus ojos internos. Los que habitan con ingeniería perfecta en su cabeza.

Jara es capaz de literalmente diseñar a perfección un cálido atardecer de playa con su pincel. Jara es seguro en elegir los colores adecuados para darle la mayor firmeza de realidad. Jara es un master es trazos, y sobre todo, tiene un doctorado en dedicarse a diariamente explotar su don. Jara es un tipo buenísima gente, súper serio. Se ríe de los chistes más sencillos de mi tata. No obstante, yo lo veo y él, no mira, el detalla.

Podría afirmar que la mitad de su pincel son sus ojos. Es como si portara en ellos una impresora 3D de última tecnología, en su pintura no existe error de dimensiones, de escala, todo es meramente proporcional. Se enfoca en la naturaleza costarricense. Uno se imaginaría un típico cuadro de una casa y el sol en el horizonte del mar. Sin embargo no es así, me devasta con ángulos incómodos, con técnicas asombrosas, como con fauna en situaciones en las que no precisamente están posando para inmortalizarlos ni en pintura ni mucho menos en foto.

Jara agrega líneas de colores primarios después de haber terminado su representativo de una orquídea o veranera dándome a entender que lo surreal y lo psicodélico despierta con lo hermoso que uno capta en lo tierno como en las mujeres, me colapsa con el movimiento por huracán que le imprime a una palmera en blanco y negro: comunicando su tremendo susto, especulación y tristeza por el paso de la tormenta tropical, o sencillamente detenerse a sellar el movimiento bucal y labial que realizan las cabezas de los congos al rugir a veces en las mañanas y a veces en las noches, como si reclamaran su territorio perdido por “otro tipo de monos parlanchines que manejan un vehículo sin saber manejar ni a donde van” (Hosman, 2017)

Lo que trato de decir realmente es que yo comparto, Jara; yo le comparto su cerebro, su pensar, su sentir. No, usted no es un extraterrestre por ser así, usted no es raro, usted no es un fracasado por no vender sus pinturas, usted permítame el halago, usted es una mente brillante en este siglo XXI perdido en el tiempo y el espacio, dedicado por los seres humanos a cosas superfluas de la sociedad y sus cursilerías. Vivan sus líneas, sus círculos, sus sombras, cada una de las expresiones faciales que desangró su ser en cada movimiento de muñeca, con cada pesito que invirtió en ir una vez más la tienda para montar un nuevo cuadro. Estoy seguro que al menos algunos turistas europeos sí comparten al igual que yo, que soy su prójimo, su vecino.

Y esto, que no soy un experto en óleo, solo sé, que yo le entiendo su idioma mental, no hace falta decirnos nada, él lo sabe y lo aprecia, yo paso todos los días a darle un aplauso con mi suspiro desde esa ventana.

J. Vqz

19/10/2017