Quien poco enseña, poco vende

El otro día publicaba S Moda un artículo que reflexionaba sobre la (no) aparición integral de la anatomía masculina en pantalla. Afirmaba que series y películas como The Leftlovers, Outlander o Shameless han promovido que este 2015 haya habido mayor cantidad de escenas de desnudos donde no solo se ven partes femeninas, también masculinas. Algo que es sin duda positivo para romper la discriminatoria hegemonía que tenemos las mujeres en este tipo de escenas.

No obstante, la cuestión reside en por qué censurar los desnudos integrales masculinos pero no los femeninos. Para entenderlo, conviene rescatar una frase de Jeffrey Schwartz, director del documental de la HBO Vito (sobre la vida de Vito Russo) en una entrevista para la revista Frontiers. Schwartz afirmaba que “es más una cuestión económica que de censura. No quieres apartar a la audiencia, y mientras se sienten perfectamente cómodos viendo una escena sexual con un desnudo femenino, hay una pequeña porción de población que no se sentará delante del televisor para ver lo mismo, con un hombre”.

Pero, ¿por qué? La justificación de un desnudo en pantalla es muchas veces el estímulo visual para atraer a más espectadores y vender más. Esto en una sociedad hipersexualizada no escandaliza a nadie pero, ¿por qué los cuerpos de las mujeres sirven mejor para este objetivo? O dicho de otra manera, ¿por qué el cuerpo de un hombre no sirve? No hay que olvidarse que esta realidad es una forma de discriminación hacia ellos también.

Justin Theroux en Leftovers

No hay respuesta lógica a estas preguntas, pero sea como sea, esta estrategia al parecer le ha gustado también a la industria de la moda que salvo excepciones, no desnuda a los hombres ni la mitad de lo que desnuda a las mujeres.

La fascinación de los diseñadores por el cuerpo femenino siempre ha existido. El problema está cuando al igual que en el cine, se diluye la frontera entre el arte y la economía. Y por desgracia, parece que vamos en esa dirección. Una sociedad en la que el dinero tiene un papel tan protagonista que la publicidad sexualizada se cuela como un instrumento imprescindible para conseguir más ventas.

En esta línea, últimamente no hay campaña que se precie en la que no podamos ver atisbos (y lo que no son atisbos) de la anatomía femenina. Ejemplos de ello son la campaña de Navidad de Burberry, protagonizada por Rosie Huntington-Whiteley y una bufanda -mientras su compañero, el cantante James Bay, estaba bien abrigado- o la campaña primavera/verano 2016 de Stuart Weitzman con Joan Smalls, Gigi Hadid, Lily Aldridge y unos pares de zapatos. Literalmente.

Rosie Huntington y James Bay / Fotos: Instagram (@burberry)

Las pasarelas por su parte hacen lo propio con estilismos que dejan poco a la imaginación en la versión femenina pero no así en la masculina. Saint Laurent, Alexander McQueen o Burberry son algunos ejemplos de ello. La pregunta es si detrás hay un verdadero motivo estético o solo se trata de ver qué diseñador acapara más flashes con sus propuestas. La duda de que alguna mujer encuentre una ocasión para ponerse cualquiera de esas prendas me lleva a decantarme por la segunda opción.

Desfiles de Alexander McQueen y Saint Laurent / Fotos: Harper’s Bazaar

Mientras tanto, se nos vende la idea de que la belleza es una cuestión de sobreexposición cuando no tiene por qué ser así. En cualquier caso, habrá que esperar para ver si el 2016 continúa o no con esta obsesión por los desnudos femeninos. Pero lo que es un hecho es que hoy, enseñar parece estar más de moda que nunca.

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