Atardeceres rojos en Gaza

Las puestas de sol son las postales más bellas de una Franja en la que apenas hay oportunidades de ocio

Los jóvenes más atrevidos desafían la gravedad desde los postes de un antiguo embarcadero que el mar engulló hace años. Se saben observados por ellas, que lanzan miradas furtivas, entre el obligado recato y el rubor aprendido, desde la terraza de un chiringuito coronado por un viejo barco pesquero, en el que parece que se respira algo de libertad.

Veo algunas chicas fumando una «shisha», la pipa de agua. Un camarero me confiesa que el local ha tenido que pagar alguna multa por dejarlas fumar. Por supuesto, en la zona para familias, en la que los pequeños no dejan de corretear. Hay otra área reservada sólo para hombres.

«A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos…» Los versos de Serrat resuenan cada tarde en mi mente en el momento en que esta desgastada Franja parece, por un instante, rebosante de vida. La brisa marina nos libera del bochorno y arrastra con él las penas y sinsabores de quienes no tienen un empleo, no saben cómo llegar a fin de mes o no alcanzan a imaginar un futuro, que aquí son la mayoría. Quienes tienen la suerte de trabajar apenas tienen vacaciones: «¿Para qué? ¿A dónde ir?», me dicen.

En este mar de atardeceres rojos, nuestro mar, se vierten cada día millones de litros de aguas residuales sin tratar. El color parduzco y verdoso del mar no deja lugar a dudas y la espesa brisa trae de vez en cuando el recuerdo en forma de hedor. Aun así, muchos críos saltan las olas opacas, con el peso de su ropa empapada. Pocas niñas y ninguna adolescente. No hay una ley que lo prohíba expresamente. No hace falta: la tradición manda y se ha hecho fuerte en esta tierra cerrada al mundo.

En la proa del viejo cascarón jóvenes y niñas se hacen «selfies». La clientela aprovecha para cargar sus móviles en los concurridos enchufes conectados al generador. Cuatro horas de electricidad en casa no dan para tanto. Tampoco animan al estudio o la lectura. Reconozco que se ha apoderado de mí, habituada a leer cada noche, la pereza que produce leer sujetando una linterna o con la tenue luz de una vela.

Once años de gobierno islamista han cerrado cines y teatros. Tampoco hay salas de exposiciones. Ni pubs ni bares nocturnos. Internet, la única ventana al mundo, tampoco funciona sin electricidad. Israel no permite que en Palestina haya conexión 3G o 4G (con datos), aduce que por seguridad, así que sólo cabe recurrir a la Wi-Fi de lugares como este bar-restaurante, a la orilla del mar.

En uno de los lugares con la mayor tasa de desempleo del mundo, apenas hay opciones para disfrutar o aprovechar el tiempo de ocio. En Gaza, el tiempo se mata, literalmente, como si los relojes se hubieran detenido. Sólo queda tomar un té con menta y deleitarse con las puestas de sol; ésas que las jovencitas aprovechan antes de que llegue su hora de volver a casa: no está bien visto que una chica salga sola por la noche.

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