Gaza, a pan y té
Hace ya unos minutos que dejamos atrás el asfalto. Jalonan el camino de arena chapas metálicas abolladas y oxidadas; muchas de ellas, antiguos tejados mordidos por la metralla o que saltaron por los aires con algún bombardeo.
Ramadan nos da la bienvenida. Hace apenas dos meses que él y su familia pueden dormir entre cuatro paredes y un techo, después de tres años malviviendo en una tienda hecha con plásticos y telas. Su casa no se la llevó la guerra: simplemente no tenían. La que tienen ahora, sin ningún mueble ni ornamento, se la ha construido una asociación benéfica.

Cuando el sol empieza a conceder una tregua, madre e hija empiezan a amasar en la cocina. A modo de manteles y trapos, utilizan retales de ropa vieja que la hija más pequeña, de dos años, rescata entre una pila de mantas.
Fuera, Ramadan enciende el horno con maderos de muebles rotos que ha encontrado por ahí. “Ofrecí vender un riñón, para poder construirnos una casa”, nos cuenta con una mirada amarga. Aquejado de varios problemas de salud, que le impiden mantenerse mucho tiempo en pie, no pide demasiado: “Si al menos tuviera un carro con un burro o un tuk-tuk, podría vender verduras en el mercado”.
La Franja de Gaza tiene una de las tasas de paro más altas del mundo: ronda el 45%.
Ramadan forma parte de esa realidad que se esconde tras una estadística y que sume cada día a cientos de miles de gazatíes en la frustración y la desesperación.
A mi pregunta “¿Qué necesitáis?”, todos los gazatíes me contestan lo mismo. No quieren caridad, no piden alimentos: necesitan tener un empleo para recuperar su dignidad.
Mientras, sus dos hijos varones, menores de 14 años, venden chicles y pañuelos en la calle. Con suerte, sacarán tres o cuatro euros en todo el día. “No es vida para ellos”, suspira la madre, mientras hornea decenas de panecillos. Haciendo gala de su hospitalidad, me ofrece el primero que saca. Aún humeante, lo paladeo y bebo un sorbo del té que me han preparado.
“Pan y té. Si los vecinos no nos dan nada que comer, eso es lo único que podemos darles a nuestros hijos”, me dice Ramadan. A mí me sabe a gloria; a ellos, a pura supervivencia.