Gaza necesita luz

Tres años después de narrar la ofensiva israelí más sangrienta y dos después de que TVE me retirara de la corresponsalía, he vuelto a esta estrecha Franja de arena que tanto me marcó. En la vida uno puede rendirse y lamentarse por lo que no tiene o mantenerse firme y luchar contra viento y marea por aquello en lo que uno cree. A esa firmeza o constancia en Palestina la llaman “sumud”. Ésa es una de las lecciones que aprendí aquí.
Gaza necesita luz. No lo digo yo; lo dicen todos y cada uno de los gazatíes con los que me encuentro. Cada casa de la Franja tiene, como mucho, tres o cuatro horas de suministro eléctrico al día, que muchas veces llega de madrugada cuando menos se la necesita. No hay con qué combatir el bochorno (27 grados de mínima con un alto grado de humedad); el frigorífico se convierte en una despensa; la linterna y velas, en un objeto imprescindible, siempre a mano; el aire acondicionado (quien lo tiene), en un elemento decorativo…
Cuando vuelve la luz, cada hogar se convierte en un hormiguero, en el que todos se apresuran a poner a cargar baterías, móviles u ordenadores; se meten las botellas de agua en el congelador, para ver si aguantan frías hasta el día siguiente; se pone una lavadora o se aprovecha para hacer la última chapuza; por un momento, se vuelve a disponer de Internet y se busca la conexión con el mundo exterior, ése que queda tan lejos tras más de diez años de bloqueo.
Sin electricidad, los negocios funcionan a medio gas, echando mano de generadores que elevan aún más el nivel de ruido en las calles de Gaza. Cada litro de combustible para alimentar el generador vale unos dos dólares, así que muchos comercios ni siquiera se lo pueden permitir.
La última ofensiva militar israelí contra Gaza arrasó su tejido industrial y bombardeó fuentes de suministros esenciales, como la única central eléctrica de la Franja o depósitos de agua. En un lugar en el que el paro supera el 40% y entre la juventud alcanza el 60%, la guerra también arruinó su futuro: nadie quiere invertir en un lugar sitiado, que no puede comerciar libremente y que puede quedar arrasado cada pocos años.

Después de unos días en Gaza, anoche también me vi saltando de la cama para poner una lavadora; poniendo a cargar el móvil, el iPad y el ordenador; metiendo agua en el congelador y colocando la fruta en la despensa-nevera. Y pensé: los habitantes de Gaza llevan viviendo así más de diez años. No es justo. Y lo peor: llevan demasiado tiempo viendo cómo sus condiciones de vida son cada vez peores. La falta de libertad los asfixia, la falta de suministro eléctrico los condena a una vida miserable, y la falta de esperanza, de un futuro, está apagando poco a poco sus sueños, sus ilusiones, sus ganas de vivir. Gaza necesita luz… luz al final del túnel.