El libro negro de los tiranos

La vida secreta de J.L. Borges

Mi maestro coleccionaba libros. Vivía de su trueque. Amaba a los libros sin apego. Todos estaban a la venta siempre y cuando él los hubiese ya leído. No requería biblioteca física pues padecía de una memoria prodigiosa. Así los coleccionaba. En su último día me contó a cerca de su colección secreta, con la cual jamás partiría.

Tal biblioteca imposible permanece aún oculta. Mi maestro confesó que albergaba la colección más grande de libros que debieron ser escritos, pero que nunca lo fueron, en América Latina. Me encargó completar su colección, a la cual aseguraba le faltaba sólo un ejemplar; el último libro de Borges. Me lo encargó pues mi maestro odiaba a Borges tanto como yo a las arañas. Borges siendo una especie de Ariadna que libera a la vez que atrapa, uniéndonos así en propósito.

Su figura producía siempre dudosa interpretación y estas ambigüedades agobiaron a mi maestro. Borges, genio que nunca demostró real fibra política, fue un traidor para mi maestro quien luchó siempre por la independencia de su Isla. Le dije que tal vez algo ocultaba aquel escritor y nos despedimos por última vez. No logré encontrar el libro mientras mi maestro vivía.

Yace ahora en mi regazo como estuvo sobre el regazo de Borges muerto, en un cuarto secreto detrás de un espejo al fondo de un pasillo en una quinta anónima de la calle Gaona, Buenos Aires. El cadáver escueto permanecía rodeado de mapas y monitores. Borges no murió ciego sino de viejo. En ese cuarto llegó a monitorear toda la actividad política de Latinoamérica; estratega de una organización que luchaba en secreto. A su lado leí aquel cuaderno de cuero de vaca.

El puesto que ocupaba, aprendí, se designaba Aleph. Aquellas páginas contenían la historia de todas las ejecuciones de los mil tiranos de nuestra tierra. La última línea del libro negro de los tiranos apuntaba ya a un tal Muñoz de Puerto Rico. Mi maestro hubiese sonreído.

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