La cuarentena

There’s a sickness…

No recuerdo quien me dijo, niño, no abras las ventanas. Desde entonces no me he atrevido a hacerlo como tampoco me he atrevido a salir por la puerta. Sé que afuera el mundo sigue. Escucho los carros, el bullicio de los borrachos. El hermetismo con el que he sellado las ventanas no permite la entrada de luz. Extraño es el reloj con el que mido el tiempo. Por el bullicio de los borrachos sé que es noche. Por el día sudo. Voy entendiendo que es una curiosidad morbosa la medida exacta de las horas; el tiempo que es el preguntar constante por el final de las cosas. Ya van dos semanas y la comida está acabándose.

En acto de rebeldía he comenzado a dormir empapado de sudor. Llegué a la conclusión que hay días más reales que otros. Esta ceguera mía me ha abierto los ojos ante la realidad que llevamos sobre los hombros; caprichosa, a veces gorda, a veces ligera. Hay días en los que sudo más que otros.

El bullicio de los borrachos me levantó de un sueño a medio cuajar. Lo he olvidado. Quiero unirme en la peregrinación al bar de la esquina. Me abstengo. Perdí todos mis vicios en los primeros seis meses. Luego de dos años ya ni la biología me tiene exigencias. He inferido que el ser animal debe ser una especie de vicio. Aquí en mi cuarto me he vuelto humano. El primero desde Adán y Eva, quienes fueron humanos mientras no nombraron animal alguno. Se nos olvidó que nombrar contamina. Yo me he aislado en la oscuridad, partiendo de la hipótesis que las cosas se nombran por la forma que llevan. Como no he podido cortarme la lengua ni olvidar el lenguaje, olvidaré las caras con las que se reviste el mundo. Dará lo mismo al final, cosas sin nombre y nombres sin cosas.

Cuando comencé a sudar, abrí la puerta y me eché a andar.

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