El boicot y las deportaciones: No queremos visitar Israel, queremos volver a Palestina

Cuando Roger Waters -el mítico líder de Pink Floyd- visitó Palestina, no lo hizo por glamour. Fuera de una pose de rockstar, el músico conoció campos de refugiados y fue testigo de la realidad que viven millones de palestinos bajo ocupación. Lejos de firmar autógrafos en alguna tienda de discos, el creador de The Wall tomó un spray con pintura roja y escribió sobre el hormigón: “No al control del pensamiento”.

El vergonzoso muro de 8 metros de alto que Israel construyó para separar a los palestinos, y de paso fijar una frontera unilateral que se instala como símbolo indiscutible del apartheid, exhibía así la firma de Roger Waters en medio de grafitis y pinturas de protesta. Desde entonces, el británico se ha convertido en la cara más visible de la campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel (BDS, por sus siglas en inglés), instando a cada artista que agenda un concierto en Israel o en Palestina Ocupada a desistir como un acto de rechazo explícito al actuar del Estado sionista.

¿Qué es el BDS? Una alternativa no violenta que busca terminar con las políticas opresoras que Israel implementa en Palestina desde 1948. Luego de casi siete décadas, se busca poner fin a la ocupación, colonización y apartheid. No es una campaña contra ciudadanos y ciudadanas israelíes. Mucho menos contra los judíos del mundo, pues muchos de ellos se han sumado al BDS, incluso dentro de Israel. Por el contrario, la campaña está dirigida contra las instituciones que apoyan y financian al régimen. Es un compromiso ético que personas y estados pueden asumir.

¿Cómo se aplica? Ejerciendo boicot en diferentes ámbitos: comercial, académico, cultural, deportivo, sindical e institucional. A nivel de desinversiones apunta a los negocios con empresas israelíes que se benefician de la violación de los derechos de los palestinos. Y por último, las sanciones son la manera que la comunidad internacional aplica para castigar a los Estados que amenazan la paz y seguridad del mundo.

¿Funciona? Así lo demostró el fin del régimen de apartheid sudafricano donde la mayoría de población negra sufría la segregación racista impuesta por la minoría blanca. Es la esperanza que queda para el pueblo palestino luego de años de negociaciones, acuerdos de paz y hojas de ruta que solo han servido para acumular fotografías oficiales entre burócratas, muy simbólicas y poco realistas. Es una manera de resistir desde la dignidad sin disparar una sola bala, pero apuntando desde la razón para que los israelíes sientan la responsabilidad de asumir su ciudadanía y generar cambios políticos que pongan fin a tantos años de limpieza étnica.

Si bien, en momentos como este no ocupa las portadas de los periódicos, cada tanto lo que ocurre en la llamada Tierra Santa satura nuestras redes sociales con virales que muestran cómo el ejército de Netanyahu bombardea la bloqueada Franja de Gaza, y en 30 días y 30 noches 1500 personas son asesinadas en la ciudad más densamente poblada del mundo. Entonces volvemos a recordar que Palestina existe y salimos a las calles y llevamos banderas con el rojo, blanco, verde y negro; pedimos fin a la ocupación, gritamos “Israel asesino”, para luego volver a nuestras casas, doblar las banderas y guardarlas en el fondo del clóset hasta que las redes sociales nos espanten nuevamente con imágenes de niños y niñas muertas. O Facebook nos proponga un filtro para la foto de perfil que por un tiempo tiña nuestra vanidad de solidaridad virtual.

Por eso el BDS es tan importante. Es una forma de hacer algo concreto en lo cotidiano. Es dejar de consumir una marca o cancelar la ida a un concierto, para que la solidaridad se traduzca en acción. Es decidir cortar el intercambio estudiantil entre tu universidad y la Universidad de Tel Aviv. Es sorprender con banderas palestinas en un partido de básquetbol donde juega la selección israelí para recordarles que los crímenes del Estado al que representan no pasan inadvertidos. Es repetir en cada compra, en cada gesto y en cada lienzo que la impunidad nunca es eterna. Y eso, Israel lo sabe, pues no sólo ha significado pérdidas millonarias para sus empresas, sino que han sido innumerables las puertas que se han cerrado como medida de presión. Después de todo, a nadie le gusta ser apuntado con el dedo y recibir el repudio traducido en muchos idiomas.

Y el miedo de Israel es tan grande que en marzo recién pasado el Knesset, su parlamento, aprobó una ley que prohíbe la entrada a cualquier persona que participe públicamente del BDS, sea parte de alguna organización afín o haya difundido en redes sociales su apoyo a la campaña. El problema radica en que Palestina no tiene soberanía sobre ninguna de sus fronteras. Es un territorio fragmentado y bloqueado por puestos de control que para ir de un pueblo a otro o a un país vecino, debe esperar el beneplácito de la potencia ocupante para poder desplazarse.

Entonces aparecen las listas negras. Cualquier persona natural u organización que exprese su solidaridad con Palestina se convierte en enemigo declarado por atreverse a criticar a un país que se autodefine como “la única democracia de Medio Oriente”. Son interminables los ejemplos que ponen en evidencia la prepotencia y desfachatez con que actúa Israel, como cuando le negó el ingreso a Noam Chomsky, intelectual que ha evidenciado los abusos de las autoridades israelíes. De nada importó su nacionalidad estadounidense o su origen judío, pues fue impedido de asistir a una universidad palestina donde debía dictar una charla. Otra víctima de censura israelí fue el piloto de la línea aérea española Iberia, quien dijo “bienvenidos a Palestina” antes de aterrizar en Tel Aviv. El ministerio israelí de Exteriores pidió de inmediato una sanción, por su atrevimiento al reconocer a un pueblo. Caso más cercano resulta el lobby que realizó la comunidad sionista de Chile para que Palestino- club deportivo fundado en 1920, mucho antes de que se fundara el Estado de Israel- fuera multado y obligado a retirar el mapa de su camiseta histórica. Algo similar a lo sufrido por el Celtic, cuando los hinchas del equipo escocés enarbolaron banderas palestinas como protesta pacífica ante su rival, Hapoel Be’er Sheva, en un partido de las eliminatorias de la Champions, en agosto de 2016, lo que significó que la UEFA les cobrara una multa de 10 mil euros

En esa lista interminable de represalias por asumir una posición ante un asunto de Derechos Humanos y autodeterminación, se leen también los nombres de muchos chilenos y chilenas que han sido deportados por Israel.

Mauricio Abu-Ghosh, ex presidente de la Federación Palestina de Chile, viajaba en 2012 junto a una delegación de su comunidad, la más grande fuera del Mundo Árabe. Sin embargo, fue interrogado y deportado por las autoridades israelíes. Nadia Silhi, abogada y activista por Palestina, fue retenida por más de 10 horas, acusada de mentir sin ninguna prueba en su contra y expulsada a Jordania, luego de intentar ingresar por el puente Sheikh Hussein. Sometidos a tratos vejatorios, encerrados en una habitación, soportando horas de hostigamiento, siendo revisados sin ningún respeto a la intimidad, fueron deportados pasando por alto los acuerdos bilaterales que Chile ha suscrito con Israel en temas migratorios que exigen reciprocidad. No me es difícil imaginar lo que sintieron, pues yo misma tuve que pasar más de 15 horas en esas condiciones difíciles de olvidar y que quedaron para siempre estampadas en un pasaporte donde se lee en rojo: entrada denegada.

El procedimiento casi siempre es el mismo. Acusaciones falsas, conexiones dignas de una película de ciencia ficción y, por último, la más irrisoria de las excusas: “Usted representa un peligro para la seguridad interna del Estado de Israel”.

Resulta interesante preguntarnos por qué no se les aplica el mismo criterio a ciudadanos israelíes que ingresan sin mayores inconvenientes a nuestro país. O también podríamos preguntarle a nuestra Cancillería por qué no hubo reacciones tan enérgicas como las que vimos cuando Cuba le denegó la entrada a la ciudadana Mariana Aylwin ¿o acaso hay ciudadanos de primera y segunda categoría?

Este lunes 10 de abril Israel estrenó su nueva ley contra Anuar Majluf, actual director ejecutivo de la Federación Palestina de Chile. Majluf iba liderando una delegación de chilenos que viajaron para conocer la patria de sus ancestros. Resulta curioso que The Jerusalem Post publicó un artìculo al poco tiempo de confirmarse la deportación, en la que incluye la declaración del Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Gilad Erdan, lo que hace concluir que tuvieron el tiempo para preparar su ofensiva comunicacional, tal como pasó con la expulsión de Abu-Ghosh.

Al igual que en todos los casos de deportados, la negación de entrada se aplica por 5 años. Con la nueva ley todo se vuelve incierto, pues como me dijo la oficial que me negó la visa: “aquí el derecho internacional no existe. Nosotros hacemos las leyes”. Y en esa lógica, la Cancillería israelí envió a todas sus embajadas una circular en la que advierte lo que le puede pasar a alguien que apoye el BDS y tenga pensado visitar Israel.

Pero el Estado sionista no ha entendido algo fundamental. No queremos visitar Israel. Queremos volver a Palestina.

*Publicado en http://noesnalaferia.cl/geopolitica/sobre-el-boicot-y-las-deportaciones-no-queremos-visitar-israel-queremos-volver-a-palestina/