Ástur, el astuto

Ésta es la historia de un guardián de bestias salvajes que vivía en una tierra muy lejana. Le gustaba hacerle bromas a los distraídos que pasaban por el valle.

Ástur tenía unos ojos bellísimos, una voz suave, y el aspecto de un sabio. Tenía una habilidad especial para cambiar de apariencia ante cada bestia que cruzaba.

Gracias a esa habilidad, Ástur podía camuflarse, esconderse, reaparecer cuando quería, y podía guiar a las bestias hacia una jaula para luego esclavizarlas; y cuando alguna de ellas ya no tenía fuerzas, simplemente las ataba y las quemaba.

Cierto día una oveja distraída se perdió de la manada, y apareció en el camino del valle. Sin perder tiempo Ástur tomó forma de pastor, y ofreciéndole comida la llevó a la jaula.

La oveja miedosa y desconfiada al inicio intentaba reconocer su voz, pero el guardián le hacía mimos en la cabeza, empezó a elogiar su lana, y a decirle que era la oveja más valiente por andar sola y haber elegido el mejor camino. La felicitaba por ser valiente e independiente. La llamó de poderosa, y hasta le pidió que fueran aliados y le enseñara de su valentía. Después de hablarle un rato, la fue llevando a lo que parecía un pastizal, pero que acabó siendo una trampa donde la tuvo prisionera.

También había un león muy hambriento que pasaba por el camino del valle. El guardián conociendo el deseo de la bestia, se acercó y le mostró a lo lejos un menú variado con animales de todo tipo. Ástur elogió al león por haber pasado por allí, diciendole que podría darle todas esas bestias del campo para comer si lo ayudara primero a sacar un paquete de una cueva.

El león hambriento accedió. Y cuando llegaron a la cueva, Ástur fingiendo tener pocas fuerzas, le indicó al león que entrara primero. Cuando éste lo hizo, Ástur recuperó su forma de guardián, y lanzando piedras, mató al león, y se hizo un abrigo con su piel, y comió de sus carnes.

No satisfecho con esto también salía a buscar aves ofreciéndoles nidos cómodos y abrigados para luego terminar comiendo a sus polluelos. Iba a los ríos a ofrecer gusanos a los peces y terminar matándolos, luego de hipnotizarlos con grandes lombrices.

El guardián era tan astuto, que se camuflaba entre las plantas, y observaba días, horas, semanas a cada uno que pasaba por el valle. Y cada vez que alguien iba distraído, Ástur usaba la misma estrategia.

Luego de observar por horas a su víctima, se acercaba siempre disfrazado de un sabio, otras veces se disfrazaba de alguien herido, otras veces tenía aspecto imponente, y según su presa, él actuaba de una forma u otra.

Hasta que un día apareció Malena. Una niña que vivía en lo alto de una montaña con su padre. Y cada día, descendía hasta el río para zambullirse en el agua, luego pasar a hechar un vistazo a las ovejas, alimentar a los animales que encontraba, y sanar las avecillas lastimadas sin nido.

Su padre siempre la acompañaba y mientras ella correteaba y jugaba con las bestias, su padre la observaba de lejos, y por momentos le instruía cómo cuidar de cada animalito.

Después de un tiempo, el padre de Malena le dejó ir sola a hacer los quehaceres diarios. Con una única instrucción: ir por el camino que siempre trazaba su padre. No podría mirar atrás al volver (para no perderse), ni podría mirar a los costados (para no distraerse). No debería detenerse por nada del mundo: ni por las bestias, ni por la lluvia, ni por cosa alguna.

Malena así lo hizo a la ida. Pero al volver, el guardián estaba al asecho. Primeramente, Ástur se disfrazó de un gatito pequeño que maullaba y maullaba, a los costados del camino.

La niña que amaba a los gatos se sintió tan tentada de ir por el gato, pero al ver que empezaba a caer la tarde, apresuró sus pasos sin mirar al costado, pues pensó «si tiene hambre, me ha de seguir hasta casa ese gatito».

Ástur no satisfecho con eso, se transformó en una mariposa que voleteaba delante de la niña y jugueteaba con ella, hasta que voló hacia atrás y ya la niña no lo siguió pues tenía en mente la instrucción de su padre.

En un tercer intento, Ástur toma la forma de una oveja enredada en un arbusto, gimiendo y berrando auxilio. Malena al ver a la oveja sintió mucha pena, pero apresuró más sus pasos pensando «si voy más rápido, podré traer a mi padre para que ayude a esta ovejita».

Como última tentativa, Ástur toma la forma de un niño lastimado a la orilla del camino, cerca de la región del valle. Al pasar Malena, vió a ese pequeño llorando desesperadamente, diciéndole que se había perdido de sus padres.

La niña se detuvo para ayudarlo, e intentó sanar la herida de la pierna de Ástur. Y luego, le impulsaba a levantarse para ir con ella a la casa de su padre. Sin embargo, el guardián insistía que le acompañara al camino que iba hacia el valle pues allí estarían sus padres.

Mientras tanto, el padre de la pequeña, al notar su demora, salió rápidamente a buscar a Malena. Pues conocía de las astucias de Ástur, aunque confiaba en su hija.

Los minutos seguían pasando, y el guardián lloraba tanto, que conmovió el corazón de la pequeña. Y estando a punto de acompañarlo a Ártur, decide sentarlo un rato más en el suelo, y preguntarle porqué estaba el allí sin sus padres.

El guardián le contestó que salieron a buscar comida como todos los días con su familia, y al distraerse un minuto, los perdió de vista. Y con una sonrisa le comenta a la niña que sus padres le esperarían en su casa. Y enseguida le prometió a Malena que si le llevaba al valle a la casa de sus padres, le premiarian con mucha comida, abrigos y regalos.

Al oir la propuesta que sonaba muy tentadora, Malena recordó todos los paseos con su padre, cuando pasaban por todo la región donde inclusive en el valle no habían familias, ni mucho menos niños.

Ástur aumentó la oferta diciéndole que hasta le daría un botín especial si le acompañaba, pero Malena le dijo «mi padre es el dueño de todas estas tierras, y no tengo necesidad de nada».

Al oír esto, el guardián muy enfadado se reintegró a su forma original y su aspecto de niño herido de repente se transformó. Malena impresionada empezó a correr, pero la montaña era difícil, y se hacía todo cada vez más oscuro.

Sus pasos eran cada vez más pesados, y su respiración se dificultaba. Cuando ya sentía desmayar, y Ástur estaba a punto de enlazar los pies de la niña con una soga, apareció el padre de la niña que había salido a buscarla por su demora. Inmediatamente levantó su brazo y le tió la lanza al malvado Ástur que cayó al piso desangrado.

Luego, el padre tomó a Malena en sus brazos y la llevó hasta la cima de la montaña donde lavó sus heridas de las rodillas, los cortes de las espinas al correr entre las plantas, y le dió agua y comida.

La niña asustada lloraba en brazos de su padre, reclamándole dónde estuvo cuando a ella le estaba persiguiendo y lastimano aquel malvado .

El padre le contestó «hijita, siempre estuve aquí justo al frente de este camino, lo único que debías hacer era seguir la instrucción de no mirar atrás para no perderte, ni mirar hacia los costados para no distraerte.

Pero cuando empezaste a demorar tu llegada, salí a buscarte, pues temía que el astuto Ástur te quisiera llevar al valle y hacerte su prisionera. Por eso he venido a tu encuentro. He venido a salvarte, a sanar tus heridas, a librarte de las manos del astuto.

Sabes de mis asuntos, conoces la montaña, las tierras que nos rodean, las bestias del campo, y hasta sabes que siempre necesitas mi para ayudar a los que te pidan auxilio.

Si sabes que todo me pertenece, y que tengo las medicinas en mi casa, y que soy yo quien alimenta a las bestias del campo, y quien las cura y las protege, ¿porqué has ido por tus fuerzas?

Sabia has sido al recordar nuestros paseos por estos campos y saber que todo lo necesario lo hallas en casa. Pero jamás debiste mirar atrás ni al costado. Pudo haberte costado la vida mi pequeña.

Pero vine a tu encuentro. Nunca más vuelvas a mirar atrás ni a los costados cuando tengas una misión. Tú conoces el camino a tu padre, no hay atajos, ni desvíos, ni tiempo para detenerse pues pronto oscurece. Aprende pues esta lección, y toma siempre mi consejo antes de tomar cualquier decisión.

Si me trajeras a mi al niño para sanarlo, no estarías herida tú. No sigas tu buena intención, ni las apariencias. Guárdate de la emoción, lo que te ayuda es la obediencia y la dependencia de mi instrucción.

¿Cuántas veces nos hemos lastimado, nos han traicionado, mentido, desilusionado, y roto en mil pedazos? ¿Cuántas veces nos han manipulado astutos y astutas? ¿Cuántas veces como el león te crees fuerte y dominante, y terminas siendo dominado por la astucia de Ástur? ¿Cuántas veces como la oveja nos vamos por un «atajo» y seguimos alagos de otros, promesas, falso afecto, y terminamos prisioneros por el hambre y la codicia a «mejores pastos»?

¿Cuántas veces han venido personas contándote historias tristes, llorando, disfrazados de víctimas, para sacar provecho de tu corazón generoso? 
¿Cuántas veces buscan disfrazarse de gato indefenso recién nacido y perdido, o de oveja enredada y lastimada, o incluso de personas «perdidas y sin salida»?

Y tú de buen corazón quisiste dar la mano y te han mentido, traicionado, lastimado y manipulado.
Y tu Padre Dios te ha dado promesas que parece que no alcanzas, porque de tantas distracciones, de tanto mirar atrás y al costado, te desviaste, te perdiste, te lastimaste muchas veces.

Pero hoy el Padre te ha venido a buscar una vez más y te dice una vez más la instrucción «avanza hacia adelante, no te detengas para mirar hacia atrás, ni te distraigas para apartarte a diestra ni a siniestra».

«Escucha y obedece mi voz hijo mío, y ya no tomes decisiones por emoción ni por lo que tus ojos ven, ni por lo que tus oídos escuchan, ni por lo que tus sentidos y experiencia te digan.» «Aprende a obedecer y a ssguir Mi instrucción, y vivirás y te irá bien en todo.»

Jeremías 17:5–10
 Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.
Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada.
 Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.
 Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.