Un futuro menos capitalista para la literatura, por favor

Cuando las “grandes mentes” de Hollywood deciden crear una película futurista, el futuro se ve de dos maneras: o un desierto al estilo Mad Max en donde el capitalismo colapsó y nos hizo regresar a un estado “primitivo”, o es un lugar en donde el capitalismo se encuentra en un auge tan grande que los anuncios publicitarios se ven en los cristales de los edificios, en drones, en Minority Report los anuncios incluso estaban configurados para saber tu identidad a través de un escaneo de retina. En este segundo escenario, la tecnología ha evolucionado con el fin de vender, algo, lo que sea, pero vender al fin y al cabo. Temo que el mundo verdaderamente se vuelva así. Temo, aún más, que la industria editorial sea totalmente envuelta en este frenesí en donde las ventas son lo más importante, y no las obras que se están publicando.

Quisiera imaginarme al editor del futuro no como aquel que tiene las mejores herramientas tecnológicas para editar y llevar a producción rápidamente. Todo lo contrario, me gustaría pensarlo como aquel que, entendiendo la globalización que se vive gracias al internet y muy específicamente a las redes sociales, sabe hacer una constelación que conecta al libro físico que se edite con el mundo virtual del que cada vez más personas forman parte. Mi editor del futuro, en un mundo casi utópico donde el capitalismo fue derrocado y no nos convertimos en Mad Max porque no dependemos de los procesos violentos de producción ni el dinero para ser civilizado, tendría en mente a un público específico pero visto ya no como una masa que consume, una masa a la que se vende. Este editor tendría en mente la diversidad que hay dentro de su público target de tal manera que tanto la portada, el lenguaje, los personajes y las constelaciones libro-internet que se creen los representen de la manera más adecuada posible. Igualmente, los editores de este futuro utópico dejarán de utilizar a la mujer como objeto de deseo dentro de sus portadas y también rechazarán editar cualquier contenido que ataque directamente a lo que antes se consideraba un grupo vulnerable.

Me gustaría haber hablado en esta entrada de las diferentes herramientas tecnológicas que el editor pueda tener en el futuro. Hablar sobre cómo los editores dentro de 70 años tendrán su panel al estilo de Minority Report en donde podrán editar cada una de sus páginas sin necesidad de ningún teclado o ningún artefacto que no sean sus dedos. O también sobre cómo algún día podremos obtener tarjetas que proyecten hologramas con los personajes y sus estadísticas. Pero pienso que todos estos avances tecnológicos no valdrían nada si el mundo literario sigue siendo intolerante contra cuerpos que hoy en día se consideran abyectos. La tecnología editorial híperdesarrollada para la edición y la venta no me interesa si los discursos de poder siguen siendo los mismos, y el editor mira a su audiencia sólo como una masa de consumidores, y no como una multiplicidad de subjetividades que buscan encontrar(se) y encontrar al otro en la literatura.