Eran ocho… más uno

Ilustración: Mayo Bous.

Allí estaban ellos. Eran ocho. A media mañana de un martes en pleno horario de clases, allí estaban ellos, en la parada. Una cofradía de pantalones carmelitas de la enseñanza tecnológica.

Sonreían. Miraban de mano en mano unos vídeos humorísticos en un móvil, hasta que activaron el Zapya y comenzaron a pasárselos mediante esta aplicación. Sonreían y un fondo musical desde una bocina resonante los acompañaba: Ya sé que te gustó, te gustó, te gustó/ Lo vi en la cara cuando te la di, te la di, te la di/ Lo hice rico y se enganchó, se enganchó, se enganchó, repetía el coro de la canción.

Eran ocho. Todos los pantalones de uniforme entallados. Algunos con los bajos doblados hacia afuera y arriba, un par con los pantalones hasta las pantorrillas.

Eran ocho: una mitad con pulóveres blancos o negros y la otra mitad con las camisas reglamentarias muy ajustadas. Dos con gorras con la visera hacia atrás. Todos con zapatos fosforescentes. Parece que el neón es el tono de la temporada.

El muchacho de la gorra negra con las iniciales de los Yankees de Nueva York cedió a una señora con una bebé su espacio en el único banco bajo techo de la estropeada parada. Te la di, te la di, te la di, chillaba el amplificador y en respuesta, lloraba acongojada la bebé.

Llegó el P7 y uno de los jóvenes lo abordó.

— ¡El mío!, si no vas con nosotros a hacer el seminario de mañana, entonces te toca exponer — le gritó uno de los muchachos.

— Sin cráneo, el mío — replicó el interpelado.

Mientras, los restantes siete amigos caminaban alejándose de la parada, la música se movía en sentido contrario. Un señor de unos cincuenta años con una bocina en la mano tarareaba arrítmicamente: Lo hice rico y se enganchó, se enganchó, se enganchó.

Luego de echar en la alcancía la mitad del importe, avanzó por el pasillo hacia el fondo del P7 y, al tiempo que recibía miradas asesinas de algunos pasajeros, subió el volumen cuando llegó el desgastado estribillo y meneó la cabeza con movimientos circulares como Alexander el de Gente de Zona. Ya sé que te gustó, te gustó, te gustó/ Lo vi en la cara cuando te la di, te la di, te la di/ Lo hice rico y se enganchó, se enganchó, se enganchó, cantó con toda la fuerza de sus pulmones.

El señor miró primero hacia la izquierda y luego a la derecha. Le guiñó un ojo, socarrón, a una despampanante mulata situada a pocos metros suyos. Ella clavó sus ojos en el suelo, inspiró, espiró, repitió el proceso varias veces. Una cuarentona se llevó la mano a la cabeza, afirmó que le dolía. El individuo con la bocina levantó los hombros en señal de poco interés. Con mayores decibeles volvió a “ponchar” la canción desde el inicio.

Escenas, estampas que nos inundan. Matices que se van solapando en nuestra cotidianidad y amenazan con volverse autóctonos. O ya lo son.

Yoandry Avila Guerra

Written by

Periodista, fotógrafo. Redactor-reportero en Cubaperiodistas. Colaborador de la revista Alma Mater y del periódico Ofertas. Blogger en Yo ando por ahí

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