Respuesta a un post sobre emprendimientos que “retan a la economía tradicional”, escrito en nacion.com


Este es el link al post original en cuestión:
http://www.nacion.com/economia/empresarial/Aplicaciones-retan-economia-tradicional_0_1491050889.html

Este es el tipo de artículo que, por breves y faltos de profundidad acerca de un tema tan relevante incluso a nivel mundial, tienden a generar confusión, más que informar y crear criterio en los lectores.

Valido la iniciativa de los comunicadores por difundir temas que, tarde o temprano, deberán ser titular de todos los medios de información. Por esto y por lo antes dicho, es que quiero compartir mi opinión al respecto y colaborar con la ampliación de los conceptos incluidos en el mencionado artículo.

A continuación, mis comentarios:

“Lo que está retando y poniendo a prueba, duramente en algunos países, a la economía tradicional no son las “aplicaciones”, las cuales simplemente son un vehículo tecnológico, un canal de acceso a una experiencia; lo que verdaderamente está reinventando el modo en que consumimos y, por consiguiente a los mercados y a la economía toda, es un cambio cultural radical, un nuevo paradigma de oferta-demanda del cual, lamentablemente, los latinoamericanos (si, la gran mayoría, no solo en Costa Rica) no nos damos el privilegio de disfrutar, por dos simples razones: Miedo y Egoísmo.

Por otra parte, lo que en este artículo se plantea es mucho, muchísimo más grande que “la teoría de algunos” o que una “revolución tecnológica” (recuerden señores, que la tecnología es un meró intermediario, un vehículo, un canal, una herramienta, un artilugio para posibilitar algo más grande). Esto es una realidad avasallante a nivel mundial y no solo en algunos segmentos de mercado como el transporte público y el turismo, sino en otros tan importantes como banca y finanzas, empleo, inmobiliario, turismo, logística, textil y moda, mascotas, servicios domésticos, educación, restaurantes y hotelería, arte, editorial, agricultura, comunicaciones, transporte en general desde bicicletas hasta buses y muchos más.

Lo que aquí apenas comienza a sonar como “teoría de la economía colaborativa”, en otros países y desde hace mucho tiempo está creando conflictos gremiales, movilizando industrias completas, reestructurando el pensamiento y la práctica empresarial, pero también está generando miles de puestos de trabajo nuevos, cientos de millones de dólares en inversiones y hasta crea leyes especiales y adecuadas a este nuevo modelo de consumo.

La economía colaborativa, también conocida como consumo colaborativo, sharing economy, peer to peer economy, on demand economy, entre muchos otros apelativos, es un concepto que existe desde el inicio de los tiempos, con el trueque, luego comenzó a tomar fuerza nuevamente a nivel público en 2007 mas o menos, pero fue popularizado en 2010 por Rachel Botsman con la publicación del libro ”What’s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative Consumption” donde básicamente se explica cómo todos los seres humanos podemos acceder a los beneficios de los bienes sin la necesidad de la propiedad de los mismos. Como bien señala don Elías Soley, “las cosas son de quien las necesita”, pero aún hay que ver más allá: no son las cosas las que necesitamos, sino el beneficio que estas nos entregan. El ejemplo que Botsman usa dice que cuando compramos un taladro no necesitamos el taladro como tal, lo que necesitamos son huecos, lo cual es la verdadera necesidad (inclusive, se puede ir más allá, ya que los huecos tampoco son el fin último, sino que puede ser colgar un cuadro, por ejemplo).

Por consiguiente, esta nueva mentalidad está cambiando la economía, pero no por el uso de tecnología a través de “aplicaciones”, sino a través de un cambio de paradigma de consumo y fundamentalmente de lo que entendemos por propiedad.
Ya la revista Time dijo: “el consumo colaborativo es una de las diez grandes ideas que cambiarán el mundo.
Y lo está haciendo. Esto es más que un cambio en la economía, es una transformación social, es un cambio de mentalidad.
El problema que, a nosotros los latinos, nos limita para ver este cambio como algo real, es que aún vivimos, como empresarios y consumidores, en la era industrial.

¿Saben ustedes cómo los grandes inversores hoy en día valoran si un proyecto es una “buena apuesta”? Básicamente, lo contraponen con la pirámide de Maslow. Ya casi nadie invierte en proyectos relacionados con la base de la pirámide (necesidades básicas, alimentación, seguridad). Los grandes inversores buscan proyectos que sean capaces de entregar Experiencias y crear Emociones y no un mero producto o servicio. ¿Por qué? Pues, porque es allí donde vivimos desde hace un buen rato señores, en la Economía de las Experiencias.
Por eso, todos estos emprendimientos relacionados al modelo de Consumo Colaborativo son exitosos y reciben la aprobación y el apoyo de grandes inversionistas, llegando a casos como el de Uber que, en 2013, recibió 258 millones de dólares de parte de Google Ventures. Uber, hoy en día está valorada en 18 mil millones de dólares (Actualizado: luego de dos nuevas inversiones, una de U$D1.200 milones y otra de U$D 1.600 millones, Uber está valorada en U$D 40.000 millones).
¿Y qué hace Uber para ser tan exitosa?
Uber genera conflictos gremiales, genera grandes paros de taxistas, recibe demandas judiciales de las empresas de taxis y buses, crea revuelo político, inclusive es prohibido en algunos países. Pero todo esto es consecuencia de una sola cosa. Uber está captando la atención de los consumidores de servicios de transporte público, porque Uber entendió la verdadera necesidad y no ofrece un producto o un servicio, sino que ofrece una EXPERIENCIA de transporte público. Experiencia por la cual, además, los consumidores están dispuestos a pagar, inclusive más que lo normal (aunque increíblemente dicha experiencia no siempre es más cara.) Se dice además, que Uber es la evolución natural que debió y debe tener la industria del transporte público.

Y esa es la parte que las industrias tradicionales no han podido o querido entender. El que tiene la sartén por el mago es el consumidor, o mejor dicho el “prosumidor”. Ya no vivimos en la era feudal donde el marketing y las marcas, a través de canales de “una sola vía” nos persuadían y casi que obligaban a consumir sus productos. El consumidor ahora tiene las herramientas, tiene el poder de decidir a quién le entrega su dinero a cambio de un beneficio que solvente una necesidad o un problema y, además, le ofrezca una experiencia de reconocimiento y autorealización. Definitivamente, eso no es, ni por lejos, lo que recibimos al viajar en un taxi o en un bus de las empresas tradicionales, donde nos transportan casi como ganado, desde la calidad de las unidades hasta el trato de los choferes. Reconozcámoslo, sin miedo pero también sin egoísmo.

Y entonces es cuando vemos que los clientes se van, vendemos menos y, en vez de ponernos a la altura de la competencia para recuperarnos, recurrimos a la queja, a la autocompasión y a la Ley para eliminar tal competencia, ley que, aunque necesaria, muchas veces lo que permite y fomenta es el adormecimiento del progreso y la innovación. Porque al aplicarse la legislación de igual forma para servicios “no tradicionales”, con características notoriamente diferentes, estamos poniendo en desventaja a los nuevos oferentes de servicios, esos a los que los consumidores ahora están prefiriendo. Y entonces, la competencia desleal se da en los dos sentidos porque, así como un hotel pierde clientes contra Stacey Corrales (cosa que es muy discutible también, porque estudios de Airbnb dicen que quienes eligen estas experiencias “familiares” son personas que no se alojarían en un hotel), Stacey no podría competir contra los requisitos que cumple el hotel, para ganarse $25–45 diarios contra los miles de $ que gana el hotel. Y no solo eso; de esta forma también le estamos enviando un triste mensaje a los consumidores donde les decimos: “eso es lo que hay y usted no puede elegir según su conveniencia”.

En definitiva, todo esto de la economía colaborativa, algo que podría convertirse en un gran motor de progreso (no lo digo yo, lo dice el dictamen de la Unión Europea, el cual menciono más abajo), tiene que ser visto desde una postura abierta y no castradora.
Sí creo totalmente que debe revisarse a quienes estén incurriendo en prácticas de competencia desleal, pero más bien creo que debe ser una acción de asesoría y corrección y nunca tendiente a erradicar estas formas de innovación.

La clave está en legislar y regular entendiendo que hay diferentes formas y escalas de ofrecer un mismo servicio y de obtener beneficios. Así como también esas diferentes formas atienden a segmentos de mercado diferentes y que, en muchos casos, no generan competencia.
Por ejemplo, el ICT, además de revisar los aspectos impositivos de estos nuevos oferentes, debería capacitarlos y brindarle asesoría, ya que esta nueva oferta está comprobado en otros países que atrae un mercado que de otra forma no llegaría, no solo por limitaciones económicas sino por el tiempo de experiencia que buscan.
Ejemplo de esto es el caso de UpePlaces.com, emprendimiento costarricense que no se menciona aquí y que ha sido ganador del Startup weekend Costa Rica 2012, nombrados por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) como uno de los 25 empresas sociales más destacadas de América Latina y el Caribe en 2013 y ganadores de fondos de Capital Semilla otorgado por el Sistema de banca para el desarrollo.

A nivel de legislación, hay casos de éxito que pueden ser revisados como el de la Unión Europea que, en enero de 2014, redactó un dictamen para regular el consumo colaborativo, al que valoraba de la siguiente forma: «El consumo colaborativo representa la complementación ventajosa desde el punto de vista innovador, económico y ecológico de la economía de la producción por la economía del consumo. Además supone una solución a la crisis económica y financiera en la medida que posibilita el intercambio en caso de necesidad»

Termino con esta frase de una periodista del diario El País de España: “«para algunos, el consumo colaborativo es una respuesta a la inequidad y la ineficiencia del mundo”.

Básicamente, a través de estos modelos y plataformas, las personas pueden acceder a productos y servicios, pero fundamentalmente a sus beneficios y experiencias, cosa que a través de los medios tradicionales, no podría ser.
Y por otro lado, estos modelos son motores de generación de ingresos económicos adicionales que pueden aliviar la carga y la presión a los gobiernos por bajar las tasas de desempleo o subempleo, ya que son puestos de trabajo autogenerados. Esto también nos alinearía con el cambio en otro gran paradigma que es el paradigma laboral. Estudios afirman que el 75% de los Millennials o Generación Y no desea ser empleado o trabajar para otros, sino que quieren ser autoempleados o tener sus propios emprendimientos. Generar fuentes de empleo no solo es asegurar un puesto en una construcción o en una maquila de una multinacional extranjera.

Todo radica en entender los mecanismos, los modelos de negocio, entender los beneficios para los usuarios, no olvidar el derecho ciudadano a elegir, luego legislar y reglamentar puntualmente y, finalmente, disfrutar de las ventajas de este irreversible y positivo cambio de mentalidad. Progreso para todos, no solo para unos pocos.