Dios emigró conmigo (Venezuela)

Creo que para todos los que nos fuimos de nuestro país de origen la historia de ese proceso es algo que nos marcó. Diferentes países, situaciones, momentos, circunstancias y muchas cosas que hacen que cada una sea diferente, sin embargo, coincidimos en algunos puntos y es hasta reconfortarte.
Al momento de irme escribí algo sobre todo eso que estaba sintiendo: ver a mi mamá llorar, estar todos los días de esa última semana ocupada despidiéndome de los que podía, etc. Pero tengo la necesidad ahora de relatar un poco mi experiencia. Puede que ayude a alguien, puede que curiosees un rato o puede que no interese, pero es algo que quiero plasmar por estos lados.
Soy de Venezuela, de un pueblo llamado Los Teques. Mi pensamiento de “ya tengo que irme de acá” sucedió al volver de mi viaje a Polonia en el 2016. Si, tuve la oportunidad de quedarme a vivir allá en Polonia, pero (POR ESTÚPIDA) volví a Venezuela a arreglar mis papeles, mi pasaporte y quería poder ver, aunque sea una última vez a mi familia. Por este punto, valió la pena volver… Fue la última vez que vi a mi abuela. Me centre en que me iba a ir en el 2017 así que esos meses (de agosto a diciembre) me dedique a vivirlos con todos los que amo ¿Por qué esperamos hasta esos momentos para hacerlo? En fin, no sabía a donde irme muchos de mis amigos se estaban yendo a España, Chile y Argentina. España lo veía muy poco probable por tema de legalidad aun cuando dos de mis mejores amigos estaban allá para ayudarme, Chile tenía amigos, pero yo necesitaba un país donde pudiera terminar mis estudios en Lic. En Letras y definitivamente allá iba a tardar mucho (o casi imposible). Quedaba Argentina, sitio que mi cuñado también estaba analizando para irse.
El lugar a donde irme no fue lo primero que decidí. En septiembre del 2016 le comunique a mi familia que deseaba irme del país, no les agradó la idea ya que ese era mi último año de carrera así que por una oportunidad a ellos me inscribí en mi 5to año y empecé a gestionar mi nuevo pasaporte. Es muy cierta la frase de “Si quieres oír la risa de Dios cuéntale tus planes” ya que ese año de carrera estaba resultando ser el mejor de todos. Si, nunca fui una alumna excelente en la universidad, más de una vez fui a reparación y me quedaron materias así que no esperaba mucho… Bueno, ese año saqué 18 en un examen de Lit. Latinoamericana, COSA QUE JAMAS ME HABÍA PASADO. Estaba en un trabajo EXCELENTE y cómodo como secretaria y mi vida social era increíble… Todo estaba perfecto, hasta con el chico que siempre me había gustado empecé a salir en plan de amigos, pero ya era algo.
¿Por qué irme? Al parecer todo estaba saliendo muy bien. Un día llegue a casa y escuche a mis padres sacando cuentas para pagarme la universidad (ya que no estaba becada ese año) y vi lo que teníamos para comer y eran 5 arepas de no sé qué cosa (ya que harina no había, así que algo había inventado mi mamá) y en mi casa somos 7. Mis padres no cenarían ese día, y muchos otros. Fue cuando vi el sacrificio que estaban haciendo cuando decidí irme, lo peor es que mi situación tal vez es NADA en comparación con lo que muchos han pasado: comer de la basura, irse del país a pie, no poder conseguir medicinas, morir de hambre, sed, sueño… Bueno, no entraré en detalles que todos conocemos. Yo fui una de las afortunadas en la manera de irme, aunque suene extraño.
Ya estábamos a noviembre, decidí ser firme y decirle a mi familia que me iba. Mi sorpresa fue que me alentaron a hacerlo, todos ya sabíamos que no había forma. Comencé a ahorrar dólares, gestioné mi pasaporte y papeles lo más rápido que pude (y para mi suerte sin pagar gestores). En mayo del 2017, solo pude reunir $200 para el pasaje y $500 para sobrevivir al país a donde llegaría. Estaba empezando ese proceso de la gente irse por tierra, pero me daba miedo: una mujer sola de apenas 22 años, tenía pánico de lo que podría pasarme. Busque la opción de irme por Conviasa a España o Argentina, pero justo dejó de trabajar para esos lugares. Así fue como descarte cruzar el charco y comencé a evaluar irme a algún lugar de Suramérica.
¿Chile o Argentina? Justo comencé a hablar con un amigo que estaba en Chile y podía recibirme, pero no por mucho tiempo. La variable de conseguir trabajo rápido era muy arriesgada para lanzarme al vació así que converse con mis padres y me dijeron: “¿Por qué no Perú? allí tenemos amigos que pueden recibirte”. Comencé a investigar y si, había posibilidad de estar legal (con asilo), era relativamente económico y justo mi prima se estaba yendo para allá. Así fue como decidí Perú, pero solo como tránsito. Mi meta sería Argentina para poder terminar mis estudios.
La universidad ya la había dejado en enero, estuve trabajando bastante para conseguir el dinero y a salir muchísimo para disfrutar mis últimos meses. Un amigo me hizo el favor de comprarme el pasaje de Bogotá — Lima desde afuera y me iba a ir por tierra desde Caracas a San Cristóbal y luego Cúcuta a Bogotá. Todo ya estaba listo, en Lima un matrimonio peruano me iba a recibir. El 20 de junio del 2017 llegaba a Perú.
Recuerdo más que todo el último mes. Planifique 3 semanas de puros encuentros con amigos para despedirme, no llegaba a veces a mi casa para poder reunirme con la mayoría. No le di mucha importancia a estar con mis padres y mi hermana ya que ellos también iban a migrar, pero más adelante. El plan era todos irnos a Argentina, al final pensaba estar solo 6 meses en Lima como para poder ahorrar y seguir.
Era duro dejar todo, guardar en cajas todo lo que tenía, decirle a mi sobrino mayor que cuidara mi cuarto, caminar por las calles y saber que no sería nada igual. Soy católica y pertenezco desde los 15 años a un movimiento juvenil dedicado a los niños y jóvenes más pobres, a llevar esa alegría y el mensaje de Dios. Cada fin de semana era estar metida en la iglesia y ya no sería así. Iba a dejar todo. Eso era lo que más me costaba, venir de un activismo y de saber que cada fin de semana iba a poder ir a la Iglesia y encontrarme con Dios, a tener que ser yo la que lo sintiera, encontrara y conectara con Él desde otros espacios. Mi acompañante espiritual me dijo muy sabiamente: “al estar afuera no tendrás esas voces que te dicen hey cuidado, eres tu decidiendo que hacer. Vas a encontrar muuuchas cosas con que llenar ese vació de amigos y familia, ten cuidado que dejas entrar”. Ese fue y es mi mantra en cada momento.
Llegó la última semana, y justo 5 días antes de irme estaba chateando con el chico que les dije que siempre me había gustado. Sí, me confeso que le gustaba. Quise parar todo. Vi al cielo y solo pude decir: “Te dije, Dios, que lo único que no quería era enamorarme en estos meses que me quedaban… y tu vienes y te ríes”. Igual nos vimos, salimos una última vez donde pude besarlo y quedarme con esa linda sensación de por lo menos lo viví.
Mi papá me acompañó hasta San Cristóbal, estuvo conmigo un día y luego se fue. Se fue cuando yo estaba dormida, para él era muy difícil despedirse, le agradecí ya que para mí también. Me quede sola en un pueblo llamado Ureña haciendo todo lo del sellado de pasaporte y comprando el boleto de Cúcuta a Bogotá.
Viaje hasta Bogotá en bus y llegue al aeropuerto El Dorado el 19 de junio, estuve todo el día sola en el aeropuerto ya que viajaba a las 10 pm a Lima, un vuelo de apenas 2 horas y media. Qué bueno que en Colombia la comida es muy económica. A la hora de entrar, me quitaron el pasaporte y me pidieron mi Cédula de Identidad venezolana. Me asusté. Me hicieron muchas preguntas. Entre en pánico, estaba sola en Bogotá con el dinero justo. Gracias a Dios, me dejaron abordar sin problemas. Llegué a Lima el 20 de junio a la 1 am. Estaban los amigos de mis papas esperándome y me sentí en familia. Cuando me acosté en la cama esa noche solo pude decir: ya estoy aquí.
Dios en definitiva emigró conmigo. ¿Por qué? Mi confianza siempre la pongo en Él. Muchos me llaman ilusa e ingenua, pero nunca ha dejado de sorprenderme. Al llegar de Polonia mi pasaporte vencía y aunque tardó 6 meses en llegarme el nuevo no tuve que pagar más de lo necesario por él. Mis papeles pude apostillarlos de forma normal con cita y sin pagar. Pude comprar pasaje sin problemas. Me sellaron en frontera sin ningún inconveniente. Todo esto puede ser normal en un país normal, pero Venezuela NO es así. Lastimosamente allá todo funciona por mafia, amigos y “palanca” y tuve la suerte de hacer todo COMO DEBERÍA HACERSE.
Dios en todo momento de mi viaje hasta Lima se manifestó. Llámalo suerte, Dios, la vida, el destino, etc. Pero ya dije que soy creyente y esas cosas para mí son milagros… Sin embargo, el viaje no fue lo más difícil. Al llegar a Lima empecé a sufrir lo que todo emigrante sufre, y ahí si fue que confirmé que “con Dios todo, sin El nada”. Eso lo dejo para la próxima publicación.
Solo diré una última cosa: no es más valiente el que se va o el que se queda, no sufre menos el que está afuera, ni el que está allá es porque quiere. La realidad de cada uno es diversa y complicada, todos somos del mismo país y simplemente estamos luchando por el desde diferentes frentes y lugares. En la guerra no todos están atacando, los soldados se organizan… Así estamos todos, adentro y afuera, enfrentando la guerra que es el socialismo.
