El amor. ¿El amor?

Se me entumecen las piernas
como adolescente perdido
en los laberintos infinitos del amor.
El amor. El amor como una sensación.
¿El amor?
Flujos neuroquímicos prosaicos, el amor.
¿Y luego, qué? ¿Un beso? Los clichés amorosos.
Labios turgentes, labios deseados,
¿son esos la entrega inmaculada y pura?
Son ganas de morderlos, de reventarlos 
con los dientes, con los aullidos;
por puro morbo, por pura sangre, porque sí. Porque es necesario.
Lamerte, lamerte, hasta destemplarte, hasta lograr sismos, hasta que mi lengua sea tu epidermis.
Las babas, mares de misericordia de los simios eróticos. Arrasen el puerto. Tumben mi puerta. Alcen mi falo. Suavicen el túnel. Muevan sinfín las poleas de la fricción, de las caricias, de la friega.
¿Aúllas y jadeas? ¡Estertoras! ¡Gimes y gimes! Vomitas la sobredosis de ambrosía. Alharaca por la algarabía de la algazara. Tus nalgas. Y vuelo. Tus cabellos. Y juego al himeneo. Tu esencia-sudor-saliva de sonido. Y todo yo soy falo. Pene amoroso hasta el fandango de bailes medievales. Falo y tu azul. Falo y tu refugio negro.
Imagino que te preño de mí mismo y que me incubas, como huevo del amor. El amor hecho realidad se vuelve un capullo.
Me envuelves y me ahuevas y me empollas y nazco de ti: eres mi amante y mi madre. Copulamándote me he creado a mí mismo.
Te beso. Te rezo. Me postro ante ti. El amor generoso del universo se simboliza en tu vulva. Una fugaz penetración mía nos hermana. Somos los dioses de nuestro nido-universo.

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