Luna en Tauro

Lunaris
Lunaris
Sep 1, 2018 · 5 min read

Miré la hora. 20:39. Él me propuso encontrarnos 20:40 en la puerta del bar, una hora exacta, precisa. Alguien que te dice un horario tan específico es imposible que llegue tarde. Yo miraba para todos lados, nerviosa, pero no tanto, había algo de toda la situación que me transmitía una paz extraña. Escucho un “¡Hola!” a mis espaldas, y me doy vuelta para encontrar una sonrisa impecable, casi perfecta, esbozada por un chico alto, rubio, y una mandíbula envidiable. Sonrío, feliz, “Hola, ¿cómo estas?”.

Me pregunta si está bien el lugar que eligió o si vi otro en el camino que me haya gustado más, me causó ternura su pregunta. Entramos a ver el lugar, un club de cultura que también funcionaba como restaurant y bar. Era lindo, un poco descuidado, pero muy tranquilo. Me propone y a ver los otros lugares de la zona para elegir cual nos gusta más “un geminiano siempre busca opciones” me dice sonriendo. Por dentro me pregunto cuan difícil puede ser tener una relación romántica con alguien de géminis. Le expreso que me parece una buena idea, y después de ver los otros nos decidimos por volver al club de cultura “Kowalski”.

Abrió la puerta y me dejó pasar primero. Nos sentamos en una mesa junto a la puerta, y me dice que me siente del lado más lejano a esta para no tener frío. Sonrío apreciando su consideración. Pedimos cerveza y algo para picar. Él me mira detenidamente, como estudiándome. Hablamos de lo normal, trabajo, estudio, decisiones de vida. Él tiene 7 años más que yo y varios caminos hechos, todo lo que me cuenta me interesa mucho.

Todo es muy formal, me empiezo a preguntar la manera de descontracturar un poco el encuentro, pero el lo hace primero, como leyéndome la mente. “¿Fumás, no?” me pregunta. Una pregunta natural, ya que en dos de mis fotos de tinder estoy fumando. Me río, “En realidad, no, solo para sacarme fotos.” Él se ríe y saca una pipa de su mochila, “¿Me acompañas afuera?”.

El patio era bastante mágico, luces de navidad por todos lados, y arena, simulando una playa. Nos sentamos uno enfrente del otro, yo lo miraba fumar, hacía mucho frío asi que no había nadie cerca, era como si el tiempo se hubiese detenido un instante y ahí estaba yo, con un hombre hermoso fumando en pipa sobre una playa artificial, pensando en las formas extrañas que toman las salidas nocturnas. Hablamos un rato más hasta que nuestra moza nos interrumpe “Ya está su comida adentro”.

Entramos. Yo tenía el estómago un poco cerrado por la adrenalina de la situación así que comí poco. El me cuenta que soy la primer cita que tiene por tinder, y que se siente extrañamente tranquilo y a la vez ansioso. Una dualidad geminiana, pienso. Mis manos estaban frías así que trate de darme calor, él lo nota y decide agarrarme la mano para ayudarme. Su mano era suave y larga. Nos quedamos en silencio, acariciándonos las manos.

La charla fluía, el efecto del alcohol también se hacía presente. Su manera de hablar era especial, una linda voz, palabras bien articuladas. La cerveza se terminó y él menciona lo bueno que sería tomarse un Bourbon en este momento, “pidamos uno” le digo implícitamente con mi sonrisa. Lo hicimos, y volvimos a salir al patio.

“¿Dónde nos sentamos?” me pregunta, esperando que le conteste “en ese sillón”. Y ahí nos sentamos, muy cerca, temblando un poco por el frío y por el roce de nuestras piernas. “Permiso” dice suavemente, y apoya su mano sobre mi pierna. Como si le costara tomar confianza. Empezamos a hablar de música y de cine, la charla era cada vez más apasionada, y estábamos cada vez más cerca. El lugar perfecto para un beso, pero algo me decía que no iba a ser ahí. Me miraba fijamente, sus pupilas se dilataban. Yo le sostuve la mirada.

Nos terminamos el Whisky entre los dos y volvimos para adentro. Me pregunta si estaba bien si pedía la cuenta, le digo que si. Pagamos y salimos. Caminamos unas cuadras, el apoyaba tímidamente su mano sobre mi espalda, como queriendo darme calor, yo decidí pasar mi brazo por el suyo, agarrados como una pareja de viejitos. “¿Tenés mucho frío, no?” me pregunta. “En realidad no, lo estoy sintiendo pero no lo estoy sufriendo”. Era verdad, estaba muy distraída por sus facciones y su sensibilidad.

Llegamos a un semáforo y me pregunta que quiero hacer ahora, a lo que le contesto que no puedo quedarme despierta hasta muy tarde por que tengo ensayo mañana, pero que sin embargo no quiero que la noche termine ahora. El me dice que tampoco quiere que termine, que tal vez podemos tomar un café. Le digo que podemos ir a mi casa a tomarlo, que no hay muchas cafeterías por la zona y menos a esa hora de la noche. Me mira, estábamos frente a frente, y nos quedamos en silencio unos instantes. Me siento estudiada nuevamente. Se acerca y apoya su mejilla en la mía, me da un beso en el cachete, yo sonrío. Nos despegamos y nos volvemos a mirar, le sonrío y asiento con la cabeza, como diciéndole “si, podés”. Se acerca muy lentamente, nunca nadie se había acercado tan lento a darme un beso. Nos besamos, primero lento y después un poco más rápido. Nos despegamos y me dice, “si, vayamos a tu casa”. Era como si él necesitase besarme y sentirme antes de tomar la decisión.

Antes de llegar pasamos por un kiosko donde compramos chocolate. Subimos al departamento y decidimos hacer un té. Nos sentamos en el sillón del living y seguimos charlando un poco más. El observaba toda mi casa, meticulosamente. Nos volvimos a quedar en silencio, y esta vez me acerqué yo a besarlo. Todo iba en cámara lenta. Él me acariciaba el cuello mientras me besaba, yo le acariciaba la espalda y el pelo. Todos nuestros movimientos eran suaves y cautelosos, como si estudiásemos cada decisión antes de tomarla. Nuestros cuerpos iban tomando confianza, se sentía extremadamente íntimo, dulce. Me acariciaba el pecho tímidamente, la panza, las piernas. Me besó el cuello con la intensidad perfecta, exacta, yo me derretía.

La situación era cada vez más intensa hasta que él se despega de mi y me mira fijamente, sonriendo. Nos abrazamos y nos separamos, como pensando que no podíamos seguir por que iba a terminar indefectiblemente en tener sexo, y por alguna razón era tácito que no podíamos hacerlo en nuestro primer encuentro.

Fui al baño y cuando volví lo encontré estirado sobre el sillón, cuando me ve decide volver a sentarse, y yo le digo que se quede acostado. Me acuesto sobre él y nos quedamos varios minutos en silencio, acariciándonos, besándonos cada tanto, respirando suavemente.

Nos interrumpe una llamada telefónica. Atiendo y al cortar él me dice “Bueno…” y yo lo interrumpo con un “Si”, sabiendo perfectamente que era hora de terminar la hermosa velada.

Bajamos, y en la puerta del edificio nos despedimos con un beso. “Que llegues bien”, le digo. “Buenas noches”, se despide.

Me queda una sensación extraña en el cuerpo. Fue un encuentro sensorial. Él era extraño, exactamente lo que se puede esperar de un geminiano. Un geminiano muy bello pero con un dejo de misterio.

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