El Batman

Por: Alexander K. Nox

Una leve lluvia se asoma sobre el barrio San Fernando en un tórrido día de mayo, donde cientos de personas se agolpan a la entrada de la Funeraria de la Esperanza para dar el último adiós a uno de los hombres más representativos de la cultura caleña, quien será recordado por la estela que en las retinas de miles de televidentes dejó su acto de vida, y por la manera tan particular como se apagó su existencia.

Muchos se resisten a creer cómo Bruno Díaz, el actor, el cantante, el filántropo, el político, el ejecutivo, el padre, el amigo, esté ausente. Todos los hechos de su vida hacen parte relevante de la historia de la cultura del país, una historia de extensa fortuna, una historia de alguien que no se rindió ante la primera dificultad. Es complejo articular los hechos de su vida y obra, pero para él todo había quedado claro el día que se aseguró para si mismo, que ya no era necesario seguir actuando, ni para las cámaras, ni para su público, ni sobre el escenario, ni sobre el cabildo, aquel día había logrado cerrar el negocio de su vida.


Nacido en cuna popular el día tres de agosto de 1957 en el barrio Junín de la ciudad de Santiago de Cali, Bruno Díaz desde muy pequeño debió aprender la dureza de la calle y vivir de primera mano los problemas económicos y sociales de su comunidad, un tema que siempre lo inquietaría, buscando con ansias una solución: “Si el ciclo no se rompe, detiene, o redirecciona en la vía correcta, muchos jóvenes prometedores quedarán aprisionados entre la calle y las drogas”, respondía él en una de las tantas entrevistas que tuve el honor de realizarle.

Alejarse de aquellas sendas turbulentas no resultó sencillo, pero entre más se alejaba, más se acercaba al mundo de las artes dramáticas. Intentó enrolarse en todas las actividades ofrecidas por la diversas academias de la ciudad y mostrarse a todos con su talento y dedicación. Danza, teatro, música y hasta dibujo fueron clases que lo forjaron como alumno, pronto se daría cuenta que aunque no era muy bueno con las palabras, su cuerpo era en si mismo un medio de comunicación, el cual permitía relacionarse con sus interlocutores, y así llevar su mensaje a miles de personas.

Lastimosamente este público y su talento no fueron suficientes para permitir que continuara de manera constante dicho curso, aquella renta no generaba los ingresos necesarios que él y su familia requerían. Era perentorio buscar una manera correcta de vivir en una ciudad en álgida depresión económica donde predominaba la ilegalidad, como la vivida por la Cali de mediados de los setenta. El acto pragmático de estudiar Economía en la Universidad del Valle venció a un resquicio corazón que suplicaba expresarse actuando y cantando.

En un inicio, los cálculos y los números lo abrumaron como era de esperarse, el conflicto entre las clases, los trabajos de medio tiempo y las exiguas tutorías, le dieron a entender que la economía no resultaba ser el camino adecuado, por lo tanto a mitad de carrera decidió abandonar. Aún así, esta etapa nunca la apreció con desprecio, no lo asimiló como una derrota o una mala decisión, la deserción del campus le permitió entender el flujo del dinero y el poder de la administración tras una precisa disciplina.

Deseoso de llevar estos conceptos aprendidos al siguiente nivel, decidió entonces estudiar Pedagogía Musical, pero nuevamente la realidad fue más contundente que las expectativas, y tras solo un par de semestres se dio cuenta que lo suyo no era el profesorado, su papel no era inspirar mentes tras el tablero de un salón de clase. Esta experiencia le dejó un par de conceptos: el poder de la música desde la perspectiva de la historia, y el placer de cantar al marco del compás, en el universo entrelazado de las notas: “Era como despertar un par de ojos extra y el desempolvar de mis oídos, veía las notas y se abría un mundo inexplorado, mis tímpanos y garganta se conectaban de maneras excitantes, una vez dado el primer compás, podías quedarte horas y horas ensayando, maravillandote.”.


Con bastantes ideas revoloteando en su cabeza pero con dominio casi de ninguna, sin titulo profesional a la mano y escaso dinero en su bolsillo, Bruno Díaz emprendió el viaje hacia la capital con la esperanza que la gran ciudad diera réditos para sus sueños. Tras su arribo, la fría Bogotá le costo nada resistirse a los encantos de Díaz, a su tumbao, a su acento, a su lúcido rostro. En primera medida, fue el Teatro Libre de Bogotá quién lo recluto para participar en la banda que interpretaba la música de las obras allí presentadas. “Son de Pueblo” era el nombre del grupo de música salsa que permitió fluir su vena artística mientras brindaba sustento económico al recién llegado.

Entre canto y paso conoció a Gloria Talía Valdiri, palmireña señorial quien su temprano amor le dio abrigo en medio de un fiambre urbano. Gloria Talía también lo introdujo en el grupo político del gremio de corte comunista, allí florecieron en él sus ideas políticas y sociales cimentadas tras sus dos frustradas fases en la Universidad: “En Bogotá hablas de política y la gente te escucha con oído febril, esperan que termines la frase y empiezan a espetarte. Pero yo tenía mi bagaje, en la facultad leía toda clase de literatura, mi amor por la danza y el canto no nublaron de mi vista la realidad del país. Luego te das cuenta que al mencionar el accionar en pro de un cambio, solo te encuentras pechos fríos y dobles caras.”.

Es de esta forma, casi sin proponérselo, que inicia su actividad política, tras los ensayos de la banda y el recorrido de la Bogotá noctambula y bohemia, entre el humo del cigarrillo y los vasos rebosados de cerveza, donde su vena política brota en todo su esplendor. Discusiones acaloradas sobre los problemas del país y del continente, su carisma y su manera de hablar logran llegar eficientemente a sus interlocutores, el tono de sus conversaciones lo llevan al MOIR. Y es en medio de este proceso de adaptación y circulación de ideas dentro del grupo político, donde llega una nueva decepción, como el mismo lo expresaba: “Hablar no es lo mismo que actuar, lo importante es lo que dices de boca para fuera sin que vean lo que tienes de corazón para dentro, que no te vean la mancha en la camisa.”. Fueron estas dudas ideológicas las que apartaron a muchos de sus llamados amigos, no el dinero o las mujeres, sino las ideas fueron responsables de la separaron del grupo que lo recibió con ahínco tras su llegada, como una noche de tragos me repetía: “La izquierda solo era otro camino que llevaba a la misma puerta, pero de niño vi hacia donde se dirigía esa puerta, por eso decidí a cambio cantar y bailar. No puedes usar ese mismo truco conmigo, no de grande y con todo lo que he vivido.

De frustración en frustración, Bruno Díaz decidió acallar esa voces con la producción de un disco, puso todo su empeño y ahorros por plasmar su voz de una manera que no fuera atada, que no pudiera ser ignorada, al contrario: “…que te levantara de la silla y te pusiera en el centro de la pista.”. Pero su propuesta salsera no fue acogida por ninguna disquera, tal vez las rencillas políticas o tal vez el genero elegido no generaba el suficiente fervor ante la capital de los fríos corazones. Su trabajo en el teatro también se vio afectado, pronto se dio cuenta que en las tablas también se vivía de lo político: “Estas afuera y te enamoras, subes para dar la actuación de tu vida y lo único que miran es que no eres del parche. Así como todos lo gremios tienen sus mafias, las tablas no se quedan atrás, o estas con ellos, o piensas como ellos, o actúas como ellos, o no encuentras tu nombre en la planilla de seleccionados.”.

Intentó tocar todas las puertas que pudo, pero de nuevo se encontraba en el punto cero. Pero este nuevo revés no lo enfrentaría solo, ahora tenía a su esposa de su lado con su primer recién nacido de brazos, de la mano de sus dos amores se embarcaba en una nueva aventura: la televisión. En sus primeros pinitos, su rol se dividía entre extra de comedias románticas y entre el trompetero de la banda musical encargada de amenizar los programas de concurso del canal RTI. Sobre esta etapa se refería así: “Era como vivir en un museo, viajabas entre diversas eras del tiempo, entre set y set. Tu cabeza también se desplazaba y con cada cambio de prendas te apoderabas de una nueva personalidad, una nueva responsabilidad, no podías aburrirte. Al inicio solo eran papeles pequeños e insignificantes, pero esto no hizo mella en mi, al contrario, empecé a ir por los papeles grandes, no podías quedarte de pie mientras al resto les asignaban los papeles que naciste para hacer.”.

Y bastante cierto era que los papeles memorables le empezaron a llegar, llevaba bajo la manga la experiencia adquirida tras su paso en el teatro, eso junto con el dominio de su expresión corporal, proveía todo lo necesario para que la cámara lo enfocase con garbo en primer plano. Primero fue su papel en “El Faraón” el cual generó impacto, luego llegó la oportunidad en “Motivos” que desde el mero cabezote marcaba en nuestra retina la impronta de su nombre, y para el momento que estaba filmando ”Merina de Noche”, se dio cuenta que la hora del estrellato estaba marcada. Este triunfo llevaría el nombre de “Fercho Durango”, uno de los protagonistas que siempre será recordado por los televidentes, de una producción que marco un hito en la historia de la televisión colombiana: “Gallito Ramirez”.

Luego de este papel, llego la consolidación de su status como actor principal, trabajos como los de “Música Maestro” y “Quieta Margarita” hacen parte de la época dorada de la televisión nacional, referentes académicos y culturales de la actualidad. Papeles que sustrajeron algo de su vida privada, agotaron su zurda tras largas sesiones de autógrafos, decenas de colegialas y señoriales que le coqueteaban ante una espabilada Gloria Talía, cuyos celos empezaban a traicionarle mientras gestaba la llegada de Damian, el segundo hijo de la pareja.


Tras una época abundante de buenos papeles, buenos proyectos y buenos dividendos que le permitieron brindarle estabilidad a su familia, era el momento de mirar hacia las ideas dejadas de lado en la senda del éxito, sobre todo la posibilidad de compartir con la mayoría su actual momento. Así que cuando un grupo de colegas se acercaron para postularlo como representante de los actores ante una sesión del Consejo de Bogotá, no lo dudó y se preparó con talante para defender los problemas de su gremio. Una parcial victoria era más de lo que se esperaba, y ante el apoyo presentado por sus colegas, familia y amigos, decidió entonces llevarlo al siguiente nivel, este es un extracto de una entrevista dada en tiempos de la primera campaña: “Toda la campaña fue llevada con las uñas, todos mis amigos me ayudaron a generar exposición de mis ideas, a pesar de ser personas del medio artístico, fue difícil aprovecharlo a nuestro favor, a los dueños no les gustaba, así que decidimos llevar el mensaje de boca en boca, directamente a las personas que podíamos ayudar si lograba ser electo.”.

La campaña terminó siendo un rotundo éxito, logrando una de las más altas votaciones para un concejal en la capital, su lema de campaña: “Si votas por mi, haré tus grandes sueños realidad”, calo hondo en un público cansado de la política tradicional, no deseoso que la corrupción continuase reinante en una ciudad consumida en la degeneración. Pero Díaz estuvo a la altura de tamaña responsabilidad, llevando propuestas y proyectos en pro de los más necesitados y sectores afligidos sin representación política. Esto le permitió conocer de primera mano los problemas de la ciudad y las dificultades que enfrentaban la mayoría de ciudadanos, muchos de los cuales no disponían de un televisor en sus casas: “Llegabas a Ciudad Bolivar y la gente sabía que eras actor, pero pocos habían visto mis trabajos, porque tenían que laborar hasta altas horas de la noche, o simplemente no tenían televisión, algunos solo alcanzaban a ver alguna escena de paso por la panadería, si es que tenían con que comprar el pan. Esta experiencia me abrió los ojos, me di cuenta de lo afortunado que era, y tenía que aprovechar todo ello para beneficio de los más necesitados.”.

Junto a esta convicción, su trabajo duro y sobre todo a los resultados obtenidos tras finalizar su periodo, le permitió nuevamente ganar la confianza del electorado, quienes no solo lo reeligieron para un segundo periodo, sino para un tercero. No obstante, todas estas ganas y productividad iban en vía opuesta a la filosofía de la corporación, la cual se preocupa más de los puestos y la asignación de los recursos para el grupo político que representaban. Díaz nunca calló sobre los hechos que fue testigo y por lo tanto se ganó varios enemigos: “Era como trabajar en una ratonera, aunque llevaras buenas ideas y todas las ganas, ellos se agrupaban y derrumbaban todo un trabajo de meses. Tenías que luchar duro y nunca ceder a tus principios, solo esperaban a que bajaras la guardia para lograr mancharte y luego cobrártela, tenias que ser muy cauteloso. A veces llegabas a casa con ganas de tirar la toalla, tenías que sacrificar tu tiempo familiar y estar en el ojo del huracán a cada instante, pero no podía rendirme, muchas personas esperaban todo de mi trabajo, yo era su única voz.”.

Cansado de luchar ante una clase política amañada y con cada vez menos aliados, decidió buscar nuevos aires en su tierra natal, se presentó para las elecciones de alcalde en Santiago de Cali. El empezar de cero no lo mermó, poco a poco iba ganando adeptos, hasta que se encontró con una nefasta realidad: la ciudad estaba manejada en sus altos estamentos por la mafia: “Mucha gente no movía un dedo si estos señores no lo autorizaban, habían impregnado cada esquina de la política local con su dinero de dudosa procedencia. Habían aprendido bien de la generación mafiosa de los noventas, ya no se exponían, solamente se encargaban de manejar los hilos lo más cautelosamente posible, era muy difícil moverse en ese ambiente, pero lo intentamos sin ceder ni un milímetro.”. Una vez los resultados salieron a la luz, mostraron a Bruno Díaz en el tercer puesto y al candidato que en voz baja se decía que iba a ganar, con la más alta votación en la historia del valle. En ese momento se dio cuenta que el sueño había terminado, que esta etapa se cerraba, esa noche junto a su esposa y sus dos hijos, su discurso de aceptación de derrota concluía de la siguiente forma: “Los votos que obtuvimos, los logramos limpiamente, de eso me siento muy orgulloso, me siento orgullo de todos ustedes y me siento orgulloso de ser caleño, muchas gracias a todos de corazón.”.


Una vez finalizada su aventura política por la alcaldía, decidió establecerse en la ciudad que lo vio nacer, se reencontró con amigos y lugares que siempre había añorado. También fue un momento difícil familiarmente, Gloria Talía, su esposa de toda la vida le había pedido un tiempo y zarpó en un crucero por el mediterráneo. Díaz esperaba que el viaje y la distancia situaran las cosas en su lugar, que el amor ganará al final del recorrido como en las telenovelas en las que había actuado. Pero no sería así esta vez, tras bajar del avión, lo primero que hizo ella fue adelantar los papeles del divorcio y desplazarse con rumbo a Bogotá con ambos hijos. Ante el presente revés, Bruno se aisló del mundo para decidir que hacer: “Hasta que la muerte los separe, te dice el curita ese día, y en verdad te lo crees, pero la realidad es otra, y cuando se te estrella en la cara no sabes como reaccionar, no sabes que decir, estas solo frente a un papel que espera tu firma y tu único contacto con el mundo es un abogado, y no hablemos de los retoños, ellos son los que más sufren. Admito que mi carrera política afectó mi núcleo familiar, pero partes por esta senda pensando que todos están jalando del mismo lado y siendo pacientes en los momentos críticos, no pensando salir corriendo al primer respiro.”.

Sin salir de su casa, sin actuar, sin ayudar a su gente, pasó el fin de año y la feria de la ciudad. Su paz se vio interrumpida cuando su alma mater lo busco insistentemente para un inesperado ofrecimiento: “Llega el rector de una de las más prestigiosas universidades de la ciudad, y lo recibes en bata de baño y sin asearte en días. Veía su boca moverse pero no entendía las palabras, al final me quiso decir que sería un honor para ellos si aceptaba un grado honoris causa en la carrera que nunca pude terminar, en retribución por mi trabajo social y político. Él no esperaba respuesta de mi parte, solo dejo la invitación en la mesa y salió del apartamento.”.

Tomó varios llamados e insistencias de sus amigos y allegados para persuadirlo de asistir a la entrega del diploma como Economista. Pero la noche de la entrega no será recordada por la ceremonia en si, sino por los momentos previos: “Llegué temprano a la universidad, se veía muy diferente y grande a como la recordaba, recorrí cada bloque, cada salón, cada esquina, reencontrándome con el pasado. Tu sabes, ir donde hacíamos tareas, donde jugábamos voleibol, donde fumamos a escondidas, y demás. Hasta que faltaban como diez minutos para iniciar la ceremonia, y yo aún estaba merodeando por las salas de sistemas, un puñado de chicos estaban discutiendo en frente de la pantalla del computador. Tomé una silla y me quede unos minutos escuchándolos, ellos notaron mi presencia y se me acercaron para pedirme que les ayudara a desempatar una votación que tenían. No entendía de lo que hablaban, pero sentí que me conectaba otra vez con la gente, y lo mejor de todo era que ellos ni tenían idea quien era yo, era un simple caso de usabilidad. Me sentí de mejor ánimo y decidí pasar a la ceremonia, decidí afrontar todo lo que la vida me tuviera por delante.

Con actitud renovada y con ganas de comerse al mundo de nuevo, Bruno Díaz salió a inmiscuirse en todo proyecto que se le pasó por el frente, volvió a actuar en una obra de teatro pequeña, se reencontró con sus dos hijos en los fines de semana de visita y escribía una pequeña columna de opinión en un pasquín sobre los problemas de la ciudad. Nuevamente llegó una llamada de su universidad, esta vez no era para otra ceremonia, era del grupo de estudiantes con el que compartió aquella noche, querían mostrarle lo que la elección que él ayudó a tomar había logrado, esperaban que pudiera acompañarlos: “Había llegado a este pequeño garaje donde trabajaban, tenían más computadoras que escritorios donde ponerlos. Yo ahí sin saber que decir, hasta que me pasaron un celular y me dijeron que hablara claro al micrófono y preguntara quien era Bruno Díaz.”.

La respuesta lo movió de la silla, la cantidad de información, referencias y estadísticas sobre su vida era inmensa, su vida estaba mapeada en una red de ideas tan extensa que la pequeña pantalla del dispositivo ni lograba mostrar completa, la manera como su voz y sus dedos controlaban la aplicación lo maravilló, a pesar que sus habilidades tecnológicas eran nulas, el programa era intuitivo de utilizar. Todo partía de una frase y la pantalla lo expandía en formas que para ese momento nadie había imaginado. Luego de pasar horas jugando y preguntando sobre la aplicación, los estudiantes le contaron la verdadera razón de la llamada: para terminar la aplicación y publicarla en Internet, necesitaban dinero que no poseían, todos los ahorros se habían agotado y aún les faltaban un par de semestres para terminar sus carreras. Pensaban que él era el indicado para ser el socio capitalista.

Díaz salió del campus universitario sin dar una respuesta, le sorprendió de sobremanera lo visto en el garaje, pero no sabía nada de ese mundo, y no era claro como iba a recuperar esa posible inversión: “Eran unos chicos muy pilos, de eso no cabía duda, pero soltarles dinero así como así, sin entender en que lo iban a invertir o como lo iban a devolver, me generaba dudas. Le di varias vueltas a la idea en mi cabeza, hasta que una noche me pregunte a mi mismo que diría mi (ex) esposa si llegará a casa con ese tipo de idea. Seguro no le gustaría y me daría todas las razones del mundo para no aceptarla, así que lo primero que hice al otro día fue llamar a los muchachos y preguntarles cuanto necesitaban y en que cuenta bancaria les consignaba.“.

De sus enérgicas actividades, la que más demandaba su tiempo y atención era la startup, solo tomaba pausa para encargarse de su hijo menor, Damian, a quien ayudaba en sus tutorías y prematura crianza, de su hijo mayor empezó a notarse cierto alejamiento que duro hasta el final de sus días. Es en aquellas tardes grises de la sucursal del cielo cuando tomaba dirección de los pubertos ingenieros, sabía que sin importar la hora siempre encontraría la luz encendida: “Yo los veía voleando código de sol a sol, probando y gritando a sus celulares, aún así era un lugar para ir a relajarse, compartir con otro tipo de personas, donde podías ser uno más de la manada. Fuera de eso, a veces les ayudaba haciendo pruebas, valoraban mucho el hecho que yo no conociera del tema ni del uso de la tecnología, ellos me confesaban que ese era el tipo de público al que apuntaban, que iban a poner la industria de cabeza.”.

Pronto se hizo eco de las ocurrencias codificadas en aquel garaje, desde ese momento decenas de artículos, entradas de blog y conferencias se realizaron para dar a entender una nueva plataforma que se forjaba en una provincia del pacifico sudamericano. Titanes de las empresas más emblemáticas de tecnología hicieron sus apuestas económicas y ninguno sabía como hacerle frente: “Fue un linda etapa, un poco incomoda en las negociaciones, verás, los muchachos eran estudiantes sin grado aún, sin ningún tipo de experiencia, no sabían nada del arte de negociar, de ese intrincado que es venderte a otro. Yo no sabía ni entendía lo que hacían en las noches hasta la madrugada, pero sabía como cerrar un negocio, lo hice toda mi vida, ademas soy actor, es un personaje que nací para representar (risas), así que vestí mi traje de bodas de plata, con gomina moldee mi cabello hacia atrás y añadí un acento neutro a mi voz. Mi tarjeta de presentación dice que soy un ejecutivo, mi corazón dice que soy un artista, mi cerebro dice que soy un jugador, y actué como tal. Logré un gran precio por la empresa, mientras los muchachos se concentraban en lo que amaban, en lo verdaderamente importante.”.


Bruno Díaz podía afrontar cada problema y lidiarlo hasta encontrar solución, pero una vez la familia se separó ese instinto se perdió. Gloria Talía aún continuaba en la capital tomando distancia de la relación, mientras el primogénito estaba estudiando un posgrado en Buenos Aires, así que el ahora actor convertido en inversionista tuvo que lidiar solo los resultados de los exámenes de ingreso al colegio de Damian, que a primera vista eran rutinarios. Los médicos de Damian no entendían el significado de los resultados, los repitieron múltiples veces, pero el desconcierto era exponencial. Con la autorización de ambos padres, enviaron varias muestras a los Estados Unidos y Canadá, este último país confirmaría lo peor, Damian estaba desarrollando una batalla interna contra si mismo. A pesar del temprano diagnostico y el gran equipo médico que estaba a su disposición, el Glioblastoma de grado cuatro era claro e irrefutable, un diagnostico cruel que afecta a un grupo menor de la población, siendo la probabilidad de su ocurrencia en menores de edad una de las más pequeñas de todas las enfermedades que la humanidad ha conocido en existencia.

El dinero desde hace tiempo dejó de ser una urgencia para la familia, contaba con más de lo que pudo haber imaginado como actor amateur de tablas en la provincia, la batalla era contra el tiempo para hallar una cura o retrasar el avance de la enfermedad de su hijo. Pronto Bruno Díaz se dio cuenta que ni todo el dinero del mundo le podría devolver la salud a su ser más querido. Ahora pasaba más tiempo en aviones y escuchado eruditos en diferentes idiomas que compartiendo con su hijo, cada abrazo que con el recrudecimiento de los síntomas podría ser el último. Completamente devastado, un día me lo presentó todo en perspectiva: ”Siempre hemos sido afortunados, a pesar de las dificultades hemos logrado encontrar el camino, siempre enfrentado las vicisitudes de la vida con energía, nunca nos había faltado salud alguna. Con Damián es diferente, llegó en un momento de crecientes recursos, lastimosamente debe sobrepasar algunos inconvenientes de salud, y ni siquiera puedo pasar el tiempo que desearía con él, debo encontrarle alguna cura.

Su tragedia era la tragedia de muchos, anónimos tras los bastidores de la cotidianidad, la única diferencia era que él podía ser un agente de cambio, la misma filosofía de sus primeros días políticos, tenía el músculo financiero para echar la idea a andar, tenía la trayectoria para aliviar en cierta medida el dolor de la gente. Un día con rostro convencido me lo contaba en detalle: “Haces la actuación de tu vida y te forras en plata, haces la aplicación del momento y todos quieren comprarla. Damos la atención y recursos a cosas que no lo merecen, porque al final del día, la fama y el dinero no te llevan un vaso de agua a la cama, no te dicen que todo va a estar mejor con un abrazo. Tal vez nuestra atención y recursos deberían ir enfocados en donde el cambio sea discernible, donde la vida y la muerte llevan un hilo de diferencia”.

Entre las diversas actividades socioculturales en apoyo a la comunidad caleña, aún se recuerda su exitoso retorno musical con un compilado de las mejores canciones de salsa del siglo, cuyas ganancias fueron destinadas a un número afortunado de fundaciones. También se metió mano al dril con la intención se empujar la investigación científica nacional, aprovecho su fama y fortuna para organizar cenas, charlas y teletones, todo con la esperanza de un pronta solución, para vivir un día más junto a Damian a quien debía ocultar el estado de su progreso y el de todo un país aquejado: “Vas a averiguar cual es el estado de la investigación de cáncer en el país y te das cuenta que los tres gatos que encabezaban el proyecto están recluidos en España, y todo el grupo de profesionales que les acompañaba están desempleados o trabajando en laboratorios por algo más que el mínimo salarial. Te leíste y te estudiaste toda una carrera, para que al final del día ganes casi lo mismo que el administrador de empresas de la firma farmacéutica.

Tras una visita al Hospital de la Misericordia por el alumbramiento de una de sus primas, dio cuenta de una realidad que no había considerado, la cantidad de niños en las alas reservadas a quemados, maltratados o padeciendo cáncer. Infantes con la mirada pérdida acompañados por unos padres impotentes de acción, los aportes económicos de Bruno Díaz no cubrían la escena que estaba presenciando, pero era la más simple de llevar a cabo, brindar alegría a otros lo llevaba en su sangre, lo vestía en su ajuar actoral. Solo necesitaba un símbolo que conectara la brecha entre niños y adultos, todo se hizo más obvio cuando llego a casa y encontró a Damian leyendo una roída historieta encontrada en el sótano de la casa, el hombre murciélago, el mejor detective del mundo, el caballero de la noche, pronto se puso manos a la obra.

Sabía que la clave era estar ahí para los pacientes, pero la efectividad llegaría con la naturalidad del disfraz, con el tono correcto de la voz, con el portento físico, la adecuada idea que entre todos venceremos cualquier dificultad que el camino nos depare. Pasaba los días en su taller, jugueteando con la idea del material, el color, el antifaz, la capa, debía probarlo contra el clima de la ciudad, donde encontró que en ciertas épocas del año era dificultoso utilizar el traje completo, a veces debería improvisar con una simple trusa: “todo sea por los niños”, entendía el valor infinito de una sonrisa, algo que ni todo el dinero del mundo podría comprar.


Los buenos tiempos de la ciudad siguieron en alza, los principales cabecillas de la mafia eran capturados o dados de baja, mientras los niños enfermos y discapacitados eran visitados por el héroe del valle, ahora tenía que llevar la escena al siguiente nivel, necesitaba un medio de transporte digno para el caballero de la noche. Para lograr su cometido, participo en la subasta de extinción de dominio organizada por la policía como castigo moral de los capturados, entre los objetos avaluados se encontraba un Lamborghini confiscado a un de los principales capos del Cartel de Cali, alias “Serpiente”. A pesar que los ingresos de la subasta serían reinvertidos en el pueblo, la escena dejaba en Bruno Díaz un mal sabor de boca tras la compra: “Queda un sentimiento de impotencia al momento en que te entregan el Lamborghini en el parqueadero, te dices que has podido adquirir algo que muy pocos pueden darse lujo, y entonces miras al asiento del copiloto y vez a tu hijo demacrado con la cabeza rapada y con frío en una ciudad de 23 grados de temperatura promedio. Lo he comprado todo y no siento nada.”.

Al llegar a los hospitales y fundaciones en su nuevo batimóvil, las expresiones de los niños eran de diáfana alegría, algunos de ellos enclaustrados hacían todo lo posible por salir y tomarse una foto con el otrora objeto mal habido. Para Díaz, el recorrer la autopista de Occidente a doscientos kilómetros por hora le otorgaba un sentido de liberación en un mundo frustraciones, obtuvo a su nombre algunas infracciones de transito, pero la mayoría de uniformados que lo detenían le daban paso libre al verle de antifaz y capa. Por otro lado, un último tratamiento de orígenes escandinavos prometía mejora en el joven Damian, pronto podría permitirse al pequeño vestirse de pantaloneta y mallas como el chico maravilla, llevarle como sidekick en sus aventuras filantrópicas.

Con la captura de los capos y los procesos de extradición en proceso, las bandas pequeñas y los malandros emprendedores decidieron tomar por mano propia el vacío de poder, la temporal paz de la ciudad se vio interrumpida por la voracidad y la ambición de las bandas criminales. En su afán de amasar fortuna y financiar el comercio de estupefacientes, se fueron lance en ristre contra la misma sociedad: comercios, templos, jardines, hospitales, todo lo que tuviese algo de valor era blanco de los bandidos emergentes, y uno de estos grupos decidió asaltar el Hospital de la Misericordia el mismo de día que Bruno Díaz y su hijo Damian asistían a un acto de caridad para los niños con cáncer.

Por su estatus de protagonista de novela, Bruno Díaz no podía permitirse anticipar a los establecimientos favorecidos con su plata y su presencia, por lo tanto, solo el gerente del hospital y su secretaria estaban al tanto de su arribo, todos concordaban que este era un acto para los niños y no para la prensa, los únicos testigos serían los chiquillos como pacientes, el grupo disminuido de enfermeros y las cámaras de seguridad de baja fidelidad, quienes posteriormente lo narrarían todo.

Los recortes de presupuesto dejaron al grupo mal pago de enfermeros en inferioridad numérica respecto los asaltantes, quienes los encerraron en el dispensario. Mayormente equipo técnico y en menor medida dinero en efectivo eran movilizados en furgonetas por unos malandros vestidos con mascaras de payaso, hasta que el jolgorio entre héroes y niños llamó su atención, en la sorpresa uno de los delincuentes disparó en cambio en preguntar y el gerente con su secretaria yacieron a la vista de Bruno y Damian Díaz en pleno disfraz. Las cámaras de seguridad encuadraban la escena como callejón oscuro en la parte trasera de un teatro, donde era posible ver y escuchar al hijo sollozando ante el victimario: “¡No le dispare a mi papito señor malo!”, una y otra vez lo repetía, pero el redoblar de las balas fue lo último que vería. El material audiovisual era tan vil y crudo que se podía olisquear la pólvora que expedía el cuerpo del superhéroe, el olor a fierro de la sangre que a borbotones va cubriendo el piso, ante los pies de unos niños aterrorizados y decrépitos.


De tragedia nacional titularon los principales diarios, las condolencias insuficientes del señor Presidente con los vallecaucanos y connacionales llegaron a oídos profusos, mientras en Juanchito una agremiación de artistas marchaban entre sollozos la perdida de su amigo y profesional de la actuación y el canto. Existía una suma importante por información que llevase a la captura de los bufones facinerosos, pero al otro lado de la tragedia, el Hospital de la Misericordia debía cerrar sus puertas a los niños desahuciados con cáncer, tras el hurto no se contaba con el equipo suficiente para su cuidado y tratamiento, igualmente se descubrió un desfalco en la firma de los seguros que cubrían esta clase de situaciones, oculto a la vista de todos desde hace un lustro, otro titular de otra noticia.

Los medios cubrían los acontecimientos desde medicina legal, donde se develaba la ironía, en que si hubiera utilizado el traje completo y no una simple trusa como disfraz, Bruno Díaz hubiese logrado salir con vida de los impactos de bala. Se revelaba igualmente que la cara quedo tan destrozada tras el tiro de la escopeta, que en el velorio se vieron obligados a dejar la máscara del caballero oscuro puesta. Dicen que cuando fallecemos perdemos 21 gramos, pero en el caso de Bruno Diaz, ganó 21 libras tras la puesta del traje del popular súper héroe para efectos del sepelio.

En indagación judicial realizada vía teleconferencia con la cárcel de máxima seguridad en Paris, Texas, se le preguntaba a alias “Serpiente” sobre el fallecimiento del señor Díaz, si posiblemente el motivo de lo ocurrido tenía que ver con la adquisición del vehículo de lujo que antes era de su propiedad. Esto fue refutado rotundamente por el capo, quien vestido de overol naranja respondió calmado y sereno: ”Verá, somos criminales, pero también somos padres, es imperdonable despedirse de esa manera de un hijo. Siempre he sido fanático de sus actuaciones, me encantan todos sus personajes.”. Cuando se le pregunto al compañero de celda de alias “Serpiente”, sobre la reacción de su patrón tras la subasta, este respondió: “El jefe solo dijo que esperaba que llenase el tanque del Lamborghini con gasolina tipo Premium y no con corriente.”.

En la ciudad del silicio donde los socios fundadores de la startup ahora residían, enviaron las debidas condolencias a la familia, pero sin embolsar un peso de apoyo a la causa que el finado Díaz defendía, pues el precio de las acciones retrocedía y la atención de los usuarios en sus dispositivos empezaba a dispersarse, tal vez empezaban a notar, para qué más atención si nuestros cuerpos se pudren en la dolencia, tal y como sucedía con Damian Díaz, quien si una bala de escopeta no se le llevaba la vida, el cáncer seguro la encomienda cumpliría.

Ante el vaho que desprende el asfalto tras la lluvia vespertina, me adentro de nuevo en la sala de velación, al interior es posible sentir el desconsuelo entre los cientos de fervientes admiradores quienes pasan uno por uno al féretro dando el sentido pésame con rostros llenos de desesperanza, entonces recuerdo una frase de nuestra última conversa: “Y no importa lo oscuro de la noche, no habrá escondite para la maldad.”. Puede que la flama de su vida haya sido impunemente extinguida, pero la magnanimidad de su obra será narrada por las generaciones venideras, quienes creemos que vale correr el riesgo de construir un futuro mejor para todos y cada uno, este es el legado excepcional que Bruno Díaz ha dejado entre nosotros.

  • Corrección: El artículo original indicaba erróneamente que Damian Diaz falleció consecuencia de la herida de bala que lo mantuvo en estado de coma, el informe oficial reporta que fue debido a una falla renal consecuencia de la penosa enfermedad contraída hace varios meses.
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