Cuentas.

Una vez supo contar, miró a la derecha.

Después, tras la revelación del número y la cuenta, miró en sus dedos los mundos existentes, y dejo los vacíos en su mano izquierda. Tras el paso de la estrella del amanecer y en vísperas de primavera, cuando despertaba el corazón de la tierra esos mundos se juntaban, en las manos de los hombres que querían atrapar con ellas la totalidad del río, la inmensidad del agua, y apagar así su determinada sed.

Está sed, incontenida; adentro del vientre, nos recordó el símbolo perpetuo de la alianza de las aguas milenarias, que entre los movimientos del plenilunio originaron los ojos, para realizar la luz y cubrir de fuego nuestra sangre, aquella que con los mismos dedos fuera estampada sobre piedra, para perpetuar las cuentas, de los vivos, y de los muertos; aquella misma sangre que broto del umbral del viento para ponernos adentro del mundo, cada vez que de su fruto retoñaba el sueño.
 
 Fueron contados cada uno de sus poros, y sus rezos repetidos volvieron de un collar los gobiernos y las religiones, escritos desde la caverna milenaria en alianza con el fuego volcánico desde el que se hicieron las primeras cuentas, de los vivos y de los muertos; sobre sus pieles, en las piedras y con sus tallos untados de la sabia bruta de sus propias aguas; esparcida en volúmenes completos como matriz de los almanaques, los tributos, y la visiones.

Cuando encontraron los pagos dieron alimento al arte, pues eran transmutadores de la realidad del espacio y el tiempo. Aquellos buenos pensamientos contados; se volvían fabricaciones, avances, deseos, y propósitos. En cada cerro y en cada laguna fueron depositados los cristales líquidos de su contenido puro. En ellos alumbraba al cielo, el retorno colorido y pasajero de las novedades y las aves.
 
 Cada paso, cada palabra, cada instante, cada respiro, tenía una cuenta. Eran los escribas quienes por medio de sus levitaciones lograron entender el concepto de la nada, y el peso de la totalidad del mundo. Así cada planta, cada animal, cada piedra, en su propósito debía ser tallada en el registro terrenal, por obra y servicio al dueño de los números, al de los nombres y al de los alimentos.

En la mano izquierda fue sujetado todo el concepto de aquello incontable, y delegado el favor de las altas magias. En sus lenguajes fue descrito lo oculto y entregado el secreto de las puertas a la invisibilidad y la desmaterialización. Los intercambios con los otros mundos no creados asentaron la estabilidad cósmica, para que así todo lo soñado entrara en las cuentas e hiciera parte del círculo de los ciclos.
 
 Entre el viento y el sonido de las aves, se enredaron sus manos, de nuevo, para dar vuelo al deseo por el otro, y petrificarlo en el tiempo de los deseos y el poder. La cuenta de los nidos, las hojas de liquen, y los frutos de algodón sería entregada antes de la media noche; para abrir los hilos dorados de su noble descendencia, en otro día, en otra cuenta.