Nada para celebrar.

“La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz.” Rigoberta Menchú.

No podemos celebrar el fin de una guerra. Solo hacer silencio y comprometernos a no generar una nueva. No podemos cantar victoria si no estamos del lado de un bando o de otro. No podemos sonreír esperanzados por nuestro futuro si nos duele el pasado. Así este todo perdonado.

No podemos celebrar el fin de un maltrato, solo dejarlo al olvido, a ver si así, cuando lo tape el polvo de la tierra, sepulte también así nuestros peores recuerdos, nuestros peores días. No podemos oler la gloria en la estafa ni decirnos mentiras para los portarretratos. No podemos armar una fiesta con aguardiente para reírnos de lo que pasó y de lo que viene. No podemos seguir el juego, cuando jugamos otro, y somos espectadores de un juego sin reglas, o de un despelote.

No podemos irnos y decir, la cagamos, la cagamos con toda, pero ya está; nos dimos cuenta tarde. No podemos celebrar nuestro paso a un nuevo futuro, sin darnos cuenta que estamos parados sobre un pasado confuso. No podemos decir, nos equivocamos y ya está. No podemos decir que el castigo nos alivie, no podemos decir que el perdón nos libre de las cargas. No podemos olvidar.

No podemos agradecer que cambiaron de parecer, no podemos renegar tampoco que no lo hicieran, cuanto antes, porque hasta ahora, porque no antes, porque después, porque putas siempre tan tarde. No podemos celebrar el fin de una guerra como una victoria deportiva, confundiendo fervor con cinismo; solo podemos esperar a que los violentos callen, en cualquier rincón, los del monte, los del congreso, da igual. No podemos comer todo entero, solo por tomar un partido, no tenemos que obligarnos a embaucar la paz en nombre de un acuerdo político, nuestro bando se mantiene al margen de los bandos, no somos parte del negocio, somos observadores, no eslabones, no somos socios.

No podemos decir esto se acabó, hasta acá llegamos con la guerra, si ya creamos la materia prima de nuestra cultura violenta. No podemos celebrar que el edificio dejó de caerse, sino empezar a barrer las cenizas, a ver si podemos algún día, reconstruir uno nuevo, así sea de falsas esperanzas. Dejemos la celebradera, ya ofensiva, humillante, peor. No quiero celebrar el fin de una guerra, solo quiero que callen, a ver si su silencio tapa al fin todas sus mentiras, y por lo menos podemos llorar todos nuestros muertos, también a ver si al fin se callan.

No podemos festejar que dos personas ya no se pelean, y repartir las apuestas, y caer en el juego. En la cultura del ganador y el perdedor, del villano y el héroe buscamos el premio, y la recompensa; pero no el reconocimiento que buscamos, ni el respeto por la diferencia, ni el valor que nos enaltece, ni siquiera lo que nos agrupa. Tampoco nos es indiferente. Aquí nadie ganó, aquí perdimos todos y más que dinero, energía y tiempo; no podemos celebrar que estamos perdiendo un poco menos, no podemos celebrar por que pagamos las facturas vencidas.

No podemos celebrar algo incierto, como las posibles posibilidades infinitas, de lo que pueda ser. Celebrar es una ilusión, una ilusión peligrosa que nos abre las puertas a la indiferencia, pues aquí nada pasó, aquí todo esta perdonado, cuando celebramos más, como si todo fuera únicamente celebración, saludo, y tanta cortesía. Como si la arrogancia de una guerra no fuera suficiente para que todos tuvieran vergüenza y algo de piedad verdadera, para no mostrarse con tanta arandela, con tanta ceremonia, con tanta formalidad, ornamento y galanía; como victoriosos reyes, compartiendo las ganancias de un botín, chocando las copas de la misma orgía.

No podemos festejar que fuimos raptados, por juego, por venganza, por poder, no podemos festejar que nos fueron vendados los ojos y amarradas las manos y ahora no las sueltan para ver, de eso no se trata, eso no es resiliencia eso no se celebra, eso no se agradece, eso así no se cura.