Fotografía: ©Danielle MacInnes

EN DESBANDADA

Reflexiones sobre el pesimismo puertorriqueño


“la vida es una alternativa entre la frustración y el tedio” 
(Arthur Schopenhauer)

Entre las exigencias sociales, académicas, morales… de nuestra época (nombrarlas sería tan absurdo como la lista de resoluciones de cada año nuevo), y el poco o inexistente margen de error permitido para cumplir con nuestro deber — que no es otra cosa que la demostración pública e irrefutable de lo útiles que somos para el resto de la sociedad—, estamos asidos de cima a sima. Así que, no se necesita un PhD en matemáticas puras ni expertise en algoritmos para que las posibilidades auguren una estrepitosa caída al vacío. No es de extrañar, pues, que el único común divisor de nuestro pueblo sea el pesimismo. Decir esto en voz alta es revolcar el gallinero de pseudomoralistas y pseudocríticos, esos que parece que cargan con regocijo un Magna Cum Laude en rosarios de la aurora.

De modo que aquí, colonia sucesiva de dos imperios, se nos murió lo real maravilloso y el realismo mágico. Se escuchó un boom, ¿lo oíste? Pero como todo espacio vacío tiene que ocuparse, se nos colaron por la cocina teorías de conspiración con sabor a foie gras de tórtola y mousse de coco.
Fotografía: ©Hans Eiskonen

Siete son los pecados capitales y siete los posibles círculos, según las teorías de conspiración más difundidas en los últimos años, en que los puertorriqueños pueden segregarse:

Los de lujuria y gula

Mientras los unos se pasan la vida descubriéndole el fuego a los demás, los otros se atrincheran en el escepticismo propio del jíbaro antisocial: protagonista de la historiografía de Brau.

Los de pereza y avaricia

En el ínterin, los unos se refugian en lo poco práctico que es escalar porque su subconsciente les canta por nana: “cuanto más arriba se sube en la cima más duro seguro será la caída.” Los otros, ascienden sin pausa ni tregua para asegurar balcón con vista panorámica en el encierro de sanfermines de la colonia. Desde lo alto, las Julietas se desternillan de los pobres infelices que huyen entre cornada y cornada con el mea culpa a cuestas. Estrellados, los Romeos no se enteran que heredaron su condición de carne de cañón para esta corrida de color magenta: las proporciones de rojo y azul nunca estarán claras.

Los de ira y envidia

Los próximos son dos grupos de extrema. Los unos, imperiosamente ascienden a niveles olímpicos, poseen la destreza de gladiadores del tiro al blanco. Estos semidioses juegan a lanzar escupitajos y, de vez en cuando, lo hacen al unísono para sentarse a disfrutar del concierto de guerra del inframundo. Los otros, los que sueñan con probar el néctar y la ambrosía, nunca invertirán en intelecto o servidumbre, sino que optan por un camino diferente: descender más allá de lo posible y gozar más allá de lo imaginado. Éstos últimos, son los números rojos desechados en la fosa común cuyo epitafio reza: “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver.

Fotografía: ©Eder Pozo Pérez

Los de soberbia

Entonces, henos aquí, los pájaros perdidos de la bandada, sin encontrar dónde posarnos, dónde descansar un poco de tanto aleteo.

En este momento decido dejar a un lado, por un rato al menos, tanto caos existencialista que va desde la prensa, amarillo pollito, hasta los comentarios debajo de los memes sobre la independencia yanqui. Y cuando estoy a punto de llegar al estado R.E.M. de esparcimiento, el día me da la estocada final. Vuelvo a mi justo lugar. Aprieto con fuerza el libro de historia que está en mis manos y Salvador Brau me calienta las orejas en medio de mi polución nocturna, tal como lo hizo con los puertorriqueños de hace más o menos 100 años: “es verdad que lo expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa… bastan para calificar la riqueza soñadora de nuestra fantasía.” Entonces reflexiono: la próxima vez que quiera alienarme, me pongo una peli de Nacho Vidal.


4 de julio de 2016
Hatillo, Puerto Rico