01 - A mí estas cosas…

…pues me dan miedo… qué quieres que te diga.


Hay que ver lo que ha cambiado la noche, ¿verdad? Casi acaba siendo una ridiculez contar tus correrías nocturnas delante de un niño de veintipocos. No sé a ti, pero a mí me mataba eso de escucharle decir: “¿Eso sólo?” Semejante cara de sorna era digna de ser rota a patadas, claro. Pero tampoco era cuestión de dejar sin cara al camarero de la cafetería donde desayunaba todas las mañanas antes de ir a trabajar.

¿Pero a quién se le ocurre acabar hablando de la noche, de tus noches, con alguien que sólo sabes que se llama “fulanito”? Pues a mí, claro. Eso de escuchar una conversación y meterme en medio sin que nadie me llame es una falta que siempre he tenido. Dos chavales que servían cafés a ritmo del “pum-chin-pum-chin” que les habían grabado el sábado pasado en la discoteca:

-¡Buah, tío! ¡Qué pelotazo! Ha sido poner esta sesión y me ha vuelto a subir todo.- Te aseguro que esa frase es más común de lo que te imaginas. Esto ya no es una exclusiva de gente tatuada hasta el ojete y cincuenta piercings repartidos por todo lo largo y ancho del cuerpo. ¡Para nada! Te aseguro que te sorprenderías si vieras el pedazo de abanico enorme de gente que sale y se pone hasta el culo con lo primero que pilla. Ahora tocaba meterme yo en la conversación.

-¿Y quién pincha?- Así, sin avisar, y con cara de importancia, como si uno naciera sabiendo pilotar aviones. -Pincha ‘el peseta’.- ¿Perdona? ¿‘El peseta’? ¿Dónde quedaron los apodos que sonaban a aires de grandeza. Había apodos que sólo de leerlos ya pensabas en fama, aunque no les conocieran ni en su casa. Bien… ahora tocaba hacerme el entendido. -Suena bastante a Mulero, ¿no crees?- ¡Chan tatachán! ¡Sí, el calvo entiende de música! ¡Alábame, perra!

El camarero levantó sólo una ceja, se quedó con cara de “su tabaco, gracias” y preguntó: -¿Quién es ese?- ¡BAM! Entre los ojos. No me molesté en recoger los trocitos del suelo. Sólo me limpié la sangre de manera digna y respondí lo más rápido posible: -Mulero, búscalo en Google. Seguro que te gusta.- El chico asintió con la cabeza. Punto.

La conversación entre los camareros continuó: -¿Y a ti qué tal te fue la noche? Yo perdí la cuenta como a las cuatro de la madrugada.- El otro chico ni se rió, ni se preocupó… nada… sea lo que fuese de lo que había perdido la cuenta, debía ser algo normal. El otro camarero no se deshizo en palabras:-¿Qué llevabais?- Aquí venían por fin las respuestas. ¿Qué es lo que consume esta juventud?: -Éramos siete y llevábamos veinticinco ‘smilies’ y cuatro gramos.- Chico, los pelos como escarpias. La sorpresa fue tal que no me di ni cuenta de que, lo que acababa de pensar, lo había dicho en voz alta: -¿Mezclando? Mal rollo, chaval.-

De nuevo vi la cara de “su tabaco, gracias”. Sólo que esta vez se había quedado en “su tabaco… y ahí está la puerta”: -¿Qué pasa? ¿Te sorprendes? ¿Me ves mal? ¿Quieres otro café?- Esto no podía terminar bien. Yo he sido el primero que ha salido y ha hecho el cabra. Pero no era cuestión de empezar con comparaciones, y menos sobre estos temas, pues además de gilipollas, tenía todas las de sonar a madre haciéndose la moderna y eso desembocaría en un cambio de cafetería de inmediato y por el resto de mi existencia. Lo malo es que volví a decir en voz alta lo que acababa de pensar: -No sé… todo eso de las mezclas… a mí estas cosas me dan miedo.- Genial, había quedado como una madre, pero ni moderna, ni hostias. El animal en cuestión me volvió a dedicar otra sonrisa con sorna: -Anda, hoy te invito yo al café.- La conversación se acababa y no había quedado yo por encima. ¡No puede ser! Tenía que pensar algo, y rápido: -Hombre, muchas gracias. Un euro menos que te gastas en pirulas.- ¡Seeeeh! Ahora tenía claro que no podía volver jamás a esa cafetería. Pero a ver quién era el guapo que me quitaba ahora esta sensación de grandeza.