Sufrí acoso escolar, y puedo contarlo 💪

Lucho, un peluche, fue el único amigo de Diego.

Hace días que me ha dejado triste la noticia de la muerte de Diego, un niño de 11 años que ya no pudo más y acabó con su vida. Porque entiendo la situación de Diego perfectamente, os voy a contar mi experiencia, por si sirve de algo, aunque sea para no quedarme dentro el recuerdo tan negro que tengo de esa época de mi vida y se me pudra en las entrañas.

He escrito y reescrito este texto numerosas veces, en los que se ha quedado guardado como borrador de este blog durante días. Días en los que pensaba que si le daba al botón de Publicar iba a desnudarme demasiado. Y no literalmente. Tengo mucho que contar y me gustaría hacerlo bien y que se entienda.

Cuesta reconocer que he llorado en el primer día del colegio, y hasta del instituto, con mis buenos 14 y 15 años. Sí, señor. Éste que escribe el primer día de curso de 2º de BUP se hinchó a llorar encima de su pupitre. Yo, que estaba deseando que se acabara el verano para volver a la rutina escolar, a tener libros que leer por obligación, a comprar bolígrafos de colores para hacerme mis esquemas y estudiar… Yo era de los niños que se alegraban al ver el anuncio de la vuelta al cole de El Corte Inglés en mitad de agosto con la perspectiva de volver a clase a estudiar. No por la idea de volver a ver a ninguno de mis compañeros.

El acoso escolar al que me sometían niños de mi edad desde párvulo no me quitó nunca las ganas de estudiar. La lectura me chiflaba. Mi madre me compraba libros y tebeos para los días en los que por una afección de garganta pasaba muchos días de invierno en la cama en casa, a salvo de los salvajes. Muchos días el dolor de garganta no era tal, pero me venía bien disimular y no aparecer por el matadero.

Esos días, mi principal acosador, un niño que respondía a las iniciales de I.C.G., jugaría a maltratar a otro, supongo. Yo no era el único niño débil de la clase. Tampoco el más desprotegido. Mis buenas notas y situación me hacían ser el favorito de los profesores. Lo que hacía peor la situación de acoso.

Mis padres me llevaron al sicólogo porque tan pronto caía la tarde me entraba un dolor en las costillas insoportable. Resultaron ser terrores nocturnos que aún hoy día duran. Mi novio se descojona un poco cuando me ve encender todas las luces de casa de camino a la cama.

I.C.G. y sus acólitos, hoy presentes en Facebook y en las reuniones de antiguos alumnos, hacían un pasillo a la entrada y salida de clase, a la hora de ir al recreo al patio y al volver, para “darme una catea” que es como llamamos en mi Cádiz natal a una buena tunda de collejas cuando pasas por el túnel.

Mi citado acosador venía a buscarme a dónde quiera que fuera en el patio del recreo para robarme el bocadillo o el bollo del mediodía. Doña Ernestina y Doña Rafaela, mis profesoras de esa etapa, eran más que conscientes del daño que me estaban haciendo. Poco hacían para impedirlo. Aunque sé que no me quitaban ojo en el recreo, el día que me partieron un labio no hubo castigo para mis agresores.

Me insultaban y escribían en la pizarra “Correas, sidoso”, porque en esa época ya no se conformaban con llamarme maricón. Te decían sidoso, por la recién conocida enfermedad del SIDA, para encima hacerte parecer un bicho que podía contagiar a los demás.

Cuando volvía a mi casa siempre lo hacía corriendo y con cinco o seis niños detrás de mí. De la calle Arbolí a la calle Sagasta de Cádiz no habrá más que cinco o seis calles, en cuesta, eso sí, y el aquí presente parecía Forrest Gump por las carreras que me daba buscando mi salvación, cuando llegara a la casapuerta de mi casa y desde el patio gritar “mamá, mamá”. Si conseguían alcanzarme acababa con la mochila por el suelo y algún bofetón. Y llorando, claro.

Un día a la semana entre los ocho y los nueve años tenía catequesis para preparar mi primera Comunión, clases que se impartían en una parroquia cercana. Esos días merendaba en casa de mi hermano mayor, que vivía dos esquinas más allá del colegio. La de veces que tuvo mi hermano que salir a espantar a los brutos y la de veces que subiendo a su casa me diría “tú lo que tienes es que contestarles, devolvérsela, enfrentarte a ellos”. Como si esos fueran los mejores consejos, o sirvieran de algo, más que para hacerme sentir aún más estúpido y desvalido.

Acabas pensando que no tienes futuro, si tu futuro va a ser siempre como lo que estás viviendo. Y te planteas qué puedes hacer para acabar con todo, cómo se suicida uno, si vas a sufrir en el proceso y si antes de hacer nada, pero no con tanta antelación como para que te pillen y te lo impidan, te tienes que despedir de tus padres, tu tía Angelita, tus hermanos…

Cuando llegué al instituto algo cambió, para mejor. La mitad de mis acosadores pasaron al mismo instituto que yo. Pero TUVE AMIGAS. Tengo que agradecer la amistad y el cariño de mis amigas Yolanda, Sara, Patricia,… Gracias a ellas empecé a ser más fuerte. ¿Os podéis imaginar lo que uno disfruta de las primeras veces en que uno conoce a los padres de sus amigos y va a casa de otros a hacer un trabajo grupal para clase, y merienda con la familia de un amigo, amigas mías en este caso?

El instituto sonaba mejor que el colegio. Aunque me enamoré de un chico en 2º de BUP, y se lo dije, y la líe parda. Cuando vi la serie Glee y como reflejaba el bullying en un instituto me sentí muy identificado. Dicen que muchos de los maltratadores lo son porque tienen conflicto interior con su propia homosexualidad.

Y todavía no le había podido contar a nadie que un amigo de la familia abusaba sexualmente de mi. ¿Por qué mi madre no me hacía caso cuando le decía que no quería que me dejara a solas con Pablo? Aunque esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento.

Al final los abusadores del colegio consiguen debilitar a un niño que sólo va a buscar la compañía de niños menores de su edad, o de adultos. Y aquí surge el peligro del abuso sexual.

En mi caso acabé en compañía casi constante de dos de mis hermanos mayores y un grupo de personas que después no me ayudaron nada cuando asumí que era gay. Decirles “ahí os quedáis” es el logro más grande de mi vida. Lo hice yo. YO. No puedo estar más orgulloso de esa salida violenta y ruptura con todo y todos. Necesitaba salir para poder respirar. Me estaba ahogando y nadie parecía darse cuenta.

Esto no nos ocurre sólo a los gays

Que vuestra mente no se acomode si leéis esto y no os preocupe “porque mi hijo no es gay. No es tan débil como para que le acojonen en el colegio”. Ni os lleve a pensar que si a vuestro hijo le acosan va a acabar siendo gay. Hay muchas historias que conozco pero no me corresponde a mi contarlas ni reproducirlas aquí. Y en muchos casos los niños no son discriminados por su amaneramiento, simplemente no son del agrado del acosador.

Sólo quiero reflejar aquí un pequeño apunte, un trozo de la historia que vivió el maravilloso hombre con el que hoy comparto mi vida. Porque yo he tenido suerte. No puedo ni siquiera pensar qué presión se sentirá en los colegios de pueblos muy pequeños como el suyo, que ahora es el mío también.

Para mi novio los trayectos en autobús eran lo peor, con su cabeza atrapada entre dos reposacabezas mientras le tiraban de los pelos. Algo de lo que nunca habló con sus padres al llegar a casa. Hasta hace poco. Con cuarenta y muchos. Y al padre que le queda.

Habla, por dios. Habla con alguien si te sientes así.

Las secuelas: imposible volver a ser “normal”

Cuando has sido víctima de acoso escolar no vas a esperar nada bueno en el futuro de los grupos de personas, por lo que puede ser que acabes siendo un ser antisocial aunque no quieras.

A mi me resulta casi imposible hacerme oír en la barra de un bar y pedir unas copas o unos cafés. Llegado el momento, mi voz, que yo pienso que suena masculina y rotunda, reduce su volumen al mínimo y, como consecuencia, consigo que me escuchen de cerca, y a la tercera vez. Porque no puedo volver a la mesa o al grupo diciendo que no he conseguido que me entiendan, que si no lo haría. Es uno de los retos de la vida adulta, que gracias a dios es mucho menos cruel que lo que has vivido antes. Sólo mi novio sabe porqué prefiero no ser yo quién se enfrente a los camareros, los recepcionistas, las ventanillas, los conductores o los revisores del transporte público.

Sin embargo guardo un cariño inmenso y tienen todo mi respeto los profesionales que trabajan de cara al público y te dedican una sonrisa, y hacen una experiencia agradable de lo que para mi es un trance.

La esperanza

Lo mejor que te puede pasar al alcanzar la edad adulta es compartir tu vida con otros adultos que hayan pasado una experiencia similar. Entre los acosados hay mucha comunión, algo que he podido comprobar en las redes sociales, ese lugar virtual tan concurrido, dónde también es mejor que entres cuando ya te has hecho con una armadura, y dónde el cyber acoso puede ser peor que el de la escuela.

Y para que puedas entender cómo todo puede cambiar para mejor te contaré que a los 18 años cambió mi vida. Asumí que era gay y dejé un grupo al que pertenecía que no estaba nada de acuerdo con que me pusiera un pendiente en la oreja, como tampoco lo estaba mi padre.

Aprendí a bailar y me encontré a mi mismo. Empecé a dar clases como uno de los protagonistas de Melrose Place, con tan sólo una clase de adelanto sobre mis alumnos.

Encontré mi voz. Encontré a personas maravillosas. Fui a la televisión a participar en concursos y a dar clases en directo. Jugué a tener un nombre artístico compuesto por el apellido de mi madre, que era gallega y por el nombre con el que me conocen en casa, Francis Cabaleiro. Ya no quedaba casi nada de ese “Correas, sidoso”. Cuando ejerzo de profesor de baile no me falla la voz ni dudo de nada.

Encontré mi primer trabajo en un hotel como animador turístico más por mis habilidades como bailarín que por mi dominio de los idiomas, que con el paso del tiempo es lo que me consiguió mi trabajo actual en una inmobiliaria.

Hasta escribo un blog desde 2006.

Ya nadie me persigue, nadie me hace llorar, salvo estos recuerdos amargos y podridos, y revivirlos por la carta de Diego a sus padres.

El “dejar que los niños resuelvan sus problemas entre ellos” no resuelve nada.

El “son cosas de niños” es una gran mentira. Padres, profesores y sociedad deben implicarse y no dejar que delante de sus narices a un niño le tiren por el suelo cuando intenta llegar corriendo a su casa.

Hablar con los padres del niño que acosano resuelve nada, si acaso lo empeora. Es mejor que los padres y la familia del niño que es acosado acompañe todo el tiempo que pueda a su hijo a la entrada y salida del colegio, que haga visitas sorpresa, si se puede, al descanso del recreo en el patio.

Frente al choque con el acosador (gordo, friki, mariquita, bollera, empollona, chivata) sólo funcionan las muestras de cariño y comprensión.

Deberían aprender la lección en casa del acosador y del acosado. Porque no puedo decir que el apoyo de mi familia me sacara del agujero.

Sé fuerte

Cuando tienes que soportar que te envían a diario a lo que para ti es una cárcel, y que te hagan pasar las peores horas del día por la mañana en el colegio. Cuando si consigues el valor para decirlo en casa, tienes que soportar que te digan que la culpa es tuya, que si no fueras tan llorica, que si ellos fueran tú les contestarían las hostias a los otros niños,…

No hay que andarse con chiquitas a la hora de juzgar el papel de los profesores, tutores, jefes de estudio y directores. Porque suelen ser ellos los que bautizan con motes, una forma de humillación terrible, al niño torpe, rebelde, inquieto, al que le cuesta leer en público. El que llora el primer día de colegio y hasta del instituto.

Ellos tienen el poder. Son los mayores a los que hacer caso cuando tus padres no están. Los delegados y encargados de tu educación. Por lo tanto deberían darte cariño y compresión, como tus padres, durante el ejercicio de su labor pedagógica. Permitiendo el acoso escolar, no tomando acción o, como en el caso de Diego, ocultando las pruebas y evitando el castigo de los responsable, están desatendiendo su labor primordial, cuidar de los vástagos de los demás.

Si eres un chaval o una chica joven en edad escolar, y te están agobiando la vida, y te tropiezas con este humilde texto, por favor lee, aguanta, comparte, sonríe, todo mejora.

Y cuando puedas, cuando la vida te dé la oportunidad, devuélvela. Yo no dejé pasar la ocasión de recordar lo mal que lo pasé en el colegio cuando no pude ir a la reunión de antiguos alumnos porque me llamaban “mariquita” en este vídeo saludo. Si lo he hecho bien el vídeo empezará justo en ese momento.