Historias con los ojos sentados

Los bancos individuales no existen. Por definición. Los hay, sí, objetos de diseño desperdigados por algunas calles peatonales, pero no existen. No son. Al menos no son bancos. El diccionario describe banco como un asiento para dos o más personas. Banco es un gran número de peces, nunca un ejemplar solitario. Y banco es también un lugar donde se almacenan enormes cantidades de datos, de modo que a nadie se le ocurre calificar así a un simple apunte en una cuartilla. En el banco, pues, la polisemia es siempre colectiva.

Algunos bancos no tienen dueño, nos invitan incluso cuando están ocupados.

Otros nos repudian, clausurados como reductos que amurallan un sollozo, un suspiro, un secreto.

Hay bancos de plaza, repletos y bulliciosos. Bancos de tarde.

También hay bancos tristes. Bancos ardientes. Bancos insomnes. Bancos breves y bancos eternos.

Me pregunto si habrá un plan director de bancos y un equipo de campo que observe cómo los utilizamos, que escoja los modelos adecuados y las ubicaciones precisas: este más amplio y con buen fondo de asiento, aquel más apretado, para los amantes, uno bajo el tilo y dos más donde conversar en el porche de la plaza.

Los bancos son a la vez escenario y patio de butacas.

A salto de banco propone una ruta para descubrir historias con los ojos sentados.

Un banco y dos butacas urbanas, con una farola de invitada, en un parque del paseo Ibaialde, en Mutilva. / ALFREDO CASARES.
Estas butacas urbanas frente al centro de salud de Gorraiz no crean un entorno demasiado confortable. / ALFREDO CASARES.
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