Lo que une los ojos sin tapar de la Justicia a la ceguera selectiva de CFK

Ver o no ver. Esa es la cuestión. Y mucho más importante es querer ver o no. Esa pequeña pero trascendental decisión voluntaria puede marcar el día a día de un país que oscila en un péndulo de bronca, revancha y grieta mal entendida.

Políticos y jueces, de forma simbiótica y a veces parasitaria, jugaron (y juegan) un patético juego de vendas trasparentes, cegueras opcionales y miradas por conveniencias. Y así estamos: asistiendo a una película cínica e interminable.

“La única traición que hay en el país es utilizar al Poder Judicial para perseguir”. La frase fue dicha Cristina Fernández de Kirchner, la líder de un gobierno que hizo gala en las sombras de un manejo discrecional de la justicia, de un ímpetu non sacto para modificarla a su gusto y de tirar mensajes apretadores para quien osara poner en duda las máximas sagradas emanadas desde el Ejecutivo.

Aunque finalmente derrotada en las urnas, pero con el envalentonamiento que dan más de 3,3 millones de votos, Cristina sabe que es mejor ver lo que ella quiere ver y resaltar lo que ella quiere hacer brillar. Y en esa ceguera selectiva y maquiavélica acusa a un gobierno de cometer lo que en el suyo fue una marca identitaria.

La posibilidad de acercarse a la detención y correr la misma suerte que Julio De Vido, José López, Roberto Baratta o Lázaro Báez no la preocupa a Cristina. O al menos no lo demuestra.

Siente que su mayor reaseguro para seguir en carrera es ser la piedra en el zapato para la renovación del peronismo.

La mirada de conveniencia que se impone -y que impone en cada discurso que da- es que la necesitan a ella para que se geste una oposición sólida y con ambición de poder para confrontar con Macri. No todos en el PJ ven eso que ella quiere mostrar. Y ese don de saber mirar va a determinar el escenario político de los próximos años.

Del otro lado del tablero están los jueces federales, esos seres que atraviesan mandatos sin rendir cuentas, que regulan las dosis de poder a ostentar según sus propios tiempos y que negocian en las sombras impunidades y silencios.

Muchos jueces que en la gestión K eran los reyes del cajoneo y la vista gorda, con la nueva gestión y la reciente ola amarilla no tardaron en acelerar a niveles de vértigo causas que hasta hacía unos meses mostraban telarañas por la inacción.

Así, algunos magistrados, especialistas en bajar la venda a la dama de la Justicia para que y deje seguir la jugada o cobrar un penal que no fue, ayudan con acciones u omisiones a su propia desacreditación por el mero hecho de haber servido a lo que hoy persiguen.

En este juego de vendas frágiles, cegueras “on demand” y miradas enturbiadas, los actores que debieran servir al bien público, a la democracia y al bienestar general, ayudan a que cada vez les creamos menos y, peor, ni los queramos ver.

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