Las cosas que nos pasan

Sobre la incomodidad física y mental.

Foto de Mike Wilson en Unsplash

Mi amigo y yo nos posicionamos estratégicamente en la zona gourmet. Desde ahí dominamos con la altura la vista a las filas de aduana de la sección de llegadas internacionales. Estamos en la Terminal 1 en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Es la época en que todavía no existe una Terminal 2 y las cosas son más densas y caóticas. De pie — y con toda la inocencia del mundo — comienzo a tomar fotos a diestra y siniestra hacia el área donde los oficiales hacen preguntas a los pasajeros recién llegados de Heathrow. Yo espero encontrar el rostro de la chica que había ido a esperar.

La chica. La chica era algo así como mi novia.

Jamás hemos estado frente a frente. Es la primera vez que veremos nuestras caras sin malas conexiones de por medio. Es la primera vez que tocaremos nuestras manos. Es la primera vez que vamos a determinar genuinamente si nos gustamos.

Jamás en mi vida he estado tan nervioso como ese día. Jamás.

El amigo que me acompaña es el contrapeso necesario para que yo no huya cobardemente del aeropuerto. Literalmente toma mi hombro y me dice que ya estamos ahí. Que ahora tenemos que esperar. Yo no sé qué hacer. Me pregunto a cada instante ¿qué demonios estoy haciendo?, ¿qué tal si no me gusta y tengo que fingir?, ¿qué tal si está loca?.

Lo de estar loca era obvio que sí. Viajar de un extremo perdido del mundo a otro simplemente para conocernos como resultado de seis meses intensos de ciberromance no es de las cosas que los amores lógicos y cautos aplauden. Tienes que estar loca para querer andar con un tipo como yo que no se parece a Brad Pitt y que es muy malo al contar chistes.

Aparte, si le agregas un poco de drama al asunto, no tenía un centavo en mi cuenta bancaria.

Y aún así, ahí estaba yo en aquel aeropuerto esperando a conocer a la extranjera que me inyectó una enorme dosis de confianza personal que siempre agradeceré.

No puede tomar fotos aquí, es un área federal, me informaron dos gorilas señalando las filas de la aduana. Los vi con la disposición a derribarme al menor asomo de duda. Cuando estás nervioso como cerdito en matadero no controlas mucho tu sentido de respuesta. Fue ahí donde entró mi amigo. Tomó mi SonyEricsson P900 y pidió una disculpa en nuestro nombre. Los agentes de seguridad se fueron y yo estuve a punto de salir corriendo por enésima vez en las dos horas que llevábamos ahí esperando.

El P900 sonó.

Hey, baby. Where are you?, preguntó ella con aquel acento encantador.

Algún día te contaré el resto de la aventura. Basta decir que fue increíble, fantástica, genial.

Para que las cosas que son increíbles, fantásticas y geniales lleguen a tu vida, la condición es permitirte estar incómodo y dejar que los putos nervios se te desborden.

Para que las cosas que son increíbles, fantásticas y geniales lleguen a tu vida, la condición es permitirte estar incómodo y dejar que los putos nervios se te desborden.

Analízalo y me dirás si es cierto o no. Las personas que no lanzan sus ideas es porque no quieren estar incómodos perdiendo dinero o no quieren dejar su trabajo que ni les gusta tanto. Son personas que aborrecen la dolencia mental pensando de dónde van a sacar dinero y demás cuando el enfoque debe ser “¿en qué posición de ventaja me voy a poner si tengo éxito haciendo esto que quiero hacer?”.

Las personas que no abandonan sus trabajos que ni siquiera les gustan es porque prefieren estar diez años “cómodos”. Prefieren eso a pasar doce o veintiséis semanas de incomodidad y nervios para encontrar otro más ideal. Es decir, intercambias diez años “cómodos” planos e irrelevantes por doce o veintiséis semanas incomodas que pueden alterar tu vida positivamente.

Las personas que no logran romances en los cuales clavarse es porque no insisten, ya que los pueden rechazar y “qué pena”, Dios mío, que le digan a uno que no. Conquistar lo que te va a enamorar es incómodo y da nervios.

Dominar la incomodidad física y mental es el don de los que son audaces y terminan haciendo las cosas que valen la pena.

Dominar la incomodidad física y mental es el don de los que son audaces y terminan haciendo las cosas que valen la pena.

Los nervios no los vas a hacer desaparecer nunca. Nunca. Jamás. Never. Ever.

Lo que sí vas a lograr es atenuarlos. Vas a desarrollar unas cosas llamadas cojones que son unos dispositivos para tomar energía y aventarse al mundo aún cuando sabes que las cosas pueden salir mal. No se compran. La vida te los regala cuando te los mereces.

Reconoce los nervios que sientes por lo que son: la señal perfecta de que algo va a pasar.

Y sólo son
las cosas que nos pasan
las únicas que nos pueden dar
esa vida genial, fantástica e increíble
que decimos desear.

Las cosas que no nos pasan jamás nos dan esa oportunidad.

Es obvio. Pero no tanto.

Just take a look around.